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Estadio

Cuando una empresa hace bien la ‘pega’

Cuando una empresa hace bien la ‘pega’ Cuando una empresa hace bien la ‘pega’

Durante su paso por el Mundial, la selección alemana creó su propio recinto de concentración: el Camp Bahía. Lo hizo con la condición de que todos los trabajadores fueran brasileños desempleados, y así apoyar la economía local. Se construyeron 14 casas, una cancha de fútbol, el gimnasio, un restorán, una piscina y un camino que mejoró la conectividad con el poblado de Santo André.

Hace unos meses, diciembre pasado para mayor precisión, diversos medios daban cuenta de una suerte de ‘capricho’ de la federación alemana de fútbol. Ante su disconformidad con la infraestructura hotelera y deportiva existente en Bahía, optaba por construir sus propias instalaciones para el seleccionado.

Lo que a primera vista parecía otra caricatura de la cultura germana -un búnker para trabajar a puertas cerradas y esconderse de los otros-, tenía una razón de ser bastante menos prejuiciada y mucho más simple de entender que la mera construcción de un muro para protegerse de las miradas ajenas.

Quizá todo se debió a un hecho fortuito, la evaluación que calificó como insuficientes las instalaciones disponibles. Sin embargo, nadie pareció sentirse obligado a levantar el proyecto, poniendo a disposición de la comunidad local iniciativas que lo transformaran en una oportunidad de cooperación mutua, y también de respeto por el entorno y por quienes lo habitan. Lo asumieron así desde el principio.

El financiamiento corrió por cuenta de los auspiciadores. Una empresa de Munich se encargó de levantar Camp Bahía, con la condición de que todos los trabajadores fueran brasileños desempleados, y así apoyar la economía local. Se construyeron 14 casas, una cancha de fútbol, el gimnasio, un restorán, una piscina y un camino que mejoró la conectividad con el poblado de Santo André.

Pero la buena relación de los alemanes con la comunidad fue más allá. Compartieron frecuentemente con sus habitantes, participaron de fiestas, vistieron la camiseta del equipo de fútbol local. El primer entrenamiento abierto tuvo a 20 indígenas como invitados, quienes entraron al campo a saludar a los jugadores. La federación alemana comprometió materiales para la escuela municipal y el financiamiento de una cancha para los estudiantes. Donó recursos para que los nativos de Pataxó contaran con una ambulancia. Y levantaron la voz para hablar de respeto por la verdeamarelha luego de la goleada –y las burlas- al anfitrión.

Ahora sin los alemanes como ocupantes, la villa acogerá una escuela para niños de escasos recursos y un centro de salud.

No faltarán quienes digan que los aportes son migajas frente a lo que mueve el fútbol en general, y la selección alemana en particular. Sin embargo, ese no es el punto. El éxito de esta Alemania 2014 puede medirse no sólo por su rendimiento en cancha, también por la forma en que se relacionó con su entorno.

En este contexto, habría que preguntarse qué ocurrirá con parte de la infraestructura faraónica levantada para esta cita mundial. Sólo el caso del estadio de Manos da para pensar. Según las proyecciones, tendría no más de 700 asistentes por evento, y no pocos se adelantaron a plantear su reciclaje como cárcel. ¿Habrá algo más indigno para un estadio que transformarse en el símbolo de la pérdida de la libertad?

Lo de Alemania fue una apuesta a escala humana, no sujeta únicamente a la obtención del título, también entendida como un aporte concreto, modesto si se compara con otras obras, para mejorar la calidad de vida de los habitantes de Santo André.

Como para pensar que toda empresa o proyecto, hace rato dejó de tener como factor único de éxito su rentabilidad económica inmediata. Ahora debe sumar al mismo tiempo el aporte que puede/debe hacer en el entorno en que se inserta.

Para que vayamos entendiendo que las dinámicas sociales son tremendamente relevantes para cualquier iniciativa; para que incorporemos que con una forma sana y transparente de relación, no habrá otro resultado que el éxito; para asumir que el sentido común no tiene precio.

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