La mayoría de la historiografía en Chile coincide en que en nuestro país dichos ciclos políticos duran entre 25 a 35 años. Nuestra historia ha sido majadera en demostramos que cuando estos procesos chocan con instituciones estáticas y poco dinámicas, se producen crisis de legitimidad que terminan afectando la calidad o estabilidad de la democracia.
O bien si las instituciones son capaces de alcanzar nuevos acuerdos, se transforman en círculos virtuosos para la misma democracia. Lo que pasó el 2011 todavía es ilegible en su totalidad. Al menos desde el diagnostico aparecieron algunos síntomas del agotamiento de este ciclo histórico:
1) El autismo de los líderes se hizo evidente: ¿sabe qué pasa si usted juega a la pelota todos los días con las mismas personas, se va a la casa con ellos y analiza los resultados del partido sólo entre los que jugaban en el mismo equipo? Se termina mirando el ombligo. Sólo cree en lo que su círculo cercano le dice y a la menor crítica externa, surge la defensa corporativa que trata de justificar lo bien que lo hicieron (“la defensa de la obra”).
Algo parecido paso con nuestra clase política. Tanto pesó en una generación ser los fundadores de un nuevo país (la derecha con su modelo fundacional en dictadura y la concertación con la refundación de la democracia) que se le pasaron estos 20 años por encima.
Claro y cuando aparecieron dirigentes de sus propios partidos tratando de fundar una nueva épica (la renovación) sólo supieron hacerlo con las mismas armas del pasado. Mismas ideas, mismos partidos y con nuevos líderes.
Resultado, una política ensimismada forzando acuerdos. Si es cosa de prender la tele y darse cuenta que la política sigue en el refrigerador: salvo honrosas excepciones son básicamente los mismos del 88. Cabe reconocer que la receta final para fomentar el autismo fue el sistema binominal: para que mirar afuera si entre unos pocos podían definir quienes entraban al club.
El símbolo del autismo han sido los fans club políticos (“no necesitamos comandos juveniles” o el “Presidente merece respeto”) episodios casi exóticos al ser leídos por más de la mitad de la población que se define de ningún sector político.
2) Desapareció la “carrera política”: en la antigua política, existían ciertos caminos tradicionales para ascender. Era inconcebible ser Senador sin antes haber sido Diputado, ni Ministro sin haber ejercido un cargo relevante en una comisión política o técnica de un partido político.
Hoy los liderazgos nacen desde los lugares más disimiles inimaginables: ya nadie se cuestiona que un alcalde pueda ser Presidente o que un dirigente estudiantil pueda terminar de Ministro. Como esto tiene dulce y de agraz, también ha significado un incentivo para el surgimiento de caudillos y “polillas” que se dan cuentan que hoy día más vale un buen grado de conocimiento televisivo, que una estrategia de liderazgo colectivo.
3) Los partidos políticos se transforman en un lastre: quizás está es una de las noticias más dolorosas para nuestra institucionalidad: la mayoría de los liderazgos emergentes rehúyen a ser calificados dentro de los partidos tradicionales. Si en los 90 ser Presidente de Partido significaba una plataforma presidencial (Frei en la DC y Piñera en RN) hoy claramente nadie ve que ser presidente de partido como una plataforma de campaña.
Basta ver que una vez que asumen cargos partidarios, las evaluaciones personales se desploman. Los partidos están dentro de las instituciones públicas peor evaluadas. La cantidad de movimientos para-partidarios o con ganas de constituirse en una nueva oferta de partidos son la regla general y tratan de presentarse como una nueva oferta que evite ese lastre (Red Liberal, Frecuencia Pública, PRO, Sentidos Comunes, Horizontal, Maiz, etc). La carencia de partidos bien valorados ha generado la atomización y dispersión de los movimientos políticos.
4) La sociedad se desacopla de la política: uno de los dilemas más grandes que tuvo la política este año fue su pérdida de capacidad interlocutora para solucionar los conflictos sociales. Por eso la calle y las mesas de trabajo se transformaron en canales validos de negociación y el Congreso fue mirado con desconfianza.
Eso desató la extraña mixtura entre representantes cuyo piso de negociación eran los máximos puestos por los dirigentes estudiantiles y un Gobierno absolutamente anonadado al no tener capacidad de comprensión de las demandas de la calle. La política de los partidos pasó de abrir los noticiarios a cerrarlos y a ocupar menos minutos de pantalla. Las causas sociales se transformaron en titulares y gobernaron la agenda pública, la política trató de correr detrás.
5) La política dejo de ser binaria: el 2011 vimos desaparecer finalmente el clivaje del Si-No que sostenía todo el andamiaje político post dictadura. El problema es que la misma política no fue capaz de darse cuenta y siguió atrapada en la cultura de Pinochet. Esto validó y legitimó mucho más a los líderes capaces de desacoplarse de ese clivaje.
La grandeza de Camila Vallejo y Giorgo Jackson fue representar causas muchos más allá de su ideología o del binomio Gobierno u Oposición logrando que el 70%apoyara sus demandas más allá de su signo político. Lo mismo vimos con campañas por la Inscripción Automática u otras causas como el cambio al sistema binominal: ambas luchas al parecer son batallas entre incumbentes-noincumbentes más que izquierda-derecha.
6) La sociedad se re politizó: el 2011 será recordado como uno de los años en que más se habló de temas públicos: en cada esquina la gente se formo opinión sobre el lucro, la gratuidad en la educación, centrales hidroeléctricas, matrimonio homosexual, cambios de gabinetes o seguridad ciudadana. Las redes sociales funcionaron como amplificadores para este fenómeno: todos querían hablar sobre lo que estaba pasando.
La velocidad de los cambios hizo ver a toda la política como conservadora: los partidos políticos pasaron a ser percibidos como parte del sindicato del poder, desideologizados y por lo tanto parte del problema. Todos querían nuevos acuerdos sociales y ya nadie se compraba las razones de Estado para forzarlos: nacía una nueva ética de máximos aburrida de los acuerdos en los mínimos.
7) Y finalmente todos nos emborrachamos con los nuevos liderazgos, pero… ¿sobrevivirán Camila o Giorgio la velocidad de esta época? Está por verse. En una sociedad en Laurence Golborne ya parece un líder del pasado, lo definitorio será la capacidad de innovar de los nuevos liderazgos y su capacidad de ser creíbles al paso del tiempo: Allamand se ha transformado en el ícono de la reinvención y Michelle Bachelet en la política con una credibilidad incombustible.
Está por verse que pasa con estos u otros liderazgos con aspiraciones presidenciales si son capaces de innovar y ser creíbles a la vez. Con una opinión pública veleidosa y con escasez de nueva oferta el escenario aparece abierto. El 2012 está abierto.
