Jueves, 23 de mayo de 2013

Adictos a “la política del gas”

A veces esta condición del gas es imitada con sutil semejanza y torpeza por nosotros –las personas– y nuestras instituciones. Y como todo aquello que es inherentemente humano, la política suele ser tierra fértil para su desenvolvimiento. Cuando esto sucede nos enfrentamos entonces a la “política del gas”: llena todos los espacios, pero no tiene densidad.

Cuando nos referimos al gas como un estado de la materia, nos referimos a un tipo de sustancia que posee la propiedad de expandirse, alcanzando así todos los límites del recipiente que la contiene. A diferencia del agua o del hielo, el gas tiene tan baja densidad que su forma y su volumen no le son propios, sino que dependen absolutamente de dónde se encuentren, de ahí su capacidad para comprimirlo fácilmente y también el riesgo de su fuga, pues se expande sin límites ni direcciones.

 

Podemos vaciar distintas cantidades en un molde de un metro cúbico y, sin importar la cantidad, el gas se las ingeniará para ocupar el molde completo. Sus moléculas se encuentran casi totalmente independientes entre sí, lo que hace que su poder de atracción sea sencillamente despreciable en comparación con la velocidad de sus movimientos.

 

A veces esta condición del gas es imitada con sutil semejanza y torpeza por nosotros –las personas– y nuestras instituciones. Y como todo aquello que es inherentemente humano, la política suele ser tierra fértil para su desenvolvimiento. Cuando esto sucede nos enfrentamos entonces a la “política del gas”: llena todos los espacios, pero no tiene densidad.

 

Es un tipo de política cuya atracción, al igual que el gas, es despreciable, o mejor dicho, desechable. Sin volumen ni forma propia, adopta el cuerpo que dicta el beneficio y el cálculo del momento y del lugar. Sus miembros caminamos por rutas independientes sin importar el proyecto común y original. Una política amorfa, donde la solidez es la virtud contrapuesta.

 

Durante el año que recién pasó, apreciamos episodios ejemplares de esta “política del gas”, y para el malestar del país, ni oficialismo ni oposición nos libramos del gasífero 2010.

 

Desde el gobierno, el espacio público se colmaba de anuncios sin cuerpo ni concreción; eventos y acciones con excesiva preponderancia del rating por sobre el sentido; decisiones tomadas a razón del clamor popular antes que el liderazgo político y la institucionalidad; palabras de excelencia sin los hechos consecuentes; destemplados llamados de unidad; y voces de servicio público incongruentes con las decisiones de interés privado.

 

Por otra parte, desde la oposición no construimos un escenario distinto. Grandes ejemplos de la “política del gas” se dejaron ver: anuncios de refundaciones que ganaban titulares, pero no refundaban contenidos; nuevos nombres de referentes grandilocuentes antes de construir un nuevo proyecto político; egos personales que prevalecían sobre la fortaleza de un equipo; cuñas polémicas que nublaban los desacuerdos de fondo y debilitaban los consensos; invitaciones a hacer una oposición exclusiva en el poder antes que inclusiva en el diálogo.

 

La “política del gas” trae tan rápido una cámara de TV, y se esfuma con la misma facilidad. Es una política del corto plazo, que no es lo suficientemente sólida como para trascender en el tiempo. Es perecedera, sus discursos e ideas tienen un nivel de natalidad tan alto como su mortalidad.

 

Evidentemente estos hechos de la “política del gas” no son contingentes: tienen su razón y un sistema que los avala, pues de alguna manera no son más que síntomas y reflejos de lo que somos como sociedad. El gas adquiere la forma del recipiente que la contiene, mientras la política adquiere la forma de la ciudadanía que la elige.

 

En estos tiempos, en que sin duda un nuevo ciclo político está comenzando, adquieren una mayor relevancia aquellos políticos y políticas que se oponen a esta “política del gas”. Aquellos que representan una “política sólida”, en que su mirada está en el largo aliento, que se preguntan primero por el proyecto y el sentido, antes que nombre y la foto; que no les interesa salir a “escuchar a la ciudadanía”, sino dialogar, interpelar y desafiar para liderar el país; que están dispuestos a perder independencia para ganar trascendencia, a entender que un ideal adquiere valor cuando con muchos se hace realidad.

 

Sabemos que el gas ocupa todo el espacio, pero también sabemos que se adecua a lo sólido,. ¿Cómo construir desde nuestra sociedad una política sólida sin diluirse ni desaparecer en el tiempo?

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