Viernes, 24 de mayo de 2013

A propósito de primarias

/EFE./EFE.

Traen con ellas la promesa de movilizar a las bases, de crear momentum e interés entre la ciudadanía -y, especialmente, entre los militantes partidarios– en la política, en los temas de discusión, y en los candidatos. Esto es positivo.

Mientras en Chile avanzamos lentamente hacia algún sistema de primarias para la selección de candidatos a la presidencia, al Congreso y a las alcaldías, Estados Unidos comenzó esta semana su largo y complejo proceso de primarias y “caucuses”. Fue en una de estas últimas, reuniones en las que los precandidatos o sus representantes se presentan a grandes grupos (miles en un estadio deportivo) o pequeños (media docena en una casa en el campo) de votantes, en el estado de Iowa, que los presidenciables del Partido Republicano comenzaron a someterse a la voluntad popular. Aunque son contextos claramente distingos, lo ocurrido en Iowa nos da algunas pistas acerca lo que podría ocurrir con las primarias en este país.

Y es que junto a los efectos positivos de las primarias, también hay implicancias que no lo son tanto. Por un lado, por ejemplo, se puede sostener que fortalecen a los partidos políticos. Crean procesos internos que ayudan a forjar una identidad partidaria, ya que los candidatos tienen que dar muestras de que representan ideas y políticas distintivas, que ayudarán a posicionar a sus partidos en un abanico ideológico y/o programático.

Pero este proceso de construcción de identidad partidaria pasa, necesariamente, por un discurso que se dirige a los militantes, en algunos casos extremos, en otros, no tanto, pero militantes al fin y al cabo. Rara vez representan el centro político. En EE.UU., las primarias siempre consisten en discusiones políticas mucho más extremas que aquellas que aparecen en las elecciones nacionales.

Para lograr ser seleccionado como representante de un partido, es necesario convencer a los actores internos de veto, que pueden tener posturas ideológicas, religiosas, políticas o sociales que se desprenden bastante de la opinión pública en general. pero esto, a su vez, obliga a los eventuales ganadores de las primarias a hacer un giro hacia el centro para las elecciones generales, arriesgando, por tanto, el eventual apoyo electoral de la base. Esto ha ocurrido con el Presidente Obama, cuyas políticas centristas lo han distanciado de su base más izquierdista, complicando el escenario para su reelección.

Dependiendo de si son abiertas o cerradas, las primarias también traen con ellas la promesa de movilizar a las bases, de crear momentum e interés entre la ciudadanía -y, especialmente, entre los militantes partidarios– en la política, en los temas de discusión, y en los candidatos. Esto es positivo.

Pero al momento de cerrar el negocio, que normalmente ocurre en las convenciones nacionales de cada partido en que se nombran oficialmente los candidatos presidenciales y vicepresidenciales, el partido entero se une para enfrentar a su contrincante político.

Temo que un largo proceso de primarias pueda terminar por profundizar divisiones ya existentes dentro de partidos y coaliciones que ya muestran señales de desgaste. Dicho de otra manera, ¿si Marco Enríquez Ominami hubiera participado en primarias en 2010, su (probable) derrota hubiera zanjado los problemas internos de la Concertación?

Otra ventaja de las primaras, tal como se realizan en EE.UU., con su elemento regional, es que la discusión adquiere un elemento local. Para hacer campaña en Iowa o New Hampshire, los candidatos deben saber de la política de esos estados, donde se encuentran los centros de poder más importantes, o cuáles son los temas económicos que interesan.

Como proceso acumulativo, las primarias les ofrecen a los candidatos y, especialmente al que gana, un valioso conocimiento de los problemas y de las preocupaciones reales de la gente en regiones. Sin duda que en un país centralizado como Chile, aunque no tenga un sistema federal, se beneficiaría de un proceso verdaderamente nacional en que los candidatos tuvieran que conocer y convencer a la gente de los pueblos más pequeños en las regiones más aisladas.

Sin embargo, en la actual propuesta de primarias, el fortalecimiento de los poderes locales pareciera radicar más en el control de los padrones electorales que en una real preocupación por los problemas de la descentralización.

Finalmente, otro elemento positivo de las primarias, tal como se dan en EE.UU., es que los candidatos que logran sobrevivir un año o más en campaña (antes de la competencia real), suelen ser cartas extremadamente fuertes, calificadas y políticamente hábiles, que cuentan con una impresionante capacidad para organizarse y recaudar fondos.

Luego de los resultados de Iowa, una precandidata –Michelle Bachman– se retiró de la contienda. Entre los que recibieron más votación, Romney, Santorum y Paul, todos tienen mucha experiencia política, y a su manera representan almas muy distintas dentro de su partido.

Cabe recordar, sin embargo, que históricamente quien gana en Iowa rara vez termina siendo el candidato. Ni Carter, ni Reagan, ni Bush padre, ni Dukakis, ni Clinton, ni McCain ganaron en Iowa.

En este caso, podría ocurrir algo parecido. Entre los ganadores -Romney y Santorum casi empataron- se encuentra un mormón y un católico. Falta un año para ver si un partido controlado por evangélicos, que según el magistral estudio de Putman y Campbell albergan opiniones altamente negativas hacia estos dos grupos religiosos, estará dispuesto a aceptar a los que han ganado esta primera batalla por las presidenciales de 2012.

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