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Cárcel para todos

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La privación de libertad puede ser uno de los máximos castigos para un ser humano. Al caer en esta condición se ataca directamente al desarrollo personal, el estado emocional, espiritual y sicológico, y estigmatiza, probablemente, por el resto de su vida. Y esto puede ir mucho más allá. Una vez dentro de la cárcel se aplica la ley de la selva. Sobrevive el/la más fuerte, y el resto, que se las arregle como pueda. La realidad en las cárceles no es “Prison Break” o “Orange is the New Black”.

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MSc Filosofía y Políticas Públicas, London School of Economics and Political Science, Fundador Educación 2020

El proyecto de Ley que busca poner fin al copago, al lucro y a la selección está entrando en sus etapas finales, pero queda mucho paño que cortar y meses de discusión. Recientemente fue rechazada la moción de tipificar como delito el lucro en educación, y, por ende,  la –probable- pena de cárcel. No quiero referirme a lo inadecuado que me parece si en el Senado se llegara a aprobar esto, sino a la trivialización con que se hace, que a mi parecer, es fruto de la simplificación e indiferencia de lo que significa estar en la cárcel.

La cárcel es un fracaso. Es un fracaso tanto para quienes caen en ella como para la sociedad.  Se ha deshumanizado a tal punto que ante todo delito la gente lo pide a gritos. La solución que se ha encontrado, hasta ahora, es encerrar a los “malos” para que los “buenos” estemos tranquilos. Llegamos a la desnaturalización máxima de la convivencia humana cuando queremos encerrar a un otro.

La privación de libertad puede ser uno de los máximos castigos para un ser humano. Al caer en esta condición se ataca directamente al desarrollo personal,  el estado emocional, espiritual y sicológico, y estigmatiza, probablemente, por el resto de su vida. Y esto puede ir mucho más allá. Una vez dentro de la cárcel se aplica la ley de la selva. Sobrevive el/la más fuerte, y el resto, que se las arregle como pueda. La realidad en las cárceles no es “Prison Break” o “Orange is the New Black”.

En Chile hay casi 100 cárceles a lo largo del país y 122.520 personas atendidas por Gendarmería, de las cuales 43.436 están en prisión; 832 privados de libertad, pero con acceso a actividades de capacitación y trabajo remunerado; 50.706 condenados a medidas alternativas (remisión condicional de la pena, reclusión nocturna o libertad vigilada) con beneficios de reinserción;  y  27.546 en el sistema post penitenciario (www.gendarmeria.gob.cl). Es decir, sólo el 41% tiene algún programa de trabajo o rehabilitación.

El año 2013 el Gobierno encargó a la consultora Altegrity un estudio sobre la realidad de nuestro sistema penitenciario. Y los resultados no son para nada auspiciosos. Entre otras cosas, señalan que el uso de recursos públicos está lejos del óptimo, ya que se construyen cárceles de alta seguridad, siendo que el 80% de los reos son de peligrosidad media-baja. Se suma una mala mantención de la infraestructura y mala formación del personal a cargo. El hacinamiento es tema conocido y lo sentencia este informe. A nivel nacional el índice de uso de capacidad es del 105.7%, con extremos horrorosos como Limache con una tasa del 296.4% de su capacidad, Talca 258.3%, o las 33 mujeres que conviven en un espacio diseñado para 10 en Chañaral.

El estar privado de libertad no debe ser sinónimo de indignidad ni violación de derechos humanos. Más bien, debe ser un espacio de acompañamiento, reflexión y re-aprendizaje para aquellos que no lograron vivir bajo los acuerdos de convivencia de la sociedad. En una reciente charla TEDx, Douglas Wood, profesional de educación de la Fundación Ford en Estados Unidos, expone frente a los reos de Ironwood State Prison. En trece minutos hace un apasionado llamado al país a dejar de ver las cárceles como un botadero, y aprovechar al máximo a aquellas personas que se encuentran en esa condición. Ellos sí pueden y quieren aportar. Propone dar un nuevo sentido a la relación cárcel-educación, donde aquellos que estén detenidos puedan educarse a un buen nivel que les permita desarrollarse y contribuir. Es un nuevo paradigma que involucra un cambio radical en la manera en que vemos las cárceles y a quienes están en ellas.

Proponer enviar a la cárcel a aquellos que lucren con la educación (si esa fuera la pena finalmente) me parece una trivialización que sólo ayuda a confundir y exacerbar los ánimos. Pero por sobre todo, sentencia nuevamente al sistema penitenciario como el lugar donde deben ser aislados y castigados los pecadores. Más bien me inclino por una real retribución a la sociedad en términos no sólo monetarios, sino de trabajo para la comunidad fortaleciendo las penas alternativas, como bien señaló el informe Altegrity lo hacen otros países en el mundo. O bien, como dijo el Ministro, quitarle el reconocimiento a esos sostenedores que lucraron, además de sanciones económicas. Dejemos la cárcel, con nuevas y mejoradas condiciones, y bajo una lógica de re-educación, exclusivamente para aquellos que lo necesiten, y no sigamos pidiendo a gritos cárcel para todos.

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