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Cumbre del Rock Chileno: La despedida de Jorge González

Cumbre del Rock Chileno: La despedida de Jorge González Cumbre del Rock Chileno: La despedida de Jorge González

Johanna Watson estuvo en el último show del ex líder de Los Prisioneros y describe cómo se vivió la emoción "entre el agradecimiento por sus obras maestras y la tristeza de pensar que posiblemente estábamos presenciando la última interpretación en vivo de estos temas".

Johanna Watson

Por


Publicista, redactora creativa, independiente. Ha escrito en distintos medios, como Pániko, Zancada, El Fracaso y Rockaxis.

La motivación principal que tuve para  ir al Estadio Nacional al evento “Cumbre del Rock Chileno” era despedir a Jorge González. Era la última oportunidad para darle las gracias a quien considero un héroe, un padre del rock nacional. Si, dije padre y dije héroe.  Musicalizar la vida de una persona (de miles) no es cosa menor. Hacerlo con canciones tan lúcidas, tan generosas en contenido, ocupando la música como un arma social, remeciendo conciencias a distintas generaciones y naciones, es cosa que pocos han hecho.

Fue larga la espera, aunque con varios shows entretenidos: Nano Stern; Javiera Mena (cuya música es un homenaje constante al disco “Corazones” de Los Prisioneros); Joe Vasconcellos, que tocó sus clásicos de siempre;  López, la nueva formación de dos ex Bunkers que si bien no arrasaron, pagaron el coste de formar una nueva banda y empezar casi de cero con sus nuevas canciones.

Otro gran show fue el de la chilena radicada en México, Mon Laferte, que se lució. Salió a escena y nos dejó peinados para atrás no sólo con su vozarrón, sino que ambién con la pasión con la que interpreta sus cebolleras/onderas canciones y con su mix mexicanote, pop, soul que la convierten en una especie de Amy Winehouse en versión latina. “Wena”, con doble bé.

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DíaCero (Ex La Ley)  fue un momento algo extraño.  Hace menos de un año vi un show de La Ley en Mejillones con Beto Cuevas al frente. Ver a esta nueva agrupación con su nuevo vocalista, Ignacio Redard, que tiene un registro muy similar (demasiado) al de Beto Cuevas, interpretando clásicos de La ley, genera sentimientos encontrados que hacen que la propuesta sea difícil de digerir.

Luego de estos shows, las luces se apagaron y en pantalla aparecieron un collage de videos de momentos transgresores, divertidos, visionarios y deslenguados de todos los Jorge González que hemos conocido con el paso del tiempo: desde el cabro joven que cantaba en esa nueva banda llamada “Los Prisioneros”, hasta la recordada escena de cuando le preguntan por Narea y bota  los micrófonos. También se incluyó en este recuento al Jorge actual, que en una de sus últimas entrevistas dijo que a la gente que lo ve en la calle sólo le interesa sacarse selfies con él, pero no él como persona.

Esta secuencia de videos  fueron la entrada de lo que se venía: un show lleno de emociones muy potentes desde y hacia el escenario. Porque no podemos  negar que para entender parte de lo que somos como nación, de nuestra identidad, basta con escuchar un par de letras de González en su época con Los Prisioneros.

“Trenes”, “Nada es para siempre”, “Hombre”, “Una noche entera de amor”, “Nunca te haría daño”, “Yo no estoy en condiciones”, “Knockin’ on Heaven’s Door”, “Cumbia triste”, “Brigada de negro”, “Mi casa en el árbol”, “Amiga mía”, “Tren al sur” y “El baile de los que sobran” fueron las trece canciones que eligió para despedirse, que acompañaban a la perfección el momento que se vivía: el último show de una leyenda que había tomado la decisión de despedirse de los escenarios.

Presenciando este último show, hice el ejercicio de mirar por el espejo retrovisor y recordar todas las veces que lo he visto en vivo. Y se me vino a la mente una vez que lo vi realmente mal. Fue en una presentación en el Parque Forestal, donde se subió al escenario solo y se puso a cantar medio descordinado. Inmediatamente, músicos de las bandas que tocaban ese mismo día, se subieron al escenario y agarraron guitarras, bajo, batería, y lo acompañaron espontáneamente.

Ayer recordé ese momento. Fue parecido a lo que pasó sobre el escenario del Nacional, pero en circunstancias increíblemente distintas.  En ambas ocasiones fue lindo ver cómo Jorge era apoyado por sus pares.  No recuerdo quienes son los que subieron esa vez, improvisadamente, pero la banda con la que toca en la actualidad y desde hace ya un buen tiempo, se merece también un aplauso. Han estado con él desde antes de su accidente y también durante el proceso de recuperación y despedida.

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Musicalmente, Jorge y sus amigos lograron una conjunción preciosa. Además González está cantando mucho mejor que aquella  noche en el Movistar Arena. Y claro, uno se pregunta ¿por qué se va si está mejor? Los arreglos instrumentales de Pepe Carbone, Eduardo Quiroz, Jorge de la Selva, Pedro Piedra y Gonzalo Yañez, quien también se luce con coros y segundas voces bellísimas, dieron como resultado una presentación inolvidable.

Estamos ante un verdadero héroe, un guerrillero por naturaleza. En estos tiempos una lengua tan filosa como la de Jorge González es un arma letal. Sus intervenciones en recitales masivos e íntimos, sus respuestas en entrevistas y sus canciones, son un legado demasiado importante como para pasarlos por alto.  Todo lo que ha hecho durante su vida y obra, ha sido producto de esa personalidad combativa, con sentido de justicia y convicciones humanas que representan  el sentir de muchos de nosotros.

Ese espíritu de lucha es una virtud de Jorge y eso es lo que masivamente se ha ido aceptando. Pero no siempre fue así. De hecho sorprende la condescendencia  con el que la prensa trata hoy a Jorge González. Pareciera que su situación de salud remeció más de alguna conciencia, porque es impresionante la vuelta de chaqueta que han tenido los medios hacia su figura, y por supuesto, de parte del público.

Antes, era común hablar de González como “el drogo, mal educado, agresivo”. Ahora todos le rinden pleitesía, lo homenajean y le reconocen su aporte a la música nacional. Los mismos que antes lo menospreciaban, ahora lo homenajean, lo tratan como  “El Gran Jorge González”,  “El que está a la altura de Victor Jara y Violeta Parra”. Ahora varios periodistas repiten con liviandad ese concepto, sin tener la delicadeza de citar al periodista Emiliano Aguayo, quien instaló algo que ahora es un lugar común a la hora de evaluar a Jorge González en su calidad de artista consagrado.

Volviendo a la Cumbre del Rock y a la presentación de González, hubo canciones que el público coreó masivamente: “Amiga Mía”, “Tren Al Sur” y “El Baile de los que sobran” sacaron más de una lágrima entre los asistentes, entre los que me incluyo. Era muy fuerte el sentimiento ambiguo entre el agradecimiento por tales obras maestras y la tristeza de pensar que posiblemente estábamos presenciando la última interpretación en vivo de estos temas.

Finalizado el show, Jorge González fue condecorado con el premio “Orden al Mérito Pablo Neruda” entregado por el Ministro de Cultura Ernesto Ottone. Lo  acompañaron su hijastro e hijo en este momento, no quiso decir nada y se retiró para dar fin a su presentación. Todo lo que se vivió la noche de Cumbre del Rock Chileno quedará en nuestra memoria colectiva. Yo sólo espero que, como dice la canción de González: “Nada sea para siempre” y que su recuperación le permita algún día, volver con todo a los escenarios.

Por ahora agradecer su actitud llena de agallas y reconocer en esta última presentación,  su último acto de rock y rebeldía.

¡Gracias por tanto!

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