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¿Acuerdo tributario o el triunfo de una hegemonía?

¿Acuerdo tributario o el triunfo de una hegemonía? ¿Acuerdo tributario o el triunfo de una hegemonía?

¿Hay algo más ideológico acaso que decir que la ideología está solamente en la vereda del frente y que lo tuyo es puro sentido común? Es una buena pregunta que uno debería hacerse cuando ve a los defensores de este soterrado dogma hablar desde lo meramente técnico y atribuyéndose el “mejoramiento” de una idea, como lo hicieron muchos de los aliancistas, en los medios, una vez conocida esta extraña comunión de voluntades entre los dos sectores preponderantes del mapa político.

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Una noticia que no dejó indiferente a nadie, tiene que ver con el llamado “acuerdo tributario” al que llegaron parte de la Nueva Mayoría y la oposición.  De pronto, como si nada, la semana pasada aparecieron en todas partes miembros del Senado hablando de algo que muy pocos entendíamos, pero de lo que se sentían orgullosos: habían revivido la resistida “democracia de los acuerdos”.

Algunos pueden argumentar al respecto que el hombre es un animal de costumbre, y que el hecho de que la ex Concertación haya basado su manera de funcionar a punta de acuerdos con la derecha, es una costumbre que no se le puede quitar muy fácilmente, mientras otros simplemente- sin razonar siquiera- llegan de inmediato a la conclusión más fácil de todas: la traición. Una vez más la acomodada centroizquierda de este país traicionó a la ciudadanía y al pueblo, como tanto le gusta decir a los ultrones.

La visión que no se trae a colación, y que puede ser la más plausible, es la que dice relación con los comienzos de la democracia, e incluso con los vestigios de la institucionalidad de la dictadura. Es decir, con la creación de un contexto y con un triunfo ideológico que de manera soterrada se ha ido instalando en nuestra realidad sin que nosotros nos demos cuenta, llevándonos incluso a subvalorarlo al punto de  creer que de un día a otro somos una sociedad de izquierda, y que el hecho de que haya gente en las calles exigiendo sus derechos podría ser considerado como el comienzo de la derrota de una sola manera de concebir a la sociedad. Lo que nos hace aún más sentido cuando vemos a una Alianza cada vez más venida a menos y desorientada.

Si la política fuera solamente un par de cupos en el Congreso, efectivamente podríamos decir que no hay razón alguna para que la Nueva Mayoría negociara con una derecha cada vez más desmoralizada.  Sin ir más lejos sus ideas “valóricas” cada día están perdiendo más peso y apoyar a Pinochet, o decir en voz alta que su tiranía salvó al país-como muchos en la coalición opositora aún  lo piensan- , por fin ya parece algo inmoral. Sin embargo, el régimen autoritario en cuestión, creó una cultura que se desarrolló en democracia y formó a generaciones y generaciones. Creó una forma de hacer las cosas que la misma Concertación comenzó en los noventa a sentir como suya, porque era lucrativa, conveniente y pasaba, a simple vista, el test democrático.

Esta cultura era la de los técnicos, de los ingenieros, economistas y todo quien supiera de economía y números por sobre otras artes que parecían innecesarias y poco transcendentes. Todo era el crecimiento, los aplausos de los países más representativos del neoliberalismo desenfrenado, y la envidia de nuestros vecinos.

Si bien, una vez en La Moneda, esa derecha nos demostró empíricamente que se necesita mucho más que cifras para gobernar, lo cierto es que hay una idea que fue tatuada a sangre y fuego en nuestro conciencia nacional, y esa es que hay algunos que saben hacer mejor las cosas que otros y tienen el manejo de la verdad, y las llaves para entender el contexto.  Esa es la derecha hegemónica, aquella que recibió, nuevamente, a una ahora Nueva Mayoría que llegó corriendo hacia ella sin tener una verdadera necesidad de hacerlo realmente. Pero lo hizo, que es el hecho de toda la discusión.

Y es que se puede  tener el Ejecutivo y una mayoría en el Legislativo, pero si tu adversario dice ser dueño de una objetividad desideologizada, que resulta ser la madre de las ideologías, la imperante y la que respiramos, claramente siempre terminará por ganar la batalla de lo “cierto”, lo “real” sin contrapeso alguno, y eso ciertamente no es tan democrático como creemos a simple vista.

Una muestra de lo señalado, son las declaraciones de altos personeros de oposición y empresarios bancarios, quienes consideraban el acuerdo una victoria de una manera de llevar a cabo de la política, y sobre todo de una forma de abordar la economía, según ellos dejando de lado lo “ideológico” del proyecto inicial de la reforma tributaria.

¿Hay algo más ideológico acaso que decir que la ideología está solamente en la vereda del frente y que lo tuyo es puro sentido común? Es una buena pregunta que uno debería hacerse cuando ve a los defensores de este soterrado dogma hablar desde lo meramente técnico y atribuyéndose el “mejoramiento” de una idea, como lo hicieron muchos de los aliancistas, en los medios, una vez conocida esta extraña comunión de voluntades entre los dos sectores preponderantes del mapa político.

Eso es todo: la administración de Bachelet ratificó este poderío de un sector por sobre otro, recordándonos que el eje de la discusión siempre partirá desde un solo lugar y se resolverá en este mismo. Lo demás son discursos, bravatas y un sinfín de cosas que no nos ayudan a ver el subtexto, sino sólo los titulares.

 

 

 

 

 

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