Viernes, 24 de mayo de 2013

Con “O” de egoisto

pala

Les exigimos demasiado a nuestros hijos y nos creemos más generosos que ellos, pero la verdad es que si hoy usted mamá de Inés se hubiera acercado y sin siquiera presentarse o saludar se hubiera apoderado de mis llaves, mi rímel o mi celular para usarlo (aunque sea unos minutos), yo también la habría mordido.

“Danielito necesita por lo menos media hora diaria de atención exclusiva compartiendo tiempo de calidad con su madre”, me dice la tía Luz Clarita a raíz de los mordiscos que le ha vuelto a dar a sus compañeritos después del nacimiento de las mellizas.

¡Media hora diaria! ¡Atención exclusiva! Todo sea porque no vuelva a ganarse el apodo de “niño perro” en el jardin.

Me organizo haciendo malabares para huir de la casa y aquí estoy, dándolo todo en el cajón de arena de la plaza con mi pequeño.

Se acerca una niñita de la edad que sin mediar palabra se apodera de su pala. Danielito que está con el balde se pone alerta.

“Hay que coooom-paaaaar-tir” le digo entusiasta (con el tonito repelente de canción-mantra-educativo).

Se acerca la mamá de la niñita. “Inés devuelve la pala al amiguito”. “No se preocupe que juegue con la pala no más”. “Es que esta niña lo quiere todo para ella”. “Pero Danielito tiene que aprender a compartir”. “Inés es lo más egoísta del mundo”. “¡Mi hijo, peor!”. ” ¡Inés es solo una pala, ¡suéltala!”. “¡Danielito es solo una pala, ¡préstasela unos minutos a la amiguita!”.

¿Por qué en vez de defender como una leona a la propia cría estamos las dos madres de parte del hijo ajeno compitiendo en una loca carrera de generosidad?

No merecemos el día de la madre.

Comienzan los manotazos y empujones. La niña no suelta la pala, Danielito muestra los dientes, la niña le tira el pelo, Danielito la muerde, la pala sale volando y yo la alcanzo.

Pala en mano, al centro del cajón siento un mareo, le pegaría con la pala en la cabeza a Daniel para que deje esa manía de morder, le pegaría a la niña para que deje de llorar (con esa parka de astronauta imposible que le haya alcanzado el mordisco), le pegaría a las mamás mironas, le pegaría a la tía Luz Clarita por su “media hora diaria de atención exclusiva y de calidad”…

 Miro la pala, pienso que hoy es mi día, el DÍA DE LA MADRE, me siento importante, el cajón de arena se convierte en escenario, la pala en micrófono y decido compartir mi reflexión con las mamás del mundo:

- Que fácil nos parece compartir una pala unos minutos con una amiguita de la plaza.

Para nosotros es solo una pala de plástico, pero para ellos es su pala que cava, construye cerros de arena y acarrea piedras. Su pala que les sirve y les da satisfacciones, su pala como parte de su pequeño universo de pertenencias. Queremos que la comparta unos minutos, porque para nosotros ¡qué son unos minutos! Pero para un niño el tiempo tiene otro valor y media hora en sus cortas biografías es una eternidad. Que la comparta con su “amiguita de la plaza”. ¡Eso no es verdad! No es su amiga. ¿Por qué tiene que considerar amiguita a una niña que no ha visto en su vida y que se abalanza cuan matona a tomar su pala sin siquiera pedir permiso?

Les exigimos demasiado a nuestros hijos y nos creemos más generosos que ellos, pero la verdad es que si hoy usted mamá de Inés se hubiera acercado y sin siquiera presentarse o saludar se hubiera apoderado de mis llaves, mi rímel o mi celular para usarlo (aunque sea unos minutos), yo también la habría mordido. Mi hijo no es egoísta, es normal.

-Egoísto mamá, con “O” porque soy hombre, me corrige empoderado Danielito.

-Mi hijo no es egoistO, es generosO (también con “O”).

Dicho esto tomo a mi niño en brazos, lo acaricio y me dispongo a abandonar la plaza luego de compartir la media hora de calidad.

-¡Feliz día, mamás!

(Me llevo la pala).

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