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Opinión

Cuesta empatizar con Cata Edwards, pero se nos pasa la mano

Cuesta empatizar con Cata Edwards, pero se nos pasa la mano Cuesta empatizar con Cata Edwards, pero se nos pasa la mano

"Basta que alguien diga una frase que puede ser interpretada como clasista, homofóbica, discriminadora, una foto que nos parece poco empática con los animales, contraria a lo que hoy es políticamente correcto y lo ponemos rápido en el paredón para fusilarlo en 140 caracteres".

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Porteña for ever, esté donde esté. Guachaca con o sin corona. Periodista en casi todos los medios escritos y televisivos del país. Amo escribir, hablar y cantar. Está claro, ¿no?

Entre las cosas que hago fuera de los medios de comunicación hay algo que me llena el alma, eso es cantar. Subirme al escenario y transmitir con mi voz magia, sentimientos, me hace sentir plena. Hace algunos días, para promocionar nuestro musical Qué Viva Broadway nos subimos al metro a cantar. Llevar un poco de música y especialmente una canción tan significativa como Un Día Más de Los Miserables, nos pareció una idea bonita. Además era 14 de julio. Para nosotros la experiencia fue vertiginosa, energizante, cantamos tres veces, pero habríamos seguido hasta Valparaíso.

Lamentablemente, y curiosamente diría yo también, no sentimos que para los usuarios haya sido lo gratificante que esperábamos. Diría que el 70% seguía con su cara de metro, es decir, una mueca en la que tiene que quedar muy claro que nada de lo que suceda alrededor, nada de lo que hace el resto, importa un carajo. Es la misma cara que ponen las personas a las que interpelan porque no dan el asiento, la cara que impide un saludo cuando entras en un ascensor con gente, la cara de espera en la fila del banco, la cara de la gente que camina como si lo suyo fuera lo más importante del universo, una cara seria e impenetrable.

Me dio pena ver esas caras sin expresión. Pensé en la sociedad injusta y materialista, que no nos enseña a disfrutar de las cosas simples, sólo de lo que nos cuesta mucho dinero; de los medios que nos hacen desconfiar de todo lo que está alrededor, porque nadie te va a entregar desinteresadamente nada, ni siquiera su arte. Claro, si cosas como la salud y la educación, que son derechos, nos cuestan un ojo de la cara. O si el mismísimo sistema de transporte que nos lleva apretados, incómodos, inseguros es de los más caros de Latinoamérica, por qué alguien estaría entregando gratuitamente su trabajo. Días después varios me dieron las gracias por redes sociales, pero en ese momento prefirieron no aplaudir y mantener su cara de metro, su cara impenetrable, esas caras hastiadas de que nos pasen a llevar con todo descaro sin ninguna repercusión una y otra vez: leyes hechas por políticos corruptos que se llenaron los bolsillos con sobornos, colusiones que nos despluman hasta cuando nos limpiamos el poto. Esa sensación nos tiene con esa cara.

Por eso cuando alguien comete un traspié al estilo Cata Edwards saltamos todos como lobos tras su presa. ¡Ja! ¡Se equivocó! ¡Era una cuica con piel de oveja! ¡No entiende nada de lo que pasa fuera de su burbuja! Cuesta empatizar con la colega, que da cuenta de uno de los problemas de la televisión actual: la mayoría de los que la piensan y de los que aparecen en ella, viven en sus barrios de ricos, con sus autos de ricos y terminan no entendiendo mucho de lo que pasa fuera de su pequeño y próspero mundo de Manquehue hacia arriba. Pero también se nos pasa la mano y en redes sociales la gente tiene rabia y salta con todo o con nada, está como esperando que el otro se equivoque. A la Cata Edwards le hicieron hasta una cuenta para burlarse. ¿Eso no es ocio y bullying?

Basta que alguien diga una frase que puede ser interpretada como clasista, homofóbica, discriminadora, una foto que nos parece poco empática con los animales, contraria a lo que hoy es políticamente correcto y lo ponemos rápido en el paredón para fusilarlo en 140 caracteres. Hasta un simple y amoroso beso con tus hijos tiene detractores. ¡Para qué hablar de los cambios de peso! Que estás muy flaca, que estás muy gorda. Que tu ropa es fea, que por qué trabajas en la tele así. Que me caes mal porque eres de izquierda, que no te mojas el potito con nada. Nadie es capaz de ponerse en los zapatos del otro, pensar que podría estar enfermo, que necesita bajar de peso para un trabajo o que simplemente se siente bien con sus kilos extra, su ropa pasada de moda o manifestando su pensamiento político. La democracia de las redes sociales da para todo. Incluso para charlatanes. Pero eso es harina para otra columna.

Lo que me cuesta entender, así como me cuesta empatizar con la Catita, es a esas personas que ven programas que no les gustan para criticarlos, que siguen a personas que les caen mal para decírselo. En vez de ser más felices bloqueando aquello que les provoca tanta rabia y reservando la ira para estampar un bonito Walt Disney en las elecciones o para la marcha contra el sistema que nos tiene hasta el cogote. Dejar un rato de lado el miedo también, para lograr disfrutar de las cosas simples que nos da la vida, como un conjunto de voces que unidas te pueden hacen volar, un grupo de personas que baila y lleva el cuerpo humano a límites asombrosos, un beso y un abrazo en la mañana, la sonrisa de tu hija o hijo, un rico café o un té calentito cuando hace frío, una tarde libre en medio de la vorágine laboral. Hay cosas que no cuestan nada y nos pueden hacer cambiar la cara de metro, de metro y medio.

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