Martes, 21 de mayo de 2013

Contadores de historias

Periodismo

Más allá de hacer una crítica total y absoluta a los medios, quiero rescatar el sentido de poder comunicar y que esa comunicación tiene que estar al servicio de las personas. Para que éstas puedan efectivamente estar más informadas, poder entender “el mundo” y poder tomar mejores decisiones, con una función de generar mayor libertad, que claramente no es el acceso a la información total o la violación de la intimidad de quienquiera solo por el hecho de saber más, como nos han querido hacer ver en muchas ocasiones.

Recuerdo que en la clase inicial de uno de mis primeros ramos de Periodismo, el profesor decía, como gran concepto, que los periodistas éramos esencialmente “buenos contadores de historias”. Lo recuerdo nítidamente, tal como recuerdo que posteriormente nos decía que habían distintos tipos de historias, las de ficción y las de no ficción, trazando una gran diferencia entre uno y otro tipo.

Varios años después, sigo pensando que los periodistas debiéramos ser, antes que todo, muy buenos contadores de historias. Pero lo que no estoy tan seguro de compartir es que en el periodismo de hoy se aplique la tan trazada diferencia entre las historias de ficción y las de no ficción que apuntaba mi profesor.

Casos tan diversos como los de la cobertura del incendio de la cárcel de San Miguel en 2010, la polémica del caso “nanas” de Chicureo o la cobertura dada a “Kenita” Larraín por los medios, parecieran demostrar que las historias de no ficción, o sea la realidad, con personas de carne y hueso de protagonistas, no están teniendo – en muchos casos – el tratamiento que la dignidad de una persona merece.

“Todo es comunicable”, “Si es personaje público, se expone a esto” y similares uno suele escuchar, para justificar verdaderos atentados contra la intimidad de una persona. Este tipo de “información” no hace nada más que exaltar el morbo y la exposición injustificada de determinadas personas, y que son contenidos que no suman, finalmente, en nada a la misión informativa o de denuncia que deben realizar los medios de comunicación. Los estándares parecieran ser que se ven bonitos escritos, pero en el día a día pareciera ser que se nublan ante la inmediatez del cierre, la publicación o la salida al aire.

Obviamente, no son todos los medios, no son todos los periodistas y tal vez no es ni la generalidad, pero de que hay casos, los hay, y tanto o más recordables como los expuestos líneas atrás. ¿Esto es una mala práctica del periodismo o es que todos nos dejamos de preocupar por cuidar la dignidad de los demás? ¿Realmente puedo tomar mejores decisiones o comprender mejor mi entorno con la información que estoy recibiendo hoy día? ¿Cuánto me aporta a crecer como persona lo que leo, veo y escucho? No se trata sólo de mostrar más o menos pechugas en los medios de comunicación, sino de pensar la lógica del proceso periodístico que se establece hoy en día, en salas de redacción o estudios. ¿Si esto vende, entonces va? Esa parece ser la consigna muchas veces, y la dignidad, el respeto a la persona, la intimidad, buenas noches los pastores.

No es simple llenar minutos y papel día a día con información, pero entonces ¿qué hacemos? ¿Hay espacios de discusión sobre el rol de los medios? ¿Se tiene claro, realmente, que atrás de una noticia, un titular o una nota hay una persona? Se pensó eso cuando salía Edmundo Varas o Arenita, o cuando se juzgó antes de tiempo a personas como Marcelo Tombolini (declarado inocente finalmente).

Más allá de hacer una crítica total y absoluta a los medios, quiero rescatar el sentido de poder comunicar y que esa comunicación tiene que estar al servicio de las personas. Para que éstas puedan efectivamente estar más informadas, poder entender “el mundo” y poder tomar mejores decisiones, con una función de generar mayor libertad, que claramente no es el acceso a la información total o la violación de la intimidad de quienquiera solo por el hecho de saber más, como nos han querido hacer ver en muchas ocasiones.

Los medios y nosotros los periodistas tenemos una función social importantísima, tanto para el resguardo del bien común, como la de unión y fortalecimiento de la sociedad civil. Esta responsabilidad creo que hay que acogerla con humildad y con el mayor profesionalismo posible, porque más allá de ganar un Pulitzer, tenemos la posibilidad de aportar decisivamente en el desarrollo de miles de personas.Y por más que uno se entretiene con las historias de ficción, estoy seguro que las verdaderas historias que contagian y cambian vidas están en la realidad. De nosotros depende contarlas bien.

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