La próxima semana debiesen estar disponibles las primeras cifras de pobreza del actual gobierno. Hay expectación respecto de si el porcentaje de pobres aumentará, básicamente como consecuencia del aumento en el precio de los alimentos, o si disminuirá gracias al efecto de las mejores condiciones de empleo de los últimos años.
Antes que las pasiones y los aprovechamientos políticos de corto plazo nos encandilen, es bueno recordar algunas cosas respecto de la importancia que tiene “contar” pobres, y sobre todo, contarlos bien.
Lo primero, justamente, es reconocer que su importancia es acotada y que contar pobres no es un fin en sí mismo. Es sólo un instrumento, un “termómetro social” –importante por cierto- pero sólo eso. Más importante, sin duda, es potenciar un desarrollo económico inclusivo y una oferta de programas sociales pertinentes para la gente más vulnerable.
Dicho lo anterior, ¿cuál es el valor de contar con una buena “radiografía” de la pobreza en un momento del tiempo?
En primer lugar, aunque sea obvio, nos permite saber el nivel de pobreza. Es decir, qué porcentaje de la población no tiene ingresos suficientes -en ese momento del tiempo- para satisfacer un umbral mínimo de necesidades alimentarias (indigencia) y de todo tipo (pobreza).
Pero si el objetivo primordial es ese, no tiene sentido hacerse trampa en el solitario. Y la actual medición de la pobreza en Chile tiene algo de ello.
La línea de indigencia que utilizamos actualmente se construye a partir de la canasta alimentaria que surge de la Encuesta de Presupuestos Familiares de 1988, es decir, basada en los patrones de consumo de hace 24 años atrás. Esto implica que la canasta en sí misma está obsoleta, ya que sólo se actualiza según los cambios de precios de los alimentos, pero no por los cambios en las proporciones y variedades de alimentos consumidos, que es evidente que han sufrido cambios de carácter permanente en estos 24 años.
Tanto o más importante que lo anterior, es la manera como calculamos las líneas de pobreza, que determinan el total de pobres (indigentes y no indigentes). En las áreas urbanas, por ejemplo, la línea de pobreza se calcula multiplicando por 2 la línea de indigencia. Esto asume que una persona pobre debería gastar la mitad de su ingreso en necesidades de alimentación y la otra mitad en el resto de las necesidades mínimas.
Esto era así 24 años atrás, pero con el crecimiento de las últimas décadas las personas pobres van destinando cada vez un porcentaje menor de su ingreso a necesidades de alimentación. Y esto no lo capturan las líneas de pobreza actuales, incluso las que serán utilizadas en las estimaciones de la próxima semana. Todo ello nos lleva a subestimar el verdadero porcentaje de personas en situación de pobreza, lo que implica que la “radiografía” sale movida.
Subestimar el nivel de pobreza hace menos visible a los pobres para efectos de las políticas públicas, dando la sensación de que la pobreza es un “problema en retirada”. Que es cosa de mantener el rumbo y el problema se solucionará por sí solo. La evidencia a nivel internacional es bastante concluyente que el crecimiento económico es un ingrediente vital para disminuir la pobreza, pero no el único.
Los críticos de estos cambios defienden la comparabilidad de las cifras en el tiempo y la importancia de medir la pobreza en términos absolutos. Es ahí donde está el segundo objetivo que se le pide a estas mediciones: que nos ayude a ver la tendencia de la pobreza en el tiempo.
Pero este objetivo no puede contraponerse al anterior, cual es, tener una buena medición del nivel de pobreza actual. Se pueden superar las complejidades técnicas, que no son menores, e incluso generar mediciones alternativas en paralelo. Esto permite sacar la discusión de la arena política de corto plazo, dando cuenta de los cambios necesarios, pero permitiendo una buena comparabilidad en el tiempo.
De lo contario, vamos a terminar desacreditando las cifras oficiales, como sucede tristemente en otros países, por alejarse de la realidad palpable y evidente.

