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Apología a la Matrix

Apología a la Matrix Apología a la Matrix

Soy un agradecido del celular que es también cámara, GPS, alarma, linterna, álbum de fotos y videos, agenda, reloj, calculadora, radio, equipo de música portátil, lector de códigos de QR y correo. Mi vida es mejor, es más libre y es más entretenida gracias a este tsunami tecnológico.

Esta semana, un computador llamado Eugene hizo noticia.  Por primera vez, una máquina superó el “Test de Turing”, es decir, logró que más de un tercio de los jueces creyeran que estaban hablando con un ser humano. El programa computacional ya está inscrito en los anales de la historia cibernética con este logro, pues desde que Alan Turing creó hace 65 años la prueba que lleva su nombre, nada había logrado superarla.

Ya me imagino lo que deben estar pensando los seguidores de esas teorías fatalistas que hablan de la sumisión del hombre a la Matrix, de la pérdida de control de los seres humanos respecto de las máquinas, del apocalipsis que podría producir la inteligencia artificial. No soy quien para opinar si se trata de visiones acertadas o completamente absurdas. Y, la verdad, me da exactamente igual: nada de eso va a pasar ahora ni pronto.

Mientras tanto, disfruto las inmensas ventajas de la tecnología, las bondades que le dan a mi vida todos los avances que día a día se concentran en mi teléfono, el control remoto de gran parte de mis actividades. Soy un agradecido de Whatsapp. De Twitter. De Instagram. De Tumblr. De las aplicaciones. Del celular que es también cámara, GPS, alarma, linterna, álbum de fotos y videos,  agenda,  reloj,  calculadora, radio, equipo de música portátil, lector de códigos de QR y correo. Soy un tipo feliz de vivir en estos tiempos de redes sociales. Mi vida es mejor, es más libre y es más entretenida gracias a este tsunami tecnológico.

Hasta ahora, eso mismo que nos puede conducir al hoyo negro de la Matrix, le ha hecho requéte bien a mi vida. Me la juego con algunos argumentos.

Primero. Tengo un grupo de amigos del colegio a los que veo, como mucho, una vez al mes. Desde que armamos el grupo de Whatsapp nos hemos acercado muchísimo, hemos podido integrar a la cotidianeidad a los que viven fuera de Santiago y de Chile, sabemos mucho más del otro y hemos vuelto a sentir esa hermandad que empezamos a cultivar hace más de tres décadas .

Segundo. Como periodista, y consciente de la importancia que tienen las redes sociales, uno puede reportear hechos noticiosos e informarlos en forma instantánea gracias a Instagram, Twitter y Facebook. Cuando varios de mis colegas están obligados a pensar la información en términos del timing de un diario o de una revista impresa, yo puedo llegar a mis seguidores muchas horas antes.

Es más, y este es un tercer argumento: la tecnología permite que cada vez más personas puedan convertirse en pequeños medios de comunicación y, de esa manera, transformar su nombre en una marca.

Cuarto. Nunca había tomado tanto café y tan bueno. Sentado en una cafetería a las nueve de la mañana, puedo preparar mi programa de radio, contestar mails, leer artículos que sirvan de inspiración para alguna columna, aprenderme los guiones del programa de televisión y, todo eso, sin la necesidad de tener que arrendar una oficina. Soy mucho más dueño de mi tiempo que antes. Y más feliz.

Quinto. Instagram es una herramienta increíble. Por una parte, disminuye de manera exponencial la brecha entre el fotógrafo profesional y el amateur. Pero además, el hecho de poder combinar imágenes, texto, hashtags y que todo eso sea parte de una red social, es un catalizador que permite emprender todo tipo de ideas. En mi caso, ha sido un tremendo apoyo (y gratuito) para uno de los proyectos laborales más estimulantes de mi vida: la comunidad @Santiagoadicto.

Es cierto, la dependencia del teléfono me ha hecho estar a punto de chocar un par de veces y cada vez que leo que alguien se mató por mandar un mensaje, siento un cosquilleo desagradable en la guata. También me han retado por mirar el celular en la mitad de una comida. He sido víctima de bullying familiar por la compulsión del aparatito. Y vivo pensando en qué accesorio le podría comprar a mi mascota digital. Pero son pelos de la cola. A mí la tecnología me sirve, me ayuda, me alivia, me acompaña.

¿Perno? Probablemente. Pero a mucha honra

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