La U ofreció su peor cara en la Bombonera, superada por el escenario y la jerarquía de un rival superior que exhibió su poderío, ganando en todos los terrenos.
Boca es el rey de esta copa; se gustó y pudo golear al equipo de Sampaoli, esta vez superado en sus propios argumentos: no tuvo posesión de pelota ni pudo atacar ni hilvanar su juego, siempre presionada por un equipo que salió a morderle la oreja, provocando errores continuos y atacando a rachas huracanadas sobre Herrera.
El partido lo gobernó Román Riquelme, dueño del juego y del pulso del partido. A Román le sobró mando para guiar su tropa hacia Johnny Herrera, y para regular el escenario: dirigió a fotógrafos y al propio árbitro, indicándole el momento adecuado para sacar tarjeta a Osvaldo después de dejarse caer.
Román había advertido que si ellos tenían el balón, la U tendría que correr, una advertencia que parecía una bravuconada tratándose de un equipo que cede la iniciativa al rival de turno, pero esta vez Boca salió a morder a la U, la descompuso y la pudo golear ya en los primeros veinte minutos.
Ya ganaba al cuarto de hora, después de que Áranguiz ganara y perdiera una bola en la salida. La pelota llegó a Mouche, que enfiló hacia la raya sin que Mena pudiera con su esprint y sacó un centro al área que pescó de espaldas Silva después de zafarse de Osvaldo, despistado. El control del delantero uruguayo fue prodigioso y pudo armar la cadera para revolverse en una media vuelta con la que fusiló a Herrera.
Un golazo, de efecto psicológico intimidante que atontó a la U, incapaz de sacudirse el vendaval xeneize.
Boca, el equipo reservón y calculador de la leyenda, fue esta vez un huracán que asoló el área azul (anoche de blanco), buscando siempre la superioridad por las bandas, beneficiada del poco oficio defensor de Mena y Rodríguez, frecuentemente lanzados al ataque. Y del gran momento de Mouche, un velocista mañoso, abastecido por Román buscando la espalda y los espacios dejados por Mena, amargado toda la noche.
A la U le faltó oficio, fue un equipo demasiado amateur, frente al equipo que lleva la Libertadores en la sangre y que viaja hacia su séptima copa con tranco de campeón. Como se sospechaba, la delantera de la U, no parece estar a la altura de un envite de este calibre, muy verde para tanto oficio, tanta maña, tanta determinación a poner las cosas en su sitio. No fue capaz de generar ni una sola ocasión clara de gol, lastrada por el aceleramiento, la imprecisión y el desatino de sus medios cada vez que conseguían recuperar la pelota, una tarea hercúlea anoche. Sampaoli echó mano del recién llegado Ubilla, demostrando el poco armario del que dispone. Poca tela para la magnitud del choque.
Recién en los últimos 20 minutos, después de encajar el segundo gol y el rival se tomara un respiro, cuando Román, Silva y Somoza ya tenían la lengua afuera, cuando Boca dio por concluida la faena, el equipo de Sampaoli pudo soltar amarras y acercarse a Orión, inédito toda la noche. Tampoco consiguió nada ahí, chocando contra el orden y la clase de una defensa sin fisuras.
Falta la vuelta y el grupo de Sampaoli llega tocado, exprimido por un calendario brutal y superado por un equipo poderoso. La U ya ha dado vuelta eliminatorias empinadas pero no parece investida todavía del peso que requiere voltear a Boca Juniors. Aunque este equipo parece dotado todavía de su fuego sagrado, capaz de seguir alimentando el sueño de la final, y ha prometido luchar hasta el último segundo de este partido de 180 minutos.

