Me acuerdo del último discurso de Bachelet. Partió con una presentación de imágenes que resumían la voz secreta de los años de la Concertación que terminarían pocas semanas después. Los chilenos como hijos de Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, los reformistas; y no del Pinochet fundador.
El empleo y la cultura al centro del país y el cobre todavía más al centro. No me acuerdo si esta introducción aparecía antes de todas las cadenas nacionales, pero esa vez se hizo más patente que nunca. Luego empezó la transmisión en vivo y en vez de solamente aparecer Bachelet, nos dimos cuenta que estaban todos.
Los ministros del gabinete estaban todos parados detrás de ella. Velasco miraba fijo detrás de su hombro derecho. Mariano Fernández tras el otro hombro. Vidal junto a este. Perez Yoma al centro, muy adelante, casi a su lado. Ese día se despidieron y entraron a un silencio que se suponía sería largo, por lo menos de 4 o 8 años, sobre todo el de ella. La derecha había ganado y le iba tocar reconstruir todo.
Pero ese resplandor nunca tuvo lugar y la vuelta se adelantó. Hace pocos días Bachelet envió una carta a la DC donde practicamente ya inscribió su plan para recuperar el poder y volvió con todos sus fieles a competir por el poder. Lo primero que hizo fue llamarlos. A sus amigas y amigos, sus chilenas y chilenos.
La carta no es mucho más que solamente la clara constatación de que están todos plegándose denuevo detrás de ella. El resto es relleno, un pretexto para acuartelar a los bacheletistas.
Bachelet volvió y su reelección es inminente. Vamos a volver a 2006, al status quo de la Concertación.
Hace un tiempo escribí sobre eso y 7 meses después la cosa no ha hecho más que avanzar.
Con Bachelet gobernando, en primer lugar, dudo seriamente que el problema de representación se solucione. Porque la concertación debe su poder a ese problema de representación. Así de simple.
El binominal robustece su bloque, no le conviene cambiarlo. Tal vez sí “corregirlo” o “perfeccionarlo”, así, entre comillas, como se corrigen y perfeccionan las cosas hoy en el Estado -donde una reforma tributaria es en realidad un mínimo perfeccionamiento tributario, una reformita, nada más; donde la gran revolución educacional del Estado es una mínima corrección dentro de las mismas reglas del pasado-.
Porque políticos fundamentales para congregar y negociar para esa izquierda deben su cargo al sistema binominal: los propios y sus interlocutores en el otro lado. Fulvio Rossi, senador, ex diputado y ex presidente de los socialistas, salió tercero en su elección y fue elegido. Pepe Auth lo mismo como diputado. Y algunos de la derecha con los que negocian y mantienen el equilibrio que necesitan, como Jovino Novoa, presidente de la UDI y senador por años. Lo disimulan bien, pero necesitan todo eso, a sus aliados y a sus contrapartes. Su base es ese equilibrio.
Porque los representantes deben su piso y su peso a la falta de representación. Porque si votaran las mayorías y no las minorías, esos cargos de diputados y senadores los ocuparían otros.
Solo recuerdo algunos casos de los que nos habló Ciper hace meses: que Gustavo Hasbún y Felipe Salaberry representan a menos del 13% de los adultos de su distrito, que Ramón Farías representa a menos del 10%, que Osvaldo Andrade -uno de los principales bacheletistas y presidente de su partido- y Leopoldo Pérez a menos del 9% y que Pepe Auth a menos del 7%. Que en algunos distritos un voto vale el doble que en otros.
Porque nuestros políticos son un grupo que, entre otras cosas, se encarga de auto-reproducirse a si mismo. Lo dijo Nibaldo Mosciatti en CNN: para ser precisos, en las elecciones parlamentarias la ciudadanía no vota, más bien es usada por los partidos políticos para ratificar los acuerdos previamente fijados.
Y en segundo lugar los movimientos sociales van a perder peso. El movimiento reformista va a quedar pendiente. La soberanía ciudadana, de la que habla Gabriel Salazar, que obtiene poder propio y es capaz de influir sobre el poder ajeno sin estar en la constitución -un poder fundamental para negociar desde grupos locales- va a frenarse.
Primero porque una de las líderes de estos movimientos, Camila Vallejo, va a perderse. Y eso necesariamente va a terminar en que se generen pactos a medias entre el PC y la Concertación, dejando al movimiento estudiantil fuera. No lo digo yo, lo dijeron todos los opositores a ella las pasadas elecciones de la Fech. Por eso la izquierda se dividió en esas elecciones universitarias. Hoy nadie lo dice porque no viene al caso, pero todos lo saben al menos desde fines de 2011. En el movimiento estudiantil sabían entonces y saben ahora que Vallejo está dispuesta a negociar junto al PC una alianza con la Concertación, sin considerar al movimiento ciudadano.
Por eso mismo, ante las declaraciones de Salazar sobre ella, los primero que salieron a defenderla no fueron los dirigentes estudiantiles sino que su partido comunista. Yo pregunto por qué y estoy seguro que en esa respuesta radica el problema más profundo.
Si la concertación pacta con los comunistas, a Camila Vallejo no le va a quedar otra que ser militante comunista antes que líder estudiantil. Salazar lo dijo: “en ese contexto ya no surgen grandes líderes nacionales, surgen líderes locales y que rotan. Esa es una nueva manera de entender la práctica política, mucho más democrática y participativa. En cambio, los partidos políticos siguen pensando en preparar líderes para que hagan la carrera política”. Buscan formar autoridades en vez de formar ciudadanía. Buscan reemplazantes para los que mandan hoy, sin cambiar nunca los vicios. Pero eso no es lo que hoy necesitamos.
Lo que necesitamos no es formar líderes en el grupo local y luego exportarlos para que sean autoridades. Lo que necesitamos es desarrollar poder en los ciudadanos y mantenerlo en los ciudadanos. Que teniendo ese poder se negocie con las autoridades y los partidos. Pero que los ciudadanos conserven su parte del poder. Ese es el equilibrio que nosotros necesitamos.
Bachelet volvió y es justo que vuelva. Aunque no nos guste, se lo ganó, hizo la pega necesaria. El trabajo hecho por sus opositores va bien encaminado pero aún no termina y aún no es suficiente. Si estamos orgullosos de ir lento porque vamos lejos, tenemos que estar dispuestos precisamente a eso: a ir lento, y mientras, no se logre el objetivo, ir perdiendo. Y, sobre todo, a que, mientras no gobiernan los que queremos, gobiernen otros
Hitchens, hablando de J.L. Chamberlain, escribió algo que también podría decirse de la batalla que acaba de ganar Bachelet: “No envió a sus tropas a realizar acciones insensatas o teatrales. No cometió florituras letales. Fue frugal con la munición. Mantuvo estoicamente el flanco izquierdo para la Unión, y solo como un último y meditado recurso dirigió una carga colina abajo en vez de hacia arriba, afianzando la cuestión de forma memorable.
Si hubiera sido más artista del baño de sangre y amante de la guerra, probalemente brindarían por él innumerables hombres que nunca han visto un cadáver hinchado u olido una herida en el pecho, y que utilizan estos episodios para fanfarronear y tomar copas. Pero da la casualidad de que fue el reflexivo Chamberlain quien ganó, mientras que los que no pueden olvidar el pasado están condenados, no exentos de patetismo, a recrearlo”.
