La campaña presidencial para el 2014 ya comenzó. Eso es claro, incluso ya algunos pueden decir cual es su candidato o quien tiene más chance de ganar. Bachelet, según las encuestas lleva la delantera, mientras el resto trata de alcanzarla, aunque estén muy lejos.
En la coalición de la ex presidenta, están Claudio Orrego y Ximena Rincón, tratando de buscar un espacio en la Democracia Cristiana, sin mucho éxito. Por otro lado José Antonio Gómez quiere que vuelva un radical a La Moneda, con menos suerte.
En la derecha hay tres candidatos (Golborne, Allamand y Longueira), quienes tratan de todas las maneras posibles, de esconder sus ganas de sentarse en el sillón presidencial, con la clásica frase “no adelantemos las elecciones”.
Todos ellos hacen política electoral, de manera descarada, que hasta se agradece, por lo mal que disimulan sus granas de llegar luego al Palacio de Gobierno. ¿Por qué se agradece? Se preguntará usted, bueno, pues porque no reniegan del ejercicio político y no desconocen los vicios y virtudes de estos.
Quienes sí lo hacen sin embargo, son aquellos que se hacen llamar independientes y que ponen la nota más destructora, de la carrera que desempeñan a destajo, y que es precisamente el hacer política. Me refiero principalmente a Marco Enriquez Ominami, Franco Parisi y Andrés Velasco. En este último me quiero detener.
Andrés Velasco, desde que entendió que su próximo desafío es llegar a La Moneda, curiosamente ha asumido un rol bastante moralizador, cercano a un inspector de colegio, más que a un político que se precie de tal. Y es que claro, a él no le interesa ser político, siendo que piensa asumir el cargo insigne de esta carrera, que es el dirigir los destinos de un país.
Al igual que MEO y Parisi, el marido de la guapa Consuelo Saavedra, se ha dedicado a deslegitimar una manera de ostentar cargos públicos, al extremo de tratar de esterilizar el debate de ideas, transformándolo así en una guerra casi beata y sumamente parroquial .
El problema son los valores que se tratan de proyectar con esta forma de conducir sus candidaturas, que se basa en atacar figuras, “malas practicas”, pero que carece de una idea clara y concisa cercana siquiera a un proyecto de gobierno.
Velasco al atacar a Guido Girardi - quien claramente no representa la pureza- y denunciar en clientelismo específico en algunos casos, solo está destruyendo el poco intercambio ideológico que existe hoy situando a la política como algo malo, sucio que no le hace bien al país.
Sin quererlo, está llamando a un debate más cercano al populismo, que al realismo humano que requiere el hacer política con los defectos que esta tiene. En el fondo no quiere entender que la arena pública, no tiene por qué ser pura y clara, si el ser humano y sus intenciones no lo son en gran parte. Y si no se entiende eso, claramente es preferible ser monje antes que presidente.
