Sábado, 18 de mayo de 2013

Carta abierta a los 45

DANIEL ZAMUDIO

Está en nosotros enseñarle a nuestros hijos que aquel compañerito gay no es una amenaza a sus valores o masculinidad; golpearlo y burlarse de él sí. Que los extranjeros, los que profesan religiones e ideas distintas no son una amenaza al orgullo de nuestro país ni a la honra de nuestra religión; herirlo por ello sí lo es; que no deben temer a quien es diferente, pues lo que tienen para ofrecernos es una visión más amplia de la realidad.

La golpiza sufrida por Daniel Zamudio, un joven homosexual, de parte de cuatro jóvenes neonazis quienes aprovechándose de su superioridad numérica y haciendo gala de una crueldad solo comparable con su cobardía, le mutilaron una oreja, le quebraron sus piernas para terminar su nefanda obra con “artísticas” cruces gamadas talladas en su piel.

El horror descrito anteriormente es solo el corolario de una serie de acciones que vienen de antaño (no olvidar el incendio de la discotheque gay “Divine” en 1993) y que provienen no solo de neonazis sino que –lamentablemente- también de ciudadanos de a pie (incluso “honorables”) y cuyas víctimas no se reducen solamente a los homosexuales; los transexuales pueden contar varias historias parecidas. A peruanos, judíos y árabes no les ha ido mucho mejor, incluyendo amenazas de muerte, más golpizas, funas, llamados al odio y actos abiertamente discriminatorios en razón del origen o rasgos de una persona (como el confuso caso del jugador de futbol chileno Roberto Bishara en un vuelo de Iberia el año pasado).

¿El rasgo común de todos estos hechos? La xenoFOBIA, la homoFOBIA o la judeoFOBIA de quienes los perpetran.

Frente a ello somos muchos los que hemos clamado por la necesidad de que exista en Chile una ley antidiscriminación que prevenga y sancione este tipo de conductas, ley que durmió por años en el congreso y que recién el año pasado se reactivó, amén de la presión ejercida mediante muchos a través de las redes sociales y principalmente ciertas organizaciones como la Fundación Iguales, Movilh y la Comunidad Judía de Chile.

Pero esta iniciativa no es un tema pacífico ni entre el público general ni entre los legisladores. Quienes están en contra de ella se dividen entre, de una parte, los que temen que ciertos miembros indeseables logren percolar al interior de sus burbujas de cristal; mejor hacer de cuenta que no existen, de ese modo no tienen que entrar a regular si deben dejarlos entrar a su exclusivo club de golf o balneario, si tendrán que soportar o no la imagen mental de algunos de ellos casados y haciendo clases a sus hijos o incluso (¡Dios no lo permita!) acercarse a sus piscinas, menos sin un uniforme que los distinga como extraneus; Y los que piensan que una ley de estas caracteristicas no tendría eficacia alguna, sin perjuicio de estar suficientemente cubiertos estos ilícitos con nuestro sistema jurídico actual.

Estos últimos han sido bastante insistentes en señalar que una ley antidiscriminación no hubiese evitado lo acontecido con el joven Zamudio, luego no se debe seguir presionando por una ley que en la práctica no va a servir……

Naturalmente entonces surgen, una gran interrogante: ¿habría impedido una ley antidiscriminación el horrible crimen cometido en contra de Daniel Zamudio?.

La respuesta para mi es…… no, o más bien, no en el corto plazo……..

De conformidad con lo dispuesto en el artículo 1° del Código Civil, la ley es “Una declaración de la voluntad soberana…” soberanía que reside según nuestra Constitución en el pueblo (sí, nosotros).

Dicho de otra manera, más allá de los fines meramente prácticos (que constituya una agravante de la responsabilidad penal el cometer el ilícito por motivos de odio racial u otros) la promulgación de esta ley es la materialización de lo que la gran mayoría clama, que no es la “igualdad” (entendida como uniformidad) sino precisamente el derecho a ser distinto: a la singularidad, a trazar el plan de vida que fijemos cada uno para nosotros mismos sin ser perturbados por ello mientras a nuestro turno no perturbemos el de los demás.

Esta es una declaración potente, por cierto insuficiente, pero ha de servir de primera piedra para cumplir con la finalidad expresada en el párrafo anterior. Y digo insuficiente, porque una vez determinada esta finalidad deberemos adecuar, más que la legislación, nuestra manera de comportarnos y el estándar de conducta a exigir de quienes nos rodean y a quienes formamos.

Antes de poder pedirle a sus soldados que exterminaran físicamente a los judíos, gitanos, enfermos mentales, opositores y homosexuales, los nazis eficientemente ya los había exterminado en sus mentes mediante la propaganda de Goebbels que abarcaba todos los ámbitos de la vida humana (incluyendo lo que los niños escuchaban desde su pupitre), deshumanizándolos a tal punto en el ideario colectivo que les permitiera asesinarlos y luego racionalizar esto como algo positivo o bien no hacer nada frente a los perpetradores.

Pues bien, es hora de iniciar precisamente el proceso inverso pues en pleno Siglo XXI aún cargamos de manera atávica con enseñanzas y trabas impuestas por nuestras familias, la religión e incluso la escuela (todavía en cualquiera de estos ámbitos es posible escuchar libelos como el del deicidio de los judíos, a pesar de que ni siquiera el Vaticano sostiene ya esta postura o que la homosexualidad es una enfermedad, a pesar de que la OMS no la considera como tal desde los años 70 del siglo pasado).

La palabra “Fobia” viene del griego “Phobos” que no significa “Odio” como muchos piensan, sino pánico o miedo irracional y patológico como la “Acrofobia” o temor a las alturas o la “Ailurofobia” que es el temor por los gatos.

La homosexualidad no es una enfermedad, la Homofobia sí lo es. Otro tanto puede decirse de la Xenofobia o la Judeofobia. Debemos exterminar estas enfermedades, no como los nazis (exterminando al enfermo) sino que curándolo. Curándonos.

Está en nosotros enseñarle a nuestros hijos que aquel compañerito gay no es una amenaza a sus valores o masculinidad; golpearlo y burlarse de él sí. Que los extranjeros, los que profesan religiones e ideas distintas no son una amenaza al orgullo de nuestro país ni a la honra de nuestra religión; herirlo por ello sí lo es; que no deben temer a quien es diferente, pues lo que tienen para ofrecernos es una visión más amplia de la realidad.

En la medida que como sociedad aceptemos como ciertas las premisas precedentes, ciertamente no lograremos impedir que existan crímenes de odio, pero si lograremos que dichas personas tengan mayores dificultades en propagar sus miedos y odios quedando aislados en su mínima expresión.

Pero para ello, debemos partir por el principio, con una declaración de voluntad soberana que si bien parece mayoritaria, pende de la decisión de 45 honorables que la estiman nociva, innecesaria o inconducente; 45 honorables que deben preguntarse si realmente están representando el sentir de sus electores, o son sus taras personales o impuestas por otras instituciones las que hablan por ellos; en definitiva, 45 honorables que deben decidir si están dispuestos a cargar en sus conciencias con los miles Daniel Zamudio que conocemos y los cientos de miles que vendrán, 45 honorables que deben entender que su hijo, sobrino, vecino o nieto puede ser el próximo Daniel Zamudio.

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