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Andar con los monos

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A propósito del estreno de la segunda parte de “El planeta de los simios”, en su nueva versión, conviene reflexionar acerca de cómo el cine suele merodear el tema apasionante de la distopía, imaginando un futuro que dado el estado actual, parece cada vez más inminente.

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Periodista y escritor, con diez libros publicados. Es académico de la carrera de Diseño Gráfico de la Universidad de Antofagasta y desarrolla comentarios de cine en diversos medios en su ciudad

Dejando de lado todo el tema de la nostalgia (¡ah, Charlton Heston y la primera versión de “El planeta de los simios”!), la aparición de la segunda parte de la nueva versión de esta saga (olvidando claro está ese tremendo fiasco filmado por Tim Burton vaya uno a saber por qué) permite algunas reflexiones más que oportunas acerca de cómo el cine suele adelantarse a ciertos fenómenos sociales.

De partida, acá estamos de lleno en el terreno de la distopía –la anti utopía, aquélla que imagina un futuro para nada color de rosa y que tiene en los últimos acontecimientos mundiales, mucho material para suponer que podría darse esta suerte de involución en el desarrollo de la humanidad- y por lo tanto, estamos en tierra fértil para especulaciones acerca de nuestro destino.

La película original El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968) aventuraba una especie de final de mundo apocalíptico, en el que los humanos eran sometidos por los simios, como en una venganza de todo lo que el ser humano había hecho con la Tierra.

Aquí encontramos una película que da una posible (y creíble) explicación a la sublevación de los simios y a cómo éstos desarrollan su inteligencia, poblando la superficie de nuestro planeta. Esto se suma a una profunda reflexión a la eterna violencia latente en el ser humano, aquélla que carcome las instituciones y posibilita que el caos se apodere de los centros neurálgicos de la sociedad.

La idea base con que todo parte es inquietante: el Dr. Will Rodman cree haber encontrado la cura a enfermedades como el Alzheimer. Cuando la simio que iban a presentar a los posibles inversores  para demostrar la eficacia del virus, tiene un ataque de histeria y debe ser sacrificada, se suspende la investigación. El problema es que la simio estaba embarazada y ella transmite todos los efectos al simio bebé, que parte por: aumentar su inteligencia, alcanzando el límite exacto entre la posibilidad de “humanizarse”.

Por supuesto que  desde el punto de vista de la cinefilia, la película primera de la saga y su segunda parte, ofrecen pistas y guiños a los espectadores atentos: hay claras alusiones a través de las noticias en la TV o en los titulares de losl periódicos, que hablan sobre la “suerte” de la nave espacial Ícarus, además de utilizar algunas frases míticas que pronunciaba Charlton Heston en el 68 (incluso le veremos fugazmente en una pantalla de televisión, y también a César montando un juguete con la forma de la Estatua de la Libertad…).

Pero eso no es todo.

También hay ciencia en los efectos (notables) de digitalización, y aunque estemos claros de que tampoco es una obra maestra del género –de hecho hay ciertos giros hacia el efectismo propio de las súper producciones- se agradece la seriedad con que se ha emprendido este cometido, porque al fin y al cabo se trata de reflotar un clásico de los años sesenta que ha permanecido incólume en el recuerdo de los cinéfilos de tomo y lomo.

Otro elemento que se agradece es que nos vuelve a poner frente al tema de imaginar el triste futuro que tendrá la Humanidad de no ceder en su lucha insaciable por el poder a toda costa, poder que contamina la sociedad, la tecnología y la ciencia misma y que podría -¿por qué no?- devenir en lo que plantea en su interior este filme tan entretenido como certero: el destino de la civilización podría caer desplomada si no hay un freno a las desequilibradas ansias de poder.

Esta segunda parte de la remozada saga de “El planeta de los simios”, así parece confirmarlo.

 

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