Es difícil entender, racionalmente, qué pudo llevar a los diputados de la derecha a liberar un extracto del vídeo de lo ocurrido en la ONEMI durante el día del terremoto en 2010. Luego de que todo el país, fiscalía incluida, han tenido acceso al video completo, lo único que justifica una edición de tres minutos es tratar de golpear de la manera más fuerte posible a Michelle Bachelet, y seguir con el juego de endosarle a ella las responsabilidades sobre las malas decisiones tomadas ese día. Pero con esto, no sólo fracasan en su intento, sino que además parecieran darle hálitos de vida a la agonizante.
Y es que el fenómeno electoral que representa Bachelet es un desafío para los analistas. Ella representa una idealización de los factores emocionales en política. Sin necesidad de repetir majaderamente los logros de su gobierno - como lo hacen muchos funcionarios de gobierno en estos días – ella logra que la mayoría del país le crea, la quiera y esté dispuesto a votar por ella. Es como si ella lograra hacernos olvidar que durante su gobierno era común ver a Perez Yoma, Vidal, Escalona, Pizarro u otros que representan exactamente lo que hoy la ciudadanía rechaza. Y es que en ese entonces y ahora Bachelet mantiene la misma estrategia: guardar silencio, aparecer los menos posible y dejar que el resto haga el trabajo sucio. Esta estrategia lleva años funcionando para ella y parece que eso es lo que los parlamentarios de la derecha parecen no comprender.
Pegarle a Bachelet, tal como nos recordó “poéticamente” Osvaldo Andrade, es una mala estrategia. Su aprobación pareciera alimentarse de las declaraciones de odio, de las exigencias de que hable y de la rabia de sus contendores. Mientras más traten de dañar su reputación, más la hacen crecer. Y ya ni siquiera necesita hablar de femicidio político o jugar a la víctima, ya logró instalar esa idea en la opinión pública y basta que llegue algún enrabiado desde la derecha para que complete la fórmula. Así, el famoso video no tiene más consecuencias que aleonar a los fanáticos de lado y lado, pero es dudoso que logre mermar su apoyo electoral.
Otro efecto – claramente no deseado – es que logra darle orden a la Concertación. La actitud infantil de los diputados DC de cortar relaciones con el gobierno es un reflejo de aquello. Su acción es comparable con la del niño que, aburrido de que lo molesten en el partido de fútbol, decide llevarse la pelota amurrado. El problema es que no entienden que la pelota ya no es de ellos y que el partido se seguirá jugando. En un país donde los parlamentarios son considerados cada vez más irrelevantes, actitudes como esas no son precisamente un antídoto.
Lo más complejo es que Bachelet se convirtió en un problema inevitable tanto para oposición como oficialismo. Los primeros se enfrentan al dilema ético entre una victoria segura, con el precio de mantener los mismos rostros y prácticas que los han llevado al repudio ciudadano, o de jugársela por proyectos inciertos – como Orrego o Velasco – pero que le darían un poco de aire a la coalición. Por otro lado, en la derecha saben que su única posibilidad de mantenerse en el poder pasa por las decisiones que tome Bachelet.
Por lo mismo, parecen muchas más lúcidas las declaraciones de Longueira u Ossandón, quienes entienden que el juego de tratar de dañar a la ex presidenta no va a lograr nada positivo para ellos. Al contrario, mientras Bachelet mantenga el mismo diseño comunicacional que tuvo durante su gobierno, jugando a las escondidas y manteniéndose apegada a la pauta, no hay mucho que hacer.
Además, su cargo en la ONU se convierte en el escudo ideal. Suena más sensato esperar que aparezca la Bachelet candidata, la que deba responder preguntas y dar cuenta. Mientras su aterrizaje siga siendo sinónimo de parusía, lo único que se logra al atacarla es alimentar la devoción de sus feligreses, que no son pocos.

