“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, Pablo Neruda.
Este será recordado como un año de movilizaciones sociales en Chile. Bajo diversas formas y con variados motivos, distintos grupos participaron de marchas y puestas en escena para protestar. Mensaje, como otros medios de comunicación y diversos analistas, ha tratado de comprender las causas de este malestar y proponer formas de acoger las justas demandas que han ido surgiendo.
Una de las explicaciones surgidas apunta a que estaría llegando a su fin el acuerdo tácito que enmarcó la discusión pública desde la vuelta a la democracia. Este “pacto social” consideraba las materias que eran susceptibles de discusión y las que no debían ser tocadas para cuidar la paz social. Así, habría sido el cauce dentro del cual pudimos avanzar como país, sin arriesgar lo que tanto había costado recuperar.
Por eso, parece comprensible que los actores más relevantes del quiebre de este modelo hayan sido los jóvenes. Ellos no suscribieron dicho pacto en sus orígenes, pero sí han experimentado los límites que les impone. Además, no tienen incorporado el temor al quiebre institucional que ha inhibido a los mayores: estos jóvenes no experimentaron la vida en dictadura y no temen que pudiera volverse a ella.
En este escenario, no se puede defender a futuro un pacto que ya no responde a las reales condiciones de vida de los chilenos. Más bien, el esfuerzo de las autoridades debiera estar puesto en conducir las transformaciones necesarias para ensanchar el cauce de nuestra discusión pública. Esto significa hacerse cargo de nuevas preguntas, hasta hace poco inadmisibles. Bien conducido, lejos de constituir una amenaza a nuestra institucionalidad, tal proceso podría ser el único camino para fortalecerla.
Educación: el criterio de la integración
Los estudiantes universitarios han representado hondas críticas al sistema educativo. Durante este año, se ha cuestionado que la educación sea regida por el afán de lucro. Se argumenta que, si se trata de un derecho, su calidad no puede supeditarse a la capacidad de pago de quien la recibe. Por su parte, algunos opositores al movimiento estudiantil han señalado que se debe luchar a favor de la calidad y no contra el lucro.
En este tema reside, precisamente, el cambio de paradigma: no basta con una educación de calidad solo para los que tienen una mejor base; el desafío es que la educación construya una sociedad más equitativa. Asimismo, se ha abundado en la crítica hacia dos pilares muy significativos del actual sistema: la municipalización, que reproduciría en el modelo educativo la inequidad social, y los colegios con copago, que extremarían la estratificación.
En los meses o años que siguen, deberemos abordar este tema con una nueva mirada, abierta y de largo plazo. En este sentido, es necesario incorporar al debate público el criterio de la integración, ese valor cívico y ético que pasa por reconocernos iguales, aunque nuestro origen social sea distinto. El sistema educativo chileno, junto con considerar los indicadores agregados de calidad académica, habrá de ser valorado por su capacidad para formar en contextos de adversidad, para reinsertar a los desertores y generar ambientes educativos a partir de la pluralidad de orígenes y que sean a la vez que respetuosos y sanos.
Política: una nueva institucionalidad
Durante este año también se han ido haciendo cada vez más visibles las grandes limitaciones de nuestra institucionalidad política, su creciente irrelevancia y la desafección que hacia ella siente la ciudadanía. Mensaje ya ha insistido en que una nueva Constitución es necesaria. Lo exigen las circunstancias en que fue redactada la actual y la necesidad de apuntalar los valores fundamentales de la democracia.
Por otra parte, desde el fin de la dictadura el respeto a las instituciones se consideró un valor en sí mismo. Cualquier desprestigio de ellas podía ser considerado una amenaza para nuestra reciente democracia. Sin embargo, la transformación de la ciudadanía y la estabilidad institucional, exigen hoy a las autoridades una nueva condición.
La confianza en las instituciones ya no se puede dar por sentado: se debe obtener a través de transparencia y probidad. La Ley de Transparencia y el surgimiento de fundaciones dedicadas al accountability muestran que hoy todo ciudadano es contralor de las autoridades. Nuestro país requerirá entonces gobernantes, ministros, parlamentarios, jueces, autoridades religiosas, uniformados y empresarios que no solo sean correctos, sino que también lo demuestren. La regulación de los conflictos de interés en los sectores público y privado es un imperativo.
Una participación ciudadana madura
El surgimiento de una ciudadanía políticamente activa requiere de una institucionalidad que dé cauce a su participación. Esta enfrenta numerosas trabas actualmente en nuestro país: sistema electoral binominal, ausencia de primarias vinculantes para elegir a los candidatos, prevalente presidencialismo en la agenda legislativa y gobernadores e intendentes designados. Todos factores que confirman que la participación es difícil y poco efectiva.
Sin embargo, es necesario también incorporar a la discusión el tipo de participación que buscamos promover. La cultura dominante es cada vez más individualista y narcisista, acentuando el riesgo de que la participación ciudadana surja solo de la defensa de intereses gremiales. Por ello, se debe cultivar una democracia que promueva una conducta cívica madura de los ciudadanos. Que defienda los derechos de las personas pero que, a la vez, les recuerde a estas sus deberes para con el país y el bien común.
Así, el voto voluntario aparece como un contrasentido pues –como lo demuestran muchos estudios– disminuye comparativamente la participación de los pobres y de los jóvenes. No es sano para Chile transformar la participación ciudadana en un bien de consumo, que cada uno toma o deja según su conveniencia.
Lo que vendrá…
El año 2011 termina y no hay claridad sobre las consecuencias que tendrán estos movimientos sociales. Probablemente, durante los años venideros aparecerán nuevas demandas, discusiones y debates. Nuestro mayor cuidado ha de ser, entonces, no pretender ajustar esta nueva ciudadanía a un modelo desgastado: el vino nuevo necesita odres nuevos.
Este texto es la editorial de diciembre de revista Mensaje y fue escrito por Antonio Delfau en conjunto con:
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Hernán Rojas S.J. quien trabaja en el Centro Universitario Ignaciano (CUI) y colabora en la revista Mensaje. |


