Miércoles, 19 de junio de 2013

Chile lindo

En lugar de ponerse en el lugar del otro, de empatizar con esas demandas contenidas como en una olla a presión, de contener con acciones la efervescencia y de llevar un mensaje de aliento, La Moneda terminó por convertir cada noticia, cada contingencia, en parte de un show televisivo que dejó de sorprender y se farreó el rating.

“Como en las antiguas gestas del descubrimiento de Chile, hemos tomado posesión de nuestra patria, en este gran abrazo del norte y del sur. Ustedes, jóvenes que han marchado, son mucho más que un partido, son mucho más que un hecho electoral. Son verdaderamente la patria joven que se ha puesto en marcha”. ¿Es posible encontrar, por estos días, mensajes más cargados de épica, corazón y humanidad que el discurso de la Patria Joven que pronunció Eduardo Frei Montalva en junio de 1964? Es cierto, en tiempos donde lo mediático manda, en que las redes sociales son el mejor vehículo para organizarse y estar al tanto de lo que pasa, cuando una foto recorre todo Chile en cosa de segundos para mostrarnos a las miles de familias que se reúnen en torno a una plaza; parece que no nos hace falta un liderazgo y carisma a la altura de los que tuvo el ex Presidente de la República.

Pero quizás más temprano que tarde ese vacío habrá que llenarlo para llevar a buen puerto este maravilloso estado de cosas en que todos nos cuestionamos todo y no nos contentamos con respuestas a medias. Ya no es habitual que como consumidores agachemos el moño ante el abuso de una cadena retail. Tampoco con que los organismos encargados de proteger nuestros derechos se queden en promesas de sumarios e investigaciones. Ni el eterno traspaso de responsabilidades entre partidos y coaliciones sobre las causas que nos llevaron a que la educación en Chile sea más un negocio que un beneficio, con opciones abiertas de acceso a todos los que se la puedan para obtener un título, sin importar el ingreso promedio de sus familias. No basta con el juramento permanente del fin de las desigualdades. Porque queremos que aquello de “unos más iguales que otros” empiece a terminar, para dar paso a una sociedad más justa, más plena de oportunidades para todos los estratos, con un Estado que busque realmente el bien común y aliente el desarrollo de todos y cada uno.

Lamentablemente, en nuestro régimen presidencialista por excelencia, estábamos acostumbrados al abrigo que nos brindaba un mandatario con tono y maneras de mamá o papá; ese que salía a enviarnos mensajes de aliento cuando la economía entraba en crisis o que nos contaba con orgullo la puesta en marcha de determinada política pública. Ese mismo que, al hablarnos en cadena nacional, concitaba la máxima atención de todo el país, porque sabíamos que se venía un anuncio grande, importante, fundamental. Medidas concretas para enfrentar una crisis económica mundial, más salas cunas para los niños de escasos recursos de Chile, una reforma judicial histórica, mejor infraestructura vial para unir aún más al territorio nacional, la suscripción de tratados comerciales de enorme proyección para nuestra economía, los avances en nuestro proceso de transición a la democracia. Una épica que terminó por diluirse con una nueva forma de gobernar que se contentó con anuncios, relanzamientos y la exhibición hasta el hartazgo del papelito triunfal que confirmaba que los 33 mineros estaban vivos. La mayoría de estos hitos estuvo siempre marcado por un omnipresente Presidente que, de tanto aparecer y obsesionado con ser querido, dejó de ser novedad. En lugar de ponerse en el lugar del otro, de empatizar con esas demandas contenidas como en una olla a presión, de contener con acciones la efervescencia y de llevar un mensaje de aliento, La Moneda terminó por convertir cada noticia, cada contingencia, en parte de un show televisivo que dejó de sorprender y se farreó el rating.

Afortunadamente, es tiempo aún de enmendar los errores y retomar ya no la necesidad de cariño, sino la responsabilidad que se exige para quien asume la primera magistratura de un país: el cuidado de sus instituciones. Repuntar en las encuestas dejó hace rato de ser un desafío interesante, sino se entiende como el complemento necesario para una tarea suprema, que implica imponer la cordura, mostrar capacidad de diálogo y entendimiento, empatizar con el dolor y necesidades de sus ciudadanos y entender que este proceso – enhorabuena – no tiene vuelta atrás.

Estos días celebramos el centenario de Frei Montalva, un político de tomo y lomo, de esos que emocionan y se añoran, cuya presencia llenaba los espacios y auditorios, cuyas palabras lograban remover conciencias y movilizar voluntades. Un hijo del rigor en política, que fracasó varias veces antes de llegar a ocupar un cargo público y que, pese a todo, estaba profundamente convencido de que su entrega al país no era en vano. Un hombre de familia que pudo llevar sus responsabilidades políticas sin abandonar la esencia de lo que hoy somos como sociedad. Un líder, ese que hoy necesitamos para que este estado de aparente polarización y de intercambio de frases que no veíamos desde hace 20 años entre supuestos bandos rivales, nos conduzca a lo realmente importante, una especie de nueva patria joven, que aliente los nuevos rumbos que debe tomar Chile, por el bien de nuestros hijos y los que vienen.

Me acusarán de melancólica, de anclada en el pasado, pero prefiero quedarme con la idea de que un Chile lindo, como el de aquella patria joven, es posible con liderazgos que se hagan eco del sentir de nuestros ciudadanos; con instituciones sólidas que den espaldas a este sueño y con más y mejores herramientas participativas que nos den un real sentido de comunidad y abran espacios a todos y cada uno, tan iguales como los de aquí y los de allá.

 

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