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Chile quiere ser protagonista en el mundo, pero para hacerlo no alcanza con gritos de aliento, con construir una percepción exagerada de lo que el planeta piensa del país, de suponer ser una potencia. Para lograr protagonismo se necesitan resultados que impacten de verdad.

El fútbol es, en esencia, un reflejo de la cultura de un país. Pero en los últimos tiempos hemos observado algunas excepciones como el caso de este equipo brasileño que ha dejado el carnaval para pasar a ser más cuidadoso y hasta conservador y, lo que más nos impacta, es cómo la selección chilena está mostrando notables diferencias frente al estilo de su sociedad.

Acaso desde la revolución planteada por Bielsa, que metió en la cabeza del jugador chileno que es posible jugar a ganar, la actitud del equipo de Sampaoli (tildada de “suicida” por el mismísimo Vidal…) alienta cada vez más la esperanza de que arriesgando para ganar es la única alternativa para dejar de ser un simple equipo de “entrecasa”.

Chile quiere ser protagonista en el mundo, pero para hacerlo no alcanza con gritos de aliento, con construir una percepción exagerada de lo que el planeta piensa del país, de suponer ser una potencia. Para lograr protagonismo se necesitan resultados que impacten de verdad y para esto el ejemplo que da “La Roja” jugando de igual a igual, sin especular, entendiendo que arriesgar implica ganar y obtener resultados.

Ese instinto “suicida” que tanto apasiona al pueblo chileno a la hora de vibrar con su selección… ¿Será posible trasladarlo a la vida cotidiana con una cultura transversal necesaria para jugarse con la innovación, con una menor aversión al riesgo, a compartir y a saber también perder?

Sería fantástico.

Imaginen priorizar la generación por sobre la medición, la imaginación por sobre la mecanización de procesos de control, de darle rienda suelta a la creatividad para crear valor agregado y no estar pendiente de ese enfoque economicista que desemboca en la pelea por los costos, los precios y los comodities.

La Roja es un ejemplo de convivencia, de colaboración, de animarse, de ser irreverente pero no irresponsable, de aprendizaje en equipo, de provocación con valor.

Que el “Vamos Chile Mierda!” se vea reflejado en decisiones de los bancos, de los poderosos, de los que pueden apoyar el despegue, de los políticos que se manifiesten más allá de sus conveniencias personales.

Que la educación transversal haga un equipo social amplio y educado para una convivencia más equitativa y estar preparados para pensar…

Es muy lindo vivir la fiesta. La fiesta de todos. Pero será más lindo que ese festejo que une sea algo natural, de todos los días. Porque La Roja de Sampaoli, de Vidal, de Sánchez, de todos, demostró que se puede.

Chile puede. Solo hay que mirar el arco de enfrente, eso es avanzar y avanzar, sin especular. Sin miedo.

Animarse a más.

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