Detrás de cada reivindicación social aparece una serie de estudios, datos y gráficos, que parecieran sentenciar que nada hemos avanzado en 10, 20 o 30 años, y que haber nacido en Chile es simplemente una desgracia sin igual.
Pero, ¿es tan así? ¿Es Chile un país tan malo como dicen? ¿Realmente la OCDE, la ONU y cuanto organismo internacional o país sólo tienen opiniones negativas de lo que hemos hecho?.
Partamos por la pobreza. En poco más de 20 años Chile ha reducido el porcentaje de la población en situación de pobreza de un 45% a un 15%. Pero muchos consideran que la medición de la pobreza según ingresos es insuficiente, pues sólo considera un factor. Veamos entonces el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por la ONU.
Este índice evalúa tres aspectos clave: 1) larga vida y saludable –se mide a través de la esperanza de vida al nacer-, 2) educación –medida a través de la tasa de alfabetización y la matrícula en los distintos niveles de educación- y 3) nivel de vida digno –medido por el PIB per cápita-.
El indicador sitúa a Chile en el lugar n° 44 del mundo, de un total de 187 países, y además lo muestra ocupando el tercer lugar del continente, sólo detrás de Estados Unidos y Canadá. Además, incluso corrigiendo ese índice por los niveles de desigualdad, Chile sigue ocupando el puesto n° 44 a nivel mundial[1]. Revisemos entonces la desigualdad.
Diversos estudios ponen a Chile dentro de los países con mayor desigualdad en ingresos. Por ejemplo, si consideramos sólo los ingresos generados por las propias personas, el índice 10/10 -que compara el 10% más rico de la población con el 10% más pobre- es de 52,9[2]. Es decir, los más ricos generan más de 50 veces el ingreso de los más pobres.
El único “detalle” es que esa medición considera únicamente los ingresos generados por las propias personas. No considera ninguna de las ayudas, subsidios y/o bonos que llegan del Estado. Es decir, si tenemos dos años en que las personas ganan exactamente lo mismo, y en uno damos muchos subsidios estatales a los más pobres pero en otro no, la desigualdad de ambos años sería la misma. ¿Nos permite entonces saber si estamos corrigiendo la situación inicial? Para eso tendríamos que mirar cuál es la desigualdad que existe en Chile luego de que distribuimos.
Si a ese ingreso le sumamos los subsidios y ayudas estatales, considerando también los aportes en vivienda, salud y educación que hace el Estado, el índice es de 13,5, lo cual es similar a los niveles de varios países europeos.
Pero a pesar de todo eso, Chile no es perfecto y estamos a años luz de serlo. Sin ir más lejos, a pesar de que los subsidios del Estado logren reducir la brecha de ingresos de la población, lo que no muestran esos números es que el ingreso autónomo -el que generan las propias personas- cayó en el decil más bajo entre los años 2006 y 2009, lo cual es ciertamente algo negativo. Es así como una mirada más profunda nos alerta que no basta con redistribuir recursos, sino que urgen políticas que permitan a las mismas personas mejorar su capacidad de generar ingresos, y de paso disminuir su dependencia del Estado.
No somos el mejor país del mundo, pero tampoco el peor. Sentenciar que nada se ha avanzado es ser miope y nos expone al riesgo de destruir aquello que sí ha funcionado, en vez de enfocarnos en aquellas en que urge trabajar y avanzar.

