Domingo, 19 de mayo de 2013

Daniel Zamudio: no tenemos derecho al silencio

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No tenemos ningún derecho a mantener el silencio que hace muecas de risa con la broma y el comentario a escondidas que humilla y lastima. Porque nuestro silencio es el que permite, que permitió que unos anormales lastimaran y mataran cruelmente a Daniel.

Murió Daniel Zamudio. No lo conocí, nunca lo vi. Sólo sé que su muerte fue cruel y sin sentido. Una muerte que no necesita de ley alguna para provocar el rechazo más visceral y profundo. Una muerte que pide a gritos justicia y castigo para que nunca más vuelva a ocurrir. Una muerte que va más allá y remece las raíces más profundas de una sociedad que sólo se conmueve y reacciona por episodios de violencia que cada cierto tiempo ocurren, pero que luego olvida. Porque la memoria chilena es frágil y débil.

Hoy me preguntaron por twitter por qué silencio de una Iglesia que rápidamente habla de Aysén pero que tanto demoró en manifestar su solidaridad con el joven agredido. Hoy distintos obispos y sacerdotes hemos hablado del tema, procurando dar un consuelo que sin duda llega tarde.

No siempre nos sale bien el trabajo de acoger al marginado, y cuando se trata de un homosexual nos sale bien mal. Hemos logrado ir donde están los más pobres de los pobres, pero nos ha costado un montón abrazar al hermano que está al lado y que sufre porque vive su sexualidad de una determinada manera .

La Iglesia debe ser sensible a las reivindicaciones sociales de los homosexuales, debemos serlo, pues ellas nacen de la misma dignidad que tenemos todos y que para los creyentes mana desde el mismo Dios. Nadie anda preguntando si como cura me gustan las mujeres, y pocos se burlan de mi opción de no tener pareja, ¿por qué he de hacerlo yo contra otros?

No tengo ningún derecho. No tenemos ningún derecho a mantener el silencio que hace muecas de risa con la broma y el comentario a escondidas que humilla y lastima. Porque nuestro silencio es el que permite, que permitió que unos anormales lastimaran y mataran cruelmente a Daniel.

Sí, como cristianos tenemos el derecho y el deber de acoger y mostrar a Jesús que integra e incluye. Que ama y libera. Y para eso el camino es largo y personal. No se trata sólo de leyes, más bien son corazones. Del mío, y el de otros. Se trata de buscar caminos donde nadie se sienta humillado, ni maltratado y menos insultado.

Se trata de acoger, no de comprender ni de justificar con intrincadas teorías. Es reconocer que tú eres tan importante como yo, o incluso más. No está la cuestión en comprender con libros, sino en el abrazo que nos revela como hermanos que comparten mutuamente una misma dignidad.

La muerte de Zamudio nos hace apurarnos en exigir la ley correspondiente. No sé si es con leyes que se erradica la violencia. Sin duda ayuda, pero sólo se soluciona cuando somos capaces de caminar con el otro hacia un encuentro común, cuando ambos nos descubrimos en toda nuestra dignidad, en toda nuestra humanidad.

Ese es el camino de la sociedad y también de la Iglesia. Un camino lleno de incomprensiones, donde el punto en común es en el encuentro, sin adjetivos solo con lo sustantivo, ahí donde todos somos iguales y donde todos tenemos el derecho a vivir en paz, con sueños por realizar y donde pasear por un parque no puede ser sinónimo de peligro porque unos enfermos y criminales se les ocurrió que son superior a otro sólo porque ese otro es distinto y diferente.

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