El domingo recién pasado fui con mis hijas al Museo de la Memoria. Mi hija de 15 me había dicho hace un tiempo que quería ir. Al parecer en el colegio estaban pasando la época del golpe militar.
Sinceramente, yo le había hecho el quite. Me decía sé todo lo que pasó, leí en su momento de los métodos de tortura, etc. Pero el homenaje a Pinochet y mi convicción de que ellos tenían todo el derecho a realizarlo, pero que la forma de contrastar era educar me convencieron que era necesario ir. No por mí sino por mis hijas. Pensé que era necesario que vieran lo que había pasado, que entendieran que ningún supuesto éxito económico, ni contexto pueden justificar jamás la tortura y que hay principios que no se pueden relativizar bajo ninguna circunstancia.
Ni bien llegamos al museo mi hija de 8 me pregunta: “¿quién es ese señor?”. Yo le contesto: “es Víctor Jara”. Ella me dice: “la Javiera ( su hermana mayor) dice que lo mataron los militares”. “Efectivamente”, le respondí. Cuando me pregunta por qué yo le digo porque no les gustaba cómo pensaba ni lo que cantaba. Ella me responde: “Na´ que ver pos papá, a mí me gustan los gatos a ti no, pum te mato. Na´ que ver, pos”.
En ese instante pensé que más allá de la experiencia histórica, estética (está excelentemente bien hecho) y de vínculo padre/hijas, la visita al museo no tendría mayor sentido formativo en la tolerancia y de lo que es inaceptable.
Me dije, era nuestra generación y las que vivieron la dictadura y el gobierno de Salvador Allende las que relativizaron los principios, que dieron pie para justificaciones de la barbarie, que intentaron explicar las aberraciones, pero los niños chicos vienen mejor, la tienen clara.
El recorrido, sin morbo, es capaz de volver a sensibilizarlo a uno a todo el dolor que se produjo. Los documentos, imágenes, documentales, espacios, luminosidad, etc. todo contribuye a reafirmar el “na´ que ver” de mi hija de 8 años. Cuando llegamos a uno de los lugares más conmovedores, una especie de mirador con luces que simulan velas frente a las fotos de los detenidos desaparecidos, mi hija de 15 años postea una foto a su grupo de amigas del colegio. En cosa de segundo empieza una discusión entre ellas.
Tristemente, los argumentos de un lado y otro son los mismo de hace 39 años. “Pinochet nos salvó del comunismo”, “Allende quería llevar a Chile a Cuba”, “algo tienen que haber hecho para que los torturaran”, “no eran santas palomas”, “ya salió la Agus comunista” y “ sí pos si tu familia jamás le va a reconocer nada a Pinochet”.
El “na´ que ver” se diluía. Niñas de 15 años relativizaban los principios fundamentales, recurrían a argumentos añejos, peligrosos y se atacaban personalmente por defender sus posturas. Fue triste y doloroso constatar que los avances que creemos que se han logrado en materia de convicción del carácter absoluto de los derechos humanos eran solo superficiales.
Es necesario que los colegios lleven a los niños al Museo de la Memoria. Es legítimo discrepar sobre el modelo económico, pero nuestros hijos tienen que saber que hay cosas que no se transan sea lo que sea que haya hecho el otro. Que es necesario que la respuesta inmediata e intuitiva de una niña de 8 años se solidifique a lo largo de su vida y no, por el contrario, se relativice.
