Jueves, 20 de junio de 2013

Aborto: ¿de qué estamos discutiendo?

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¿Estamos en posición de definir a quiénes podemos dar muerte y a quiénes no? Hoy son los niños con anencefalia, mañana pueden ser niños con espina bífida, con una enfermedad terminal o con Síndrome de Down. ¿Dónde está el límite?

Una de las discusiones más importantes que se está dando ahora en el Congreso es la legalización de tres formas de aborto. Comparto que éste es un debate que como sociedad debemos tener y así lo estamos haciendo porque es lo que corresponde a una sociedad democrática. Sin embargo, creo que sobre la mesa hay ciertos argumentos respecto de los cuales es necesario profundizar y poner en perspectiva. No podemos olvidar que lo que está presente es un debate de valores y principios en conflicto.

Uno de los proyectos en discusión es el del aborto terapéutico, que busca legalizar el fin del embarazo cuando esté en riesgo la vida de la madre. En primer lugar es necesario señalar que hoy día los protocolos médicos existentes protegen la vida de la madre, así, cuando ésta se encuentra en riesgo vital no hay duda de que los médicos están facultados -y tienen el deber- de dar el tratamiento que la madre necesita, aún cuando ello signifique la muerte del hijo que espera.

Es lo que sucede en los casos de embarazos tubarios, de preeclampsia y de una madre con cáncer. Esta situación no necesita de una regulación especial porque este caso no está sancionado y el actuar de los doctores está regulado en sus protocolos.

Distinto es el caso cuando la acción médica busca directamente poner fin al embarazo. En la práctica, no hay casos que pongan a los médicos en la disyuntiva de tener que decidir entre la vida de uno y otro, exigiendo la acción directa de dar muerte al feto para salvar a la madre.

Frente al caso de los niños inviables, me surgen dos inquietudes. Por una parte, no se trata de regular cuántas opiniones médicas se requieren para determinar con certeza que un niño viene con una enfermedad o malformación, lo que está en discusión en este caso es el derecho que tenemos de poner fin a una vida que sabemos es efímera. ¿Estamos en posición de definir a quiénes podemos dar muerte y a quiénes no? Hoy son los niños con anencefalia, mañana pueden ser niños con espina bífida, con una enfermedad terminal o con Síndrome de Down. ¿Dónde está el límite?

Asimismo, me preocupa el que se esté usando el sufrimiento de la madre como argumento a favor del aborto. ¿Por qué en ciertos casos especiales de sufrimiento –como el niño inviable y el que es producto de una violación- debemos autorizar a la madre a poner fin a esa vida? ¿Por qué estamos tratando de evitar el dolor cuando es y siempre ha sido parte de nuestras vidas?

Cualquiera que haya sido padre sabe que los hijos son fuente de enormes alegrías pero también de sufrimiento. No hay nada más doloroso que ver a un hijo enfermo o sufrir su muerte. Lo hemos visto en la madre de Felipe Cruzat, el niño que murió esperando un corazón; la madre de Kevin Silva, el niño que perdió sus piernas atropellado cuando iba a correr la maratón de Santiago y tantas otros papás cuyos hijos tienen leucemia o alguna enfermedad que terminará llevándose a sus hijos en días, meses o algunos años.

Este dolor inconmensurable, no nos da el derecho de decidir sobre la vida de ese niño. No comparto con quienes sostienen que estamos haciendo una exigencia que como sociedad no nos corresponde: cuando estamos hablando del derecho a la vida de una persona, cualquiera sea su edad, la sociedad nos exige a todos y a cada uno el respeto de esa vida.

Cuando hablamos de construir una sociedad inclusiva, más igualitaria y de oportunidades, nos referimos a un país donde todos tenemos nuestro lugar, valemos lo mismo y por ello, debemos tener las mismas oportunidades. Esta sociedad nos debe acoger a todos, y el niño que está por nacer no es la excepción.

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