La cama ha sido siempre identificada con el sexo. La blanca caucásica Emmanuelle Riva, cuando tenía 32 años, escandalizó a las plateas porque precisamente, en Hiroshima mon amour (del gran Alain Resnais, 1959), yacía acariciando desnuda sobre unas de ellas, en un hotel, al actor japonés Eiji Okada. Ahora, cuando tiene 85 años, la cama se identifica con el deterioro y la muerte. También Jean-Louis Trintignant, a los 82, ya no es el que hace el amor con Anouk Aimée en Un hombre y una mujer (de Claude Lelouch, 1966) o el inexperto estudiante de leyes de Il sorpasso (de Dino Risi, 1962). Se parece, en cambio, al juez huraño y voyerista de Rouge (de Krzysztof Kieslowski, 1994).
Eros y Thanatos. Pero también Cairos y Cronos: el tempo se disfruta o se sufre, pero – a final – todo lo consume. Es uno de los tantos símbolos de esta extraordinaria película. Como son las palomas: la primera, que entra en el departamento, es devuelta al jardín; la segunda es “liberada” por el protagonista. Como son las pinturas colgadas en las paredes: mudos espejos de libertad, que acentúan el ambiente claustrofóbico de la película. Como son los sueños premonitores, que pueden confundirse con la realidad.
Dos grandes actores, transfigurados en Anne y Georges, son dos esposos de más de 80 años. Un infarto cerebral de ella cambia lo que queda de sus vidas. Como en La metamorfosis de Franz Kafka, Anne se transforma en un peso y es cuidada por su marido, que le promete que no la llevará nuevamente a un hospital.
La acción transcurre lenta e inexorable. Llegar a viejo en malas condiciones es desesperante, sobre todo para los que tienen que hacerse cargo. No para los que ganan dinero con ello, como la enfermera que se da el lujo de insultar a Georges y llevarse 800 euros (casi 500 mil pesos chilenos) después de haber maltratado a la anciana.
La hija (una también impecable Isabelle Huppert), que vive en el extranjero y tiene un matrimonio fracasado, en cada visita evalúa como su madre se está apagando, pero no puede hacer nada al respecto: el padre es irreducible. La adulta ya no tan joven recuerda cuando sus progenitores hacían el amor. Ahora el amor (el “amour” de título) se expresa en cambiarle los pañales y ayudarla a levantarse del WC. Volviendo del alta, después de la operación a la carótida, Anne pide un libro. Más adelante, ni siquiera querrá (o será capaz) de comer. Ha vuelto a una etapa infantil y el amor se mezcla con los recuerdos de niño de Georges. Todos recordarán la historia del arroz con leche que él no quiso comer.
Merecido este Premio Oscar para Michael Haneke, de quien en Chile se conoce La pianista (2001). La calidad de este filme es evidente. En comparación, el No de Pablo Larraín aparece como un documento perecible. Para hacerle el peso a Amour se requiere la calidad de una película como Gatos viejos, que también escribió Pedro Peirano y dirigió junto a Sebastián Silva.
Pero eso merece un comentario aparte.
(Amour. Francia/Austria/Alemania, 2012).

