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Opinión

Chile: ¿País de mierda?

Chile: ¿País de mierda? Chile: ¿País de mierda?

Mientras esperaba mi turno en una farmacia, entró una elegante señora e intentó girar plata del cajero automático pero sin suerte. Se acercó al mesón y preguntó al farmacéutico: "¿No tiene plata el cajero?”. El hombre distraído en otra tarea pareció no escuchar. La mujer impaciente insistió. Al ver la escena sugerí: “Si no le salió plata debe ser por que no tiene, señora". Y la mujer enfurecida exclamó: "¡País de mierda!", se dio media vuelta y se fue.

Por


Periodista, autor del blog "Si las tortugas hablaran".

Y son muchos los que sienten estar viviendo en un “país de mierda”. A la más mínima provocación disparan la frase. Y en ese trance buena parte de las miradas apuntan hacia La Moneda. Bachelet y sus boys serían los culpables de tener a Chile en una sucia e indeseable cloaca.

Este gobierno ha hecho las cosas mal. Muy mal. Pésimo si usted quiere. A mí juicio se ha farreado la oportunidad de hacer reformas necesarias y urgentes para el país. De hacerlas bien me refiero. Pudo haberlo hecho con diálogo, el tiempo necesario, la gradualidad que hoy tanto resuena y con la participación de todos los sectores. Pero se ha enredado en la ideología, revanchas mezquinas y retroexcavadoras de otra época. Las correcciones a la reforma tributaria y las idas y vueltas del proyecto de ley de educación son la prueba más clara de la tosudez y la porfía de este “primer tiempo” de la Nueva Mayoría. A Dios gracias existe el interés por corregir.

Pero ¿es esta administración la responsable de tenernos hundidos en un “país de mierda”? La respuesta para muchos puede ser tentadora, pero en mi opinión no. Al menos no del todo.

A Bachelet le podremos cargar la incertidumbre generada a nivel interno, su indefinición en temas claves para el país, su falta de liderazgo para sacarnos de la crisis política, reformas mal diseñadas y al galope, su ambigüedad y parte de la caída de la economía, entre otros asuntos. No es poco para un año y medio de gestión.

Pero me temo que no basta con apretar los dientes y esperar que pasen dos años de chaparrón para que todo vuelva a la normalidad. Porque aún con nuevo presidente, con Ossandón, Piñera, Lagos, Velasco o el que usted quiera en La Moneda, las nubes podrán disiparse un poco, pero en el fondo, allá abajo, donde nadie le gusta mirar, se seguirá juntando mierda si no hacemos nada para evitarlo.

Para decepción de varios, no sería la solución vender el sofá de Bachelet para evitar sentirnos engañados por vivir en un país que nos cambiaron. El peligro estaría en creer que en un Chile sin Michelle volvería a florecer la primavera.

Porque mientras muchos siguen apuntando a la Casa de Gobierno, el malestar campea en sectores donde no hay oportunidades, la plata no alcanza, la educación no cumple con la promesa de un mejor futuro, la salud es indigna y dolorosa, no hay clínicas a la vista, la delincuencia arrasa, la droga se toma las esquinas, las balaceras suenan a menudo, escasean plazas y áreas verdes, el transporte aprieta, agota y asfixia, hay hacinamiento, el trabajo no siempre es bien compensado y donde, todavía, hay hogares sin luz ni agua potable. Y esas personas – viejos, adultos, jovenes y niños- siguen mirando desde el fondo como una exclusiva minoría permanece enchufada a la teta del privilegio, la buena vida y un mundo de oportunidades garantizadas y amarradas de generacion en generación.

¿No será ese contraste, esa fisura, esa herida abierta y profunda la que nos tiene convertido en un “país de mierda”?

Es ilusorio pensar que Bachelet encarna todos nuestros demonios. Es tentador, pero engañoso. Hay desafíos pendientes que requieren más de un gobierno, más de un sector y más de un sólo mesías para poder superarlos. Y en eso se necesita de buenas políticas públicas, buenas reformas, buenos dirigentes y, sobre todo, chilenos y chilenas dispuestos a asumir el costo de abrir espacios de justicia y verdadera integración social. No hay otra manera.

– “¿Qué quería la señora?” – me preguntó el dependiente de la farmacia.
– “Nada” – le respondí. “Sólo quería vivir en un país mejor”. Ojalá le resulte.

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