Alessandro Benetton, Vicepresidente Ejecutivo de Benetton Group SpA, señaló hace algunos días “en un momento de oscuridad, con la crisis financiera, lo que esta ocurriendo en los países del norte de África, en Atenas, es una actitud que nosotros podemos adoptar y que puede conllevar energía positiva”.
El comentario fue a propósito del revuelo causado por “Unhate” -la última campaña publicitaria de la compañía- en que se muestra besándose a una serie de líderes mundiales, desde el presidente de EEUU Barack Obama con el líder chino Hu Jintao, hasta el Papa Benedicto XVI con Ahmed Mohamed el-Tayeb, imán de la Mesquita de al-Azhar en Egipto.
Al margen de la polémica sobre el uso de la imagen de los involucrados, me parece necesario detenernos en el contenido mismo de la campaña. Y al respecto, cabe preguntarse, ¿es ésta útil al objetivo que declara perseguir?
Es decir, si soslayamos por un momento el evidente afán comercial – propio de cualquier campaña de este tipo- y presumimos buena fe de parte de los creadores ¿es ésta un aporte a la construcción de una sociedad global más integrada y en paz?
La campaña pareciera apelar a un sentido de confraternidad mundial o de promoción del “no odio”. Esta apelación, a primera vista, parece del todo razonable, en la medida que buena parte de los conflictos mundiales están efectivamente cargados de resentimientos, rencores y angustias de larga tradición.
No obstante, al reducir los conflictos globales a un problema de “malos sentimientos”, se corre el riesgo de desconocer la compleja trama de implicancias políticas, culturales, étnicas y religiosas que subyacen a cada uno de ellos. Este reduccionismo, llevado al extremo, podría terminar por aniquilar nuestra capacidad para razonar sobre las causas más profundas de estos desencuentros.
La falta de especificidad o uniformidad del discurso es uno de los tantos desafíos que nos plantea la cultura de masas en que estamos insertos. En esta sociedad los conflictos tienden a homogeneizarse y etiquetarse, alejándonos de este modo de un razonamiento constructivo que nos permita reconocernos y aceptarnos. Y una sociedad de este tipo, como señalara Hannah Arendt, es fiel reflejo de una esfera pública que ha perdido su poder para agruparnos, separarnos y relacionarnos.
Para el caso particular de las religiones, un diálogo fecundo entre los diferentes credos requiere del reconocimiento previo y mutuo de sus especificidades, raíces culturales y diferentes visiones de mundo. Solo desde esa diferenciación podremos detectar los puntos de encuentro y promover acciones colectivas en pos del bien común.
