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Opinión

¿A dónde vas?

¿A dónde vas? ¿A dónde vas?

Podría haberse quedado en Bogotá, siguiendo una prometedora de ingeniería comercial, pero dejó todo, incluso a su adorada familia, para entregarse al servicio de personas que jamás había visto en su vida, pero que su amor por ellas ya existía.

Desde el sábado 5 de noviembre en la noche mi vida y entorno sufrió un gran terremoto, interno y externo. Mi compañera y amiga, Ivonne, se había ido en cosa de segundos, para siempre, víctima de un accidente tan evitable y tan trágico. Se fue en su amada bicicleta color menta, rulos al viento, vestida de blanco y con su sonrisa permanente.

Ivonne Ramírez, colombiana, de 28 años, llegó a Chile hace más de cinco años siendo voluntaria de América Solidaria en un proyecto de inserción laboral para migrantes. Era una niña y nuestro país la vio convertirse en una adulta solidaria, luchadora y sumamente trabajadora.

Podría haberse quedado en Bogotá, siguiendo una prometedora de ingeniería comercial, pero dejó todo, incluso a su adorada familia, para entregarse al servicio de personas que jamás había visto en su vida, pero que su amor por ellas ya existía.

Pronto se incorporó al equipo ejecutivo de América Solidaria Chile, trabajando en la coordinación de la reconstrucción de la Escuela República de Chile en Haití, encargándose de los socios y estos dos últimos años, siendo una comprometida Directora de Alianzas Corporativas y una líder positiva para toda la organización.

En la primera misa que hicimos para despedirla, en el Santuario del Padre Hurtado, cuando aún la noticia era un balde de hielo y poco habíamos alcanzado a asimilar, estaba repleto de amigos, voluntarios, gente de otras organizaciones y también muchos haitianos y haitianas. La Ivo, todas las tardes de los domingos pedaleaba, con lluvia o calor, hasta el centro de la capital para hacer clases de español a aquellos migrantes provenientes de Haití, que necesitaban una mano para poder insertarse. Quién de nosotros abandona el 50% de los días de descanso para entregarse por entero por personas que no son de nuestro círculo, y sin retribución más que la sonrisa de ellos/as al sentirse cada vez más incluidos/as en una tierra lejana y prestada. Así como ella lo sentía en este Chile, lejos –físicamente- de su Colombia y los suyos, pero armando una red de amor que por estos días se ha manifestado sin límites.

Creo que cada uno de nosotros tiene dentro un motor, un norte y un centro movilizador que nos lleva a darlo todo por lo sueños. Lo que movía a la Ivo, sin lugar a dudas, era un tremendo sentido de la justicia y equidad. No bajó los brazos, nunca dijo no, y dio todas las horas de trabajo por aquellos que lo estaban pasando mal. El resto del tiempo, llenó los espacios con consejos sabios, carcajadas, bailes, humor, sabiduría, amistad y un criterio certero en todo momento.

La Ivo nos llenó a todos. Y hoy, con este vacío físico de ella, no podemos sino rendirle un homenaje a esta mujer que sólo nos dejó aprendizaje. Que fue un ejemplo de empatía y entrega. Y lo más importante, una mujer que no conoció de fronteras y nacionalidades.

Ojalá todos tuviéramos un pequeño porcentaje de su coraje y valentía, derribando los muros del individualismo con una sonrisa y un “Sí, se puede”. Ojalá nuestra humildad fuese tan enorme como para reconocer que nos falta tanto camino para humanizarnos y humanizar esta sociedad.

Hasta siempre amiga.

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