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País

¿Cuico o flaite?… da lo mismo

¿Cuico o flaite?… da lo mismo ¿Cuico o flaite?… da lo mismo

Cuando un flaite-cuico cae a la cárcel por un delito que no sea una violación, los presos lo reciben como héroe, y si su gracia es como la del aeropuerto, puede estar seguro que será respetado como Al Capone; en cambio, cuando un cuico-flaite, del tipo Pentagate, cae en desgracia con la justicia debido a errores de forma (él no delinque, comete errores), puede estar seguro de dos cosas: nunca irá preso y todos sus errores se los llevará el viento.

Patricio Araya

Por


Periodista y Licenciado en Comunicación Social (Usach).

Chile –no obstante las infaltables declaraciones de buena crianza que brotan abundantes de los labios de todos– es un país binario. Un país en blanco y negro, en on y en off, con escasa vocación por los matices, o sea, Chile es un país extremista. O se es rubio o indio; facho o comunista; pobre o rico; cota mil o poblacional; flaite o cuico; creyente o ateo (o agnóstico); culto o ignorante; hombre o mujer; inteligente o estúpido. Estas clasificaciones tan singulares de la taxidermia criolla, más que desatar la odiosidad social, por increíble que parezca, sirven para “ordenar” los curados arriba de la micro, desde perspectivas raciales (étnicas), políticas, socioeconómicas, religiosas, culturales, de género y clasistas. Sin embargo, éstas sólo pueden validarse en un país joven e inexperto como Chile, con baja tolerancia a la frustración y a la diversidad. Dada su universal aceptación entre los habitantes (chilenos y extranjeros), estas clasificaciones acaban teniendo virtud y carácter dogmáticos, pues, en rigor, gozan del beneplácito transversal de la población.

Contrario a lo que suena como correcto y oportuno, las posiciones extremas en Chile son bien valoradas. Las que sí merecen cuestionamientos, son las posturas tibias, indeterminadas. Los matices no son bien vistos. Si alguien se declara de clase media, de inmediato saltan los pobres a enrostrarle el auto del año que conduce y la casa de 4 mil UF que habita en el ghetto de moda, y por otro lado, los ABC1 salen a denostar su arribismo, a darle patadas, a “rotearlo” desde la parte alta de la escala social. La paradoja es que la movilidad social, o sea, eso de mudarse de clase social, yéndose a un barrio más caro y mandando a los hijos a un colegio con nombre, es mirado con sospecha por todo el mundo.

A propósito de los grandes robos de moda –no el de las farmacias, ni el de los pollos, sino el del aeropuerto por diez millones de dólares, y el incalculable desfalco al fisco del Pentagate–, cabe preguntarse frente a qué tipo de sinvergüenzas se encuentra hoy el país. En rigor, el robo del aeropuerto es una cuestión de flaites-cuicos, es decir, de “rotos”, “picantes”, “aspiracionales de clase media”, que vieron en ese atraco la posibilidad cierta de subir de una sola vez todos los pedregosos peldaños de la escala socioeconómica, y dejar para siempre la pobreza ancestral.

Pues bien, de acuerdo al mismo razonamiento, el Pentagate es una cuestión de cuicos-flaites, o sea, de gente linda (rubios de ojos claros, bueno, excepto un par), del tipo ABC1 delictual (errónea, equivocada, en clave cuica), que no obstante su high education cota mil y sus posgrados en universidades extranjeras, igual que sus colegas del aeropuerto (educados en patios de tierra), son unos rotos picantes extremos, no más o menos picantes, sino rascas de una, que la hicieron corta, o sea, presos de su loco afán por el dinero, decidieron acapararlo todo en el menor tiempo posible. Ambos lo consiguieron. Ambos fueron descubiertos.

Los primeros –en el evento (en Chile se han visto muertos cargando adobes) de que sean los reales cerebros del ‘robo del siglo’, y no los simples ayudistas recompensados con una jugosa propina–, contra toda la morbosa imaginación que los localizaba en algún lejano paraíso disfrutando de su golpe, sólo aguantaron cuatro meses sin sacarle una puntita al botín, comprándose autos y propiedades en efectivo, tentación que los puso en la mira de la policía. Mal, muy mal. En su lugar, un cuico-flaite, tipo Pentagate, habría actuado con mayor sigilo. Un cuico-flaite habría comprado conciencias en el mercado público de las “oportunidades”. Con 10 millones de dólares en la mano, un cuico-flaite la hace: se asegura varios escaños en el Parlamento, a diferencia de un flaite-cuico, quien debido a su educación precaria, con esa plata se vuelve loco comprando ropa y haciendo asados.

¿Cuánto vale un senador, un diputado (un alcalde, un consejero regional)?, ¿con cuánto hay que ponerse para asegurar su elección, o su reelección?, ¿cuánto hay que invertir para asegurarse la voz y el voto en el hemiciclo de los “honorables”, para que ante cualquier proyecto de ley que afecte sus intereses el financista pueda mandar un correo electrónico, o hacer una llamadita intimidatoria para recordarle a su inquilino el ronquido de su voz?

Con 10 millones de dólares, un cuico-flaite habría financiado con la cara llena de risa las campañas de quién sabe cuántos diputados (como lo hicieron los cabros del banco Penta), o de al menos cinco senadores (esto a partir de la información que señala que el médico “doble especialista” Guido Girardi gastó unos dos millones de dólares en 2013 para mantenerse en el Senado, aunque él, quien de paso ayudó a la reelección de su hermana diputada, declaró mucho menos ante el Servel, unas humildes rifas en Cerro Navia y unas completadas barriales por el poniente, organizadas por su administrador electoral Ricardo Farías, el resto, dicen, fue su encanto; su mesianismo).

Un flaite-cuico, qué lástima por él, ni siquiera logra dimensionar el tamaño del manto protector del dinero. Pobre de él, sólo piensa en un par de escopetas hechizas, cuando más, en un par de matones tipo guardia de discoteca. No tiene idea que con 10 palos verdes bien invertidos, hasta se puede asegurar impunidad y olvido. Pero, qué va a saber un flaite-cuico cómo se manejan las cosas en el mundo de la impunidad y la corrupción de los cuicos-flaites, si lo único que escucha es reggaetón, a diferencia del cuico-flaite, que siempre está bien informado. Él sabe cómo defraudar al fisco y pasar piola, sabe cómo y cuándo el SII se torna vulnerable, sabe qué teclas tocar, tiene los nombres y los celulares de los que manejan el software del poder político. Como todo buen ABC1 delictual (erróneo).

Cuando un flaite-cuico cae a la cárcel por un delito que no sea una violación, los presos lo reciben como héroe, y si su gracia es como la del aeropuerto, puede estar seguro que será respetado como Al Capone; en cambio, cuando un cuico-flaite, del tipo Pentagate, cae en desgracia con la justicia debido a errores de forma (él no delinque, comete errores), puede estar seguro de dos cosas: nunca irá preso y todos sus errores se los llevará el viento. Ello explica la tranquilidad con que actúan, ahí están para demostrarlo con sus caras de palo, los senadores Moreira y von Baer, los diputados Silva, De Mussy, Kast, Macaya, el ex subsecretario Wagner, los ex ministros Golborne y Velasco, el ex senador Bombal, el actual ministro Undurraga con su estudio trucho (y una cantidad insospechada e inimaginable de otros nombres del amplio espectro político), los empresarios Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín… Al final, cuicos-flaites y flaites-cuicos, son delincuentes que se homologan en la práctica diaria, por lo que los primeros no tienen ningún derecho, ni excusa válida, para “rotear” a los segundos, pues, ambos son cortados por la misma tijera. Y merecen el repudio ciudadano.

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