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Casa Nacional del Niño: un estándar valioso

Casa Nacional del Niño: un estándar valioso Casa Nacional del Niño: un estándar valioso

Sename no va a desaparecer (y menos puede hablarse de divisiones sin antes contar con una ley de protección integral de la infancia), pero sí podemos visionar una evolución radical: si nos importa y si la “protección” es parte de una mirada y acción integral desde la ética del cuidado y el derecho de todo niño y niña a crecer, ser tomado en cuenta, y desarrollar su proyecto de vida preferido en nuestro país.

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Psicóloga/ Escritora Ediciones B, Títulos "Agua Fresca en los Espejos, abuso sexual infantil y resiliencia"; Para niños: "Mi cuerpo es un regalo" Serie Blok, "Niñas hoy, mujeres mañana". @VinkaJackson

En días en que el mundo no resiste tanta herida de la infancia (antiguas y recientes), es un regalo poder agradecer ciertos actos de cuidado por los niños. Dar gracias importa, sobre todo, porque deja una puerta abierta, un compromiso de conservar, de cuidar, aquello que se ha agradecido.

El año 2013 fue durísimo para Sename en el relámpago de luz que cayó sobre la institución –uno más a lo largo de años- para hacernos ver –una vez más, también- el sufrimiento de los niños y las profundas precariedades de los hogares del sistema de protección en nuestro país.

Ante la llamada “crisis” –que debió requerir acciones inmediatas por el bien de l@s niñ@s- el Congreso resolvió otro camino (la jueza Chevesich fue categórica en su cuestionamiento, ver): designar una comisión investigadora, llamar a una serie de testigos (unos pertinentes, otros nada) y emitir un informe, un semestre después, este 2014. Más de algún niño dejó de serlo en este tiempo.

Creo que el informe emitido por el Congreso (ver texto completo, atención páginas 32-33) es incompleto en la sanción de responsabilidades a todas luces compartidas: no sólo por los hogares (dependientes de diversas fundaciones), Sename, o MINJU, sino también por Unicef Chile.

A la fecha, y en tanto se realiza una acusación constitucional contra el Juez Carreño, Unicef en cambio no ha respondido satisfactoriamente por una serie de errores, o a lo menos preguntas acuciantes, sobre la revictimización de niños que participaron de encuestas cuestionadas en función de indicaciones éticas internacionales para investigaciones con infancia vulnerada (compartidas por propio Unicef headquarters). Por favor leamos este documento y pongamos especial atención (página 15) a la objeción categórica en relación a priorizar el anonimato por sobre el deber de proteger a los niños: un argumento central de la Comisión Jeldres-Unicef para justificar la no-denuncia de abusos en los plazos exigidos por la ley chilena.

La ausencia de denuncia y auxilio inmediatos a los niños que develan vulneraciones –a personas naturales, organismos nacionales y/o internacionales con sede en Chile-, deja abierta una posibilidad que nos arriesga como sociedad: exonerarse de la responsabilidad ética, legal y cívica que mucho ha costado asumir como país frente a las víctimas de ASI. Esto es inaceptable. El Congreso debe ser ejemplar en este sentido: no hay excepciones.

A casi cinco meses de emitido el Informe sobre los hogares, se ha hablado de transformaciones, reestructuraciones y, hasta de la eliminación de todo el sistema de protección. Como muchos, yo querría que no existieran hogares de las características que conocemos. Pero en tanto se transforma lo que necesita ser transformado, el trabajo en Sename continúa con ahínco, todavía debiendo lamentar sufrimientos de los niños, y precariedades de larga data que no se revierten de un día para otro. Quizás por todos estos motivos, más necesario se hace compartir una experiencia como la que sigue.

Hemos señalado, en más de una oportunidad, que no se entiende cómo pueden existir en Chile estándares claros para “cárceles modelo” y no así –aunque existen especificaciones en ese sentido emitidas por Sename- un “hogar modelo” para el sistema de protección. La Casa Nacional del Niño que conocí hace unos días (ver detalle actividad), puede ser ese modelo.

Viven ahí cien niños y niñas, de entre 0 a 6 años, y quizás pocos saben que existe desde fines del 1700 (así de antiguo es). Luego de doscientos años, hoy uno podría ver lápices y cuadernos nuevos para la historia que se está escribiendo.

La Casa Nacional es un espacio vasto, cálido, iluminado, vibrante en colores; una infraestructura pensada para y por los niños: desde la entrada, los jardines, cada sala, y hasta las alacenas y lavanderías. Se deja sentir la dedicación creativa de quienes ahí construyen comunidad.

Uno visita un hogar, cualquier hogar, con respeto, y también con ojos curiosos y atentos. Se deja guiar, observa todo lo que puede, se reconoce en la sensación de bienvenida e imagina la historia de objetos, muros, materiales, antes de conocer a todos los habitantes de una casa y escuchar sus voces.

Sala tras sala, la naturalidad de las rutinas: alimentar, jugar, o simplemente hablar suave para que el eco de una cuidadora pueda dar certeza de compañía a todos los niños que están ahí. Como partes de una caja de música, vamos recorriendo otros espacios: de juegos, kinesiología, nutrición, reforzamiento escolar. En todo, delicadeza; la señal del “antes de” que ha de haber guiado la gestación de este lugar: cómo vamos a hacerlo, para qué, de qué forma cuidamos mejor. Afecto. Afinación. Calidad.

Hay un radar íntimo que ha ganado precisión desde mi niñez, donde la sensación de “hogar” me es nítida y devastadora en el mejor de los sentidos: rendición absoluta, no hay nada semejante a ese sentimiento de cobijo incondicional. Mientras escribo, repaso detalles, juguetes, mamaderas, balancines, colchas para tenderse a leer, pequeñas sillas. Me excuso por la extensión de mis descripciones, pero quiero ser enfática en señalar que Casa Nacional encarna ese estándar que uno ha imaginado sobre cómo debería ser un hogar, cualquier hogar, y más aún, un hogar de “protección”.

La Casa Nacional del Niño ES un horizonte concreto para guiar la transformación de las residencias que hoy existen. Es un edificio “mayor”, pero es sobre todo un “hogar” del modo en que casi todos entendemos esa palabra: un lugar donde cada niño y niña pueda vivir, jugar, aprender, amar, descansar, nutrirse, encontrar alegría y consuelo, crecer. Un lugar todavía más atento en el amparo que entrega si sus niños han vivido, antes de llegar ahí, vulneraciones u orfandades.

L@s niñ@s de Casa Nacional se sienten en su hogar, y te acogen como la “visita” que eres. En una actividad de lectura (“Mi cuerpo es un regalo”, que ha cumplido un año, y qué buena forma de celebrarlo), me alegró ver la comodidad y sentido de propiedad de los pequeños en su espacio. En torno al tema del cuerpo y sus regalos, participan, preguntan, comparten nombres y conocen la necesidad de cuidar bien las partes delicadas, privadas, todas las partes del cuerpo. Esa trama semejante a las flores. Pétalos que cubren y protegen unos a otros, así bajo la piel: los músculos, huesos, los órganos vitales.

Se deja sentir la impronta de las educadoras/cuidadoras en las voces de los niños. Ellos reflejan una música intacta, dentro de sí –a pesar de todo lo que les pueda haber tocado vivir ya a su temprana edad, no más de 6 años-, y dan cuenta de la presencia de adult@s que los cuidan, alimentando esa energía.

Compartimos luego un diálogo entre grandes: sobre la ética del cuidado, el desarrollo de la corporalidad y sexualidad durante la infancia temprana, y los términos de relación del mundo adulto con el cuerpo de cada niño y niña, su espíritu, su historia, su potencial, su mundo afectivo, la necesidad de construcción o bien de restitución de la certidumbre en el cuidado que deben recibir de nosotros.

A días de partir de Chile, me esperanza haber conocido un hogar que no pertenece a nadie más que al propio Sename. Admito que no me gusta el nombre “Servicio Nacional de Menores”. Me suena a un híbrido extraño entre “ejército de salvación” y “registro civil del desamparo”. No sé cuál nombre sería indicado en este ciclo, pero sé que al menos una palabra debe estar presente: cuidado. De eso se trata.

Cuidado, y no sólo protección ante daños posibles, riesgos, peligros, dolencias. Cuidar es tanto más expansivo: conectado con la posibilidad del buen futuro, de herramientas para diseñar una vida, valorarla, acunarla cuando necesita contención, dejarla cantar a su ritmo. El cuidado es responsable. Expresa una intención y deseo de bienestar para el otro, de aprecio por su existencia. Pone atención sobre la estructura gruesa del “refugio” para vivir –abrigo, alimento- y sobre rincones sagrados donde en intimidad consigo o en vínculo con los demás, se construye la identidad de cada ser humano.

El estado no debe sólo proteger a su infancia, debe cuidarla. Todo el tiempo: anticipándose, respondiendo, escuchando, priorizando (por favor), soñando una nación buena donde “igualdad de derechos” nos suene veraz cuando hablamos de las vidas de niños, niñas y adolescentes.

Cuidamos lo que conocemos, lo que sentimos nuestro. El año pasado, comenzando la llamada “crisis de los hogares de Sename”, escribí una trilogía de columnas apelando al sentido de responsabilidad colectiva con nuestros niños y también con nuestra democracia. Veamos con confianza (condicionada a resultados, eso sí) los esfuerzos desplegados por el gobierno y la nueva institucionalidad de infancia donde ojalá, se amplifique el espacio para iniciativas y voces de todos (de los niños, de quienes trabajan con ellos, de otros colaboradores de la sociedad civil), y para otra frescura y vigor de ángulos. “Pensar fuera de la caja”, todos juntos. Pensar en “nuestro”.

Sename no va a desaparecer (y menos puede hablarse de divisiones sin antes contar con una ley de protección integral de la infancia), pero sí podemos visionar una evolución radical: si nos importa y si la “protección” es parte de una mirada y acción integral desde la ética del cuidado y el derecho de todo niño y niña a crecer, ser tomado en cuenta, y desarrollar su proyecto de vida preferido en nuestro país.

Para quienes trabajamos en temas vinculados a la niñez, la acción social (y el activismo por los niños) es inseparable del ejercicio ético de nuestras profesiones. Desde esa mirada, en tanto nuestra democracia cumple su parte y salda la deuda con su infancia (y piensa un país no a cuatro, sino a veintes o cincuenta años), nosotros tenemos mucho por contribuir. No nos sintamos ajenos, por favor.

Las demandas y problemáticas de los sistemas de protección de la infancia a nivel mundial, o nacional, son diversas y superiores muchas veces a nuestra capacidad humana de respuesta. Pero más allá de posibles modelos o experiencias a seguir e implementar (que tomen en cuenta cada cultura, las necesidades de sus niños, y los recursos disponibles), hay una suerte de “minga” que es preciso intencionar y apoyar en los hogares vinculados a Sename. Cuanto antes.

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