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Opinión

Bachelet y la falsa idea de que el fútbol es un tema país

Bachelet y la falsa idea de que el fútbol es un tema país Bachelet y la falsa idea de que el fútbol es un tema país

"Fue parte de un evento en el que los únicos que ganan o pierden son los que invierten en un texto que nos hace creer que, al sentarnos frente al televisor, simplemente estamos viendo un juego en el que nada más que el “espíritu chileno” se muestra en plenitud".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Muchos hablan sobre el viaje de Michelle Bachelet a Brasil a ver el partido a “la Roja” frente a la selección de ese país. Mientras unos-en la derecha principalmente- reclaman por los treinta millones que habría desembolsado el Estado para esta fugaz visita al gigante de Sudamérica a ver un enfrentamiento futbolístico, otros-desde el oficialismo- defienden a Bachelet como si lo sucedido en Sao Paulo no fuera más que una instancia patriótica a la que había que asistir.

Debido a lo polarizada que está la discusión, vale la pena poner una mirada intermedia. Primero, ¿debemos desesperarnos ante un gasto tan insignificante, una vez conocidos los derroches de una institución como el Ejército? Es decir: ¿parece realmente justificable este enojo opositor luego del silencio de toda una élite que, por años, no se ha atrevido a fiscalizar el financiamiento de unas Fuerzas Armadas que no hacen nada? Sería bueno preguntárselo y así entender que la pataleta derechista no es más que un aprovechamiento político menor.

No obstante aquello, no debemos dejar pasar el viaje de Bachelet sin preguntarnos cuál es la necesidad de que un Presidente de la República -Presidenta, en este caso, para que no me acusen de machista- vaya a ver un partido de fútbol, atribuyéndole así una importancia nacional a un deporte que, si somos sinceros, no es más que un buen negocio para empresarios privados.

Ese debería ser el punto y, por ende, la gran pregunta en días en que la Mandataria busca hacer valer su legado progresista. Porque ir a sentarse en medio de un gran negociado, en el que lo único que realmente está en juego es el futuro de los auspiciadores, no tiene nada de progresista. Es más bien ir a formar parte de la fiesta del libre mercado desenfrenado, el que nos ha tratado de contar por años que cuando juegan los “guerreros” vestidos de rojo, lo cierto es que entra a la cancha “el alma de Chile”.

La verdad no es que Bachelet sea la madre de este grupo de jóvenes que querían salvar a la Patria. Como tampoco lo es que sea una mujer que, debido a su extremo oportunismo, haya querido botar dinero del Estado para atribuirse un posible triunfo que no ocurrió. No, esas son interpretaciones antojadizas que sirven para alimentar discursos nacionalistas y electorales. Lo que pasa es que la máxima autoridad del país ha contribuido, sin saberlo, a nutrir un relato comercial que se viste con ropas patrióticas. Fue parte de un evento en el que los únicos que ganan o pierden son los que invierten en un texto que nos hace creer que, al sentarnos frente al televisor, simplemente estamos viendo un juego en el que nada más que el “espíritu chileno” se muestra en plenitud.

Ese es el gran problema que existe con el fútbol y esta idea de que debemos unirnos, desde la primera magistratura hacia abajo, en torno de una causa que realmente nunca nos han explicado del todo por qué debemos abrazarla. Por esto es que todos, transversalmente, tratan de aparecer apoyando un equipo de personas que, para ser sinceros, no significa un aporte ni muchos menos una pérdida para la construcción diaria de Chile.

No queremos verlo aunque lo sabemos. Queremos darle importancia a algo que no es más que la prueba de que el lucro ha entrado en todos los ámbitos de nuestras relaciones sociales. Queremos sentir nuestra una camiseta que está repleta de empresas que quieren repartirse una tajada del torpe y útil sentimiento de una población idiotizada que celebra o llora un resultado futbolístico, como si fuera un triunfo o un fracaso, cuando realmente interviene en los futuros planes comerciales de unos pocos. Pero bueno, ¿cómo dejar de hacerlo si hasta la Presidenta lo hace parecer como si fuera un tema país?

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