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Opinión

Aborto tres causales: la moral y el moralismo

Aborto tres causales: la moral y el moralismo Aborto tres causales: la moral y el moralismo

"Estimo que los máximos representantes de la Iglesia chilena no parecen tan sensibles al llamado a hacer el bien en toda circunstancia. Por el contrario, descalifican con una ligereza un tanto agresiva la actual iniciativa de despenalizar el aborto en tres causales, consideradas justamente en razón de su densidad humana".

Andres Opazo B.

Por


Máster en teología de la Universidad Católica de París y Doctor en Sociología de la Universidad de Lovaina. Ex Sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones.

En esta página no me referiré al aborto en cuanto problema ético, sino más bien al nivel de la discusión acerca de su despenalización. Llama mucho la atención que la derecha chilena haya votado en bloque en contra, es decir, haya coincidido en la confirmación de una ley dictada en los últimos días de la dictadura, que termina con el aborto terapéutico antes vigente, y penaliza a la mujer y al médico involucrados. ¿La mueve una verdadera convicción moral, o más bien una intencionalidad política? Cuesta creer que no haya ningún parlamentario de derecha de pensamiento liberal, y que todos se reconozcan en el conservadurismo eclesiástico. ¿Tanto habrá cambiado Chile?

Pero no intentaré aquí un análisis de esta singular cuestión sociológica; prefiero posar la mirada en este debate, preguntándome por el lugar que allí ocupa el drama humano de la mujer que se decide a interrumpir su embarazo. Y deseo hacerlo a la siga de Jesús. En efecto, el capítulo 8 del evangelio de San Juan nos habla de una mujer sorprendida en adulterio que es llevada ante Jesús previo a su lapidación. Mientras resuenan las acusaciones y se urge la aplicación de la ley, Jesús traza círculos con su dedo en la arena. Ahora diríamos que “no está ni ahí”. Y cuando le preguntan derechamente por su parecer, responde: “el que esté libre de pecado que lance la primera piedra”. Los acusadores se retiran comenzando por los más viejos, mientras Jesús dice a la mujer: “nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, no vuelvas a pecar”.

Resulta evidente que Jesús no se sitúa en el campo de la ley y de la moral vigente, sino en el de la comprensión y la misericordia, algo medular para nuestra fe cristiana. En vez de desenfundar todo el peso de la ley, deberíamos atender a la persona y pensar en su bien. El teólogo José Ignacio González Faus hace notar la diferencia entre lo que es moral y lo que es hacer el bien. La moral impone, mientras la bondad seduce; la moral obliga, la bondad facilita; la moral exige, la bondad atrae; la moral condena, la bondad no juzga; la moral “engola” a quien la guarda, mientras que la bondad vuelve humilde a quien la ejercita.

Al reflexionar de esta manera, estimo que los máximos representantes de la Iglesia chilena no parecen tan sensibles al llamado a hacer el bien en toda circunstancia. Por el contrario, descalifican con una ligereza un tanto agresiva la actual iniciativa de despenalizar el aborto en tres causales, consideradas justamente en razón de su densidad humana. En vez de tratar de comprender, imponen una obligación absoluta, un absoluto ético; en vez de bondad y misericordia, optan por el castigo o la penalización. Es lo que reza el comunicado de los obispos.

No obstante, y dado que el aborto existe y es practicado en forma clandestina por mujeres sin recursos económicos, sería mucho más sensato regularlo como lo pretende el proyecto, y abstenerse de una condena sin matices, totalizante y genérica. Ello atenta contra más del 70% de la población chilena que aspira a levantar ese castigo a las mujeres. En paralelo, y como ciudadano y habitante de un mundo plural, me duele que los obispos chilenos pretendan imponer sus propias consideraciones no sólo a la conciencia de los católicos, sino a todos los chilenos a través de una ley del Estado. Aunque pueden expresar sus opiniones como todo ciudadano, ya no es tiempo para tales imposiciones. Además, sorprenden al sentido común con argumentos rayanos en el sofisma; siembran la división entre los que están por la vida y aquellos que supuestamente están en contra, entre los buenos y los malos. Y ello a pesar de que el Papa Francisco abogue por una cultura del encuentro. Insisten en que toda interrupción del embarazo, aún en las primeras semanas, es un asesinato. Me extraña, pues, que formulen sentencias tan contundentes sin otro fundamento que su propia creencia, y que no dispongan de antenas para captar el sentir de la gente. Yo esperaría un razonamiento más serio.

La situación me lleva a preguntarme sobre el significado y las implicaciones de lo que entendemos como ética. Sabemos que ella consiste en poner al ser humano al centro de toda consideración, y no tratarlo nunca como instrumento para otros fines. Y que existe una “ética mínima” que regula nuestra convivencia como ciudadanos, cualesquiera sean nuestras creencias; y que ésta es diferente de una “ética de máximos”, como el consejo de amar al prójimo como a sí mismo, que no es obligación legal sino invitación. Hablamos también de moral, del latín “mores” que significa costumbre, una connotación que añade una cierta carga social a la idea de moral, algo que debería tomarse en cuenta en el uso del término. Pero esta problematización abre paso a otra discusión.

Algo muy distinto es lo que sucede en el caso del típico moralista. En cuanto tal, éste no se caracteriza por ajustar su vida personal a principios morales, como todo hombre de buena voluntad, sino por acusar incumplimiento y agitar sus propias convicciones ante las narices de los demás. Lo que define al moralista es, pues, la imposición de todo el rigor moral a los otros. No se vuelca principalmente hacia sí mismo, sino que se esmera en formular juicios condenatorios. No está en la cabeza del moralista el hacer el bien. Permanece frío e inhumano, ignorante de la situación padecida por el supuesto pecador. Carece de bondad y de misericordia.

Volviendo al tema que nos ocupa, creo que cuando la interrupción del embarazo acontece por razones anidadas en la conciencia personal, no parece ni razonable ni humana la reacción del moralista que exige castigo. ¿Qué diría Jesús si hoy, como cuando le trajeron a la mujer adúltera, se solicitase su opinión?

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