La frase, desafortunada por los hechos de violencia inusitada que se aprecian en Coyhaique y en la región de Aysén, no es original mía. Son dichos en Twitter de un senador de la Concertación, Jaime Quintana, usualmente moderado en sus opiniones y comentarios.
Ese mensaje, trasnochado y desafortunado de Quintana, en todo caso corresponde a una exposición de una realidad. Primero apreciamos, con angustia, la violencia en las marchas de estudiantes. Luego, la de Aysén. Posiblemente, según se rumorea, ocurra lo mismo en Calama, luego en Arica, en Chiloé y en varios otros lugares azuzados por agitadores.
¿Qué hace que en estos últimos dos años la convivencia nacional, otrora pacífica haya devenido en protesta llena de violencia y agresión?.
Se han escrito las teorías más variadas, floridas e insólitas tratando de explicar el por qué de este fenómeno. He tratado de leerlas todas y hay aspectos rescatables en muchas. Y a todos los expertos que he leído, probablemente por corrección política, se les ha escapado una de las causas del éxito de la coordinación de las movilizaciones sociales: el odio visceral que la una parte de la izquierda siente por la derecha.
Las marchas en “la calle” no habrían de tener descanso mientras la derecha poseyera el gobierno, salvo que un terremoto, un maremoto y una tragedia nacional lo impidieren. Como ambas cosas no estuvieron el 2011, este fue el año de manifestar el odio a la derecha. Con su claridad habitual, Arturo Martínez lo explicó durante el año: “hemos establecido una alianza política y social con el objetivo de sacar a la derecha neoliberal y autoritaria de La Moneda e instalar un gobierno que responda de verdad a los intereses de las mayorías y de los trabajadores”. O sea, no hay que dejar gobernar a Piñera.
Como en los años sesenta, la izquierda nuevamente niega la sal y el agua al gobierno. Por conveniencia utilitarista pero también y fundamentalmente por odio.
El odio, por cierto, no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Sería torpe negar la existencia del odio en sectores que se identifican con ideas autoritarias de derecha, más que de éste, de la ilusión de volver al pasado dictatorial del cual profitaron. Pero afortunadamente para Chile, ellos ya son solo una parodia de sí mismos, triste, incómoda y molesta, pero caricaturesca al fin. El problema es que en la izquierda los odiosos tienen más cabida. Y lo peor es que, por estrategia o por intuición, el obstruccionismo del odio parece estar predominando en la posición, por sobre la racionalidad.
El problema del odio como motor político es que por más que aparezcan rostros nuevos, atractivos y frescos, su problema es que su discurso es el mismo de los dirigentes vetustos criados en la lógica de la guerra fría y la lucha de clases. El problema de las Camilas, los Camilos, los Giorgios y de todos los demás es que, al final del día dicen lo mismo que Teillier o que el otro Camilo, el que presidirá el Senado.
En este escenario, lo que prima en ellos parece ser más el odio a la derecha que el amor a las ideas propias. Después de todo, “esta es una guerra de cuatro años”
Odio. Esa fuerza maligna y poderosa que motiva a organizar protestas contra la memoria de Jaime Guzmán, o solazarse ante las “funas intelectuales” como la de la reunión del entonces candidato Piñera y los escritores Vargas Llosa, Edwards y Ampuero en la Biblioteca Nacional. Ese que, a la primera semana de gobierno, convocó a paros contra el mismo, por el solo hecho de haber asumido. “¡¡Hay que salir a la calle!!” decía Bachelet, porque –según ella- la derecha tiembla cuando la izquierda se moviliza y se la toma. Es que hay que culpar a la derecha por todo, y hay que representárselo puño en alto por las grandes alamedas. Imagino que la próxima toma de las calles provendrá por la falta de lluvias o el exceso de las mismas.
Odio. Pero más terrible que el odio, el miedo.
Y es comprensible el temor que sienten. En suma, quienes se sienten “de izquierda” tienen el soterrado terror de haber perdido la capacidad de encantar al pueblo. Pánico a dejar de ser la expresión popular y de no volver a serlo en un largo tiempo “¿Qué pasa –deben pensar- si Michelle no gana o no se presenta?” “¿Y si somos oposición más de cuatro años?” La sola idea hace sentir escalofríos en el alma de la izquierda. No solo por la posibilidad de que la derecha siga en el poder, sino de haberse disuelto su poder movilizador entre tanto grupo, muchedumbre y apático deambulando por ahí.
Mi diagnóstico es que esa animadversión a la derecha, lejos de debilitarla, le favorece. Porque, afortunadamente, la mayoría no vive ni del odio ni del miedo. En suma, si la izquierda se atrinchera en él, tendrá que acostumbrarse a ser oposición –e intrascendente- por un largo rato.

