Jueves, 23 de mayo de 2013

Boicot a The Clinic: una nueva inquisición de corte cool

Cuando se les exige a las empresas una responsabilidad social, estamos reconociendo que detrás de ellas existen personas capaces de discernir y entender que más allá de una legítima ganancia, sus acciones pueden afectar positiva o negativamente a la comunidad. Admitir un concepto de este tipo, implica pues que las empresas pueden y deben guiarse no solo por aquello que les es más rentable, sino que también por aquello que contribuye al desarrollo social.

La polémica sobre un supuesto “boicot” económico en contra del diario The Clinic ha abierto nuevamente la discusión sobre los límites de la libertad de expresión y el poder económico. En efecto, a simple vista la idea de que un grupo –que según lo que indican los editores de ese medio sería Muévete Chile- promueva que no se financie un medio de comunicación, podría ser calificada como un injusto ataque a la libertad de prensa.

 

Pero el asunto tiene bastante más matices que es necesario analizar. Partiendo de la base que en Chile está garantizada la no censura previa, esto es, que ningún órgano del Estado puede impedir que se comunique algo previo a que haya sido publicado, eso no obsta para que los particulares decidan qué prefieren leer o, en el caso de las empresas, a qué medio contribuir con dinero por la vía de donaciones o publicidad pagada.

 

Cuando se les exige a las empresas una responsabilidad social, estamos reconociendo que detrás de ellas existen personas capaces de discernir y entender que más allá de una legítima ganancia, sus acciones pueden afectar positiva o negativamente a la comunidad. Admitir un concepto de este tipo, implica pues que las empresas pueden y deben guiarse no solo por aquello que les es más rentable, sino que también por aquello que contribuye al desarrollo social.

 

La responsabilidad social exige incluso que las empresas reduzcan sus utilidades en pos del bien común, y todos consideramos que está bien que eso así sea. Si le atribuimos tal carácter de conciencia a las organizaciones empresariales, ¿por qué no podríamos esperar también que promuevan o eviten que se afecten valores espirituales que consideran buenos para la sociedad?

 

Si desde el punto de vista ético las empresas deben optar por invertir en proyectos que generen un beneficio al medioambiente sobre aquellos que lo dañan, por qué entonces no podrían elegir invertir sus recursos en proyectos que promuevan los valores espirituales a los que adhieren, o al menos que no afecten esos valores, por sobre un proyecto que pone en ridículo a la máxima autoridad moral de una comunidad religiosa nacional y mundial.

 

 

Cuando la semana antepasada The Clinic eligió libremente ridiculizar ofensivamente en su portada –dicho sea de paso, sin mayor razón ni argumento- a Benedicto XIV, disfrazado de profiláctico y bajo denominación fálica, debió evaluar también que las organizaciones comunitarias y empresariales que se sienten interpretadas por Benedicto XVI y lo consideran el Vicario de Cristo en la tierra, sucesor de San Pedro, se verían gravemente agredidas, y considerarían aquello como una afectación a valores espirituales que promueven y en los que creen.

 

Entiendo que nadie siquiera ha insinuado sacar de circulación dicho medio de comunicación, puesto que gracias a la democracia que recuperamos existen garantías constitucionales que protegen los derechos de todos los medios de comunicación, pero eso no obsta a que los particulares ejerzan su derecho a protestar y a evitar que se destinen recursos a un medio que ofende gravemente sus valores, más aún, cuando dicha actitud no es aislada sino parte de una línea editorial.

 

Por ello es que sería paradojal, y expresión de un post-modernismo “macondiano”, que The Clinic se sintiera atacado porque una organización llame a los empresarios católicos a no patrocinar aquel medio que ridiculiza a su máximo Pastor.

 

Es cierto que en democracia los debates se ganan con ideas, pero las ideas se materializan y difunden gracias a los recursos que contribuyen aquellos que comparten dicho ideario. De ahí, que no le es exigible a nadie que aliente, financie o promueva con sus recursos aquellos valores, ideas o ridiculizaciones que agravien sus principios fundamentales o a las instituciones a las que pertenecen. Si The Clinic se vuelve ahora el censor de lo que otros hacen o promueven, quiere decir que pasamos a un estadio superior de la parodia del absurdo dirigida por una nueva inquisición de corte cool.

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