Soy escéptico de todo tipo de beatos o fanáticos, ya que, muchas veces sin desearlo o pensarlo, utilizan sus respectivos credos -religiosos, políticos y económicos- con un tono maniqueo, mesiánico y totalizador.
La beatería religiosa es la más común entre nosotros los chilenos, acostumbrados a santiguarnos porque sí y porque no; porque necesitamos algo caído del cielo o porque queremos pedir perdón por algo que hicimos o dejamos de hacer.
Cuando la beatería religiosa va cargada de un mesianismo político, entonces el credo es utilizado con fines proselitistas y el mundo de lo privado se confunde peligrosamente con el ámbito público.
Algunos políticos decimonónicos se dieron cuenta del peligro de que el culto privado se confundiera con lo público, aunque no fue sino hasta 1925 que el Estado pasó a ser un ente independiente de todo credo religioso. Eso ocurrió en términos oficiales.
Sin embargo, ¿qué ocurrió –y que ocurre- en la práctica? ¿Existe una separación clara y total entre el poder –político, económico y social- y la práctica religiosa? No es necesario hacer una investigación demasiado acabada en el mercado educacional para darse cuenta de cuán común es el tránsito de un colegio religioso –sea de derecha o de centro izquierda- a las lides del poder ejecutivo y legislativo.
No habría nada de malo en ello si nuestros políticos dejaran sus emociones privadas a un lado cuando ejecutan las políticas públicas. La religión no es per se negativa (de hecho, a muchos les consuela y tranquiliza), aunque su sobreexposición en el espacio público con fines propagandísticos puede ser tremendamente dañina.
Pero hay otras beaterías, igual o más perjudiciales que la religiosa, como el pasado cercano claramente atestigua. ¿Qué decir de la beatería político-económica? ¿Qué, sino beatos fanáticos, fueron los gobiernos norteamericanos y soviéticos de las décadas 1950-1980? Sin duda, el absolutismo de ambos lados combatientes durante la Guerra Fría fue una de las consecuencias más desastrosas y perdurables de la segunda guerra mundial.
Ese conflicto silente pero de proporciones inusitadas conocido como Guerra Fría permitió, por un lado, el surgimiento de las derivaciones regionales del comunismo soviético y chino y, por otro, el apogeo de ideas ultraliberales en un contexto de crisis económica. Cuba y Chile son buenos ejemplos de dichos polos irreconciliables.
El discurso de Fidel y su hermano Raúl –hoy un tanto mermado- tiene un claro componente beatífico y mesiánico; de otra forma no se explica su permanencia en el poder y su insistencia –muy religiosa, por lo demás- en que sólo su credo es dable de ser seguido y admirado.
El dogmatismo de los ‘Chicago Boys’ es, por su parte, un claro ejemplo de la beatería económica de hace tres décadas. La crisis de principios de los años ochenta da cuenta de un proceso de acumulación de conocimiento sobre materias económicas que, luego de años de puesta en práctica en Chile, rebotó ante la realidad de un país que venía saliendo de una historia de proteccionismo.
La apertura económica propiciada por los ‘Chicago Boys’ fue, por ello, desproporcionada y el resultado bastante negativo. Tuvieron que venir otras escuelas más pragmáticas –las de la Universidad de Columbia de Büchi y el Cieplan de los noventa sobre todo- a sacar al país del entuerto en el que se encontraba.
¿Y hoy? Ciertos seguidores del fidelismo de los sesenta y setenta derivaron hacia una socialdemocracia moderna. Moderna, aunque no por ello menos beata. El ‘progresismo’ está cargado de lugares comunes y eufemismos, tanto o más beatos que el beaterismo religioso. Probablemente herederos del hippismo, los ‘progres’ defiende a brazo partido el medio ambiente y siguen modelos antidesarrollistas cuando el progreso no es sino sinónimo de desarrollo. Su lucha por la igualdad sexual y de género es loable y ejemplificadora.
No obstante, muchas veces caen en el mismo modus operandi que sus enemigos, los beatos religiosos: hacen de lo privado algo público. Censurar públicamente a alguien por su pensamiento privado en temas de sexualidad es tan absurdo y absolutista como condenar a un individuo por su condición sexual.
Uno podrá estar en desacuerdo –y de hecho lo estoy- con los beatos homofóbicos. Sin embargo, nadie puede creer que la condena pública de los homofóbicos es la mejor herramienta para conseguir la igualdad sexual. Eso es sólo beatería progresista.
Por su parte, hoy existen pocos herederos explícitos de los ‘Chicago Boys’, aunque muchos economistas insisten todavía en un punto determinante de la política económica de la dictadura: la tecnocracia. Ciertamente, la tecnocracia no es, al igual que la religión, algo negativo per se. Sin embargo, cuando ésta se convierte en beatería, entonces sus rasgos positivos se desvanecen en un mar de reglas matemáticas que poco y nada se condicen con la realidad.
Para los beatos de la tecnocracia, todo debe ser medido y cuantificado; lo que importa es la estandarización de las pruebas de conocimientos aprendidos de memoria; el estudio del pasado es cosa de eruditos enclaustrados en sus libros y salas de clases; el crecimiento económico es la respuesta a todos nuestros problemas y los estudiantes de economía e ingeniería los mejores –acaso los únicos- ejemplos de estudiantes exitosos.
Cuando Joaquín Lavín fue reemplazado por Felipe Bulnes, la beatería del ala tecnócrata del gobierno disminuyó sustancialmente su poderío e influencia. De hecho, hoy en La Moneda reinan los políticos profesionales y, con ellos, vuelven a la carga los consensos y negociaciones que, por esencia, son y deben ser menos extremistas y beatos.
Se podría decir que el surgimiento de la más reciente de las beaterías, los ‘movimientos sociales’, fue la respuesta predecible al lado tecnocrático de la sociedad chilena. El excesivo voluntarismo economicista le pasó la cuenta a un sistema educacional desajustado y necesitado de reformas estructurales, cuestión que explica por qué el ‘movimiento social’ por la educación no sólo es legítimo sino necesario.
Sin embargo, también es cierto que, pasado un tiempo, el mesianismo refundador se apoderó de los ‘referentes sociales’.Declaraciones como ‘somos el pueblo’ (entendido el concepto de ‘pueblo’ como sinónimo de mayoría) no sólo son exageradas sino en extremo peligrosas: ¿pueden las mayorías, por ser mayorías, hacer y deshacer cuanto les parece bien y razonable?
Ya lo dijo hace unos meses Carlos Peña y lo ha venido diciendo últimamente Alfredo Jocelyn-Holt: los líderes estudiantiles deben, al igual que el resto de los actores políticos, ser analizados con espíritu crítico.
De otro modo, Camila Vallejos, Giorgio Jackson y el resto de los que encabezan el movimiento educacional pasarán a ser los nuevos santos laicos de nuestro ya recargado santoral. Y eso, además de errado, es sumamente perjudicial para la institucionalidad política del país.
En efecto, lo que necesitamos son menos beaterías dogmáticas y más institucionalidad partidista; una que sea, al mismo tiempo, transparente y más participativa.
Recargar en los líderes ‘sociales’ de turno –ya sean religiosos, economistas, caudillos, estudiantes o voceros del ‘pueblo’- la responsabilidad de encabezar soluciones tan importantes como la reforma educacional es igualmente errado que creer que el país se debe refundar cada tres o cuatro décadas.
Pinochet quiso refundar el país y miren cómo terminamos. Que ni las mayorías circunstanciales tan alabadas por Rousseau ni los mesiánicos representantes del pueblo nos vengan con el cuento refundador –y beato- nuevamente.
