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Daniel

En el colegio me gritaban maricón, me cantaban una canción que decía algo así como “Será varón, será mujer”, me trataron de niñita y de mujercita. En el colegio, en el mismo, me pegaron por ser judío. Sí, soy judío. No, no soy homosexual. Pero he sido víctima en mi vida de ambas discriminaciones. Por ser malo para el rugby en un fascista colegio inglés. Y por no tener prepucio. Sé lo que es el bullying. Sé lo que es ser golpeado por ser diferente. Sé lo que es ser humillado. Sé lo que es ser anormal.

Por eso, desde que soy adulto y tengo un espacio en los medios de comunicación, me he dedicado a pelear contra la discriminación. Eso sí, hubo varios años de terapia antes de llegar a esto, un trabajo psicológico que me permitió entender y perdonar. Me duele ver, oler o reconocer la discriminación. Desde los comentarios que tratan de “maraca” a una mujer de la televisión o de “turco tal por cual” a un alcalde.

Se me abre la herida, esa que si bien ha cicatrizado, sigue siendo sensible a cualquier ataque, a cualquier humillación, a cualquier injusticia. Desde esa historia, desde esa formación, desde esa experiencia, siento que hoy es uno de los días más tristes de mi vida adulta. Acaba de morir Daniel Zamudio y lo que pasa por mi cabeza y por mi cuerpo no se parece en nada a lo que he sentido antes.

Esto es mucho más grande, más extraño, más difícil y más incomprensible. ¿Morir víctima de un ataque homofóbico que incluyó quemaduras, fracturas y cortes en la piel con forma de esvástica? Eso marca un antes y un después. Es el principio de algo inmanejable. O es el final y el nunca más. Depende de nosotros. De asumir que no podemos seguir viviendo en un país tan egoísta e inmaduro, tan hipócrita y tan poco cívico.

Antes de Daniel podíamos soportar que una Ley Anti Discriminación estuviera empantanada por años en el Congreso. Ya no. Antes de Daniel podíamos soportar que un canal de televisión tuviera a un humorista como Mauricio Flores riéndose de los homosexuales con su repugnante personaje de Tony Esbelt. Ya no. Antes de Daniel podíamos soportar que un presidente de un partido político comparara a la homosexualidad con la zoofilia. Ya no. Se acabó ese Chile. Ya no hay margen. Las cosas cambiaron para siempre.

Porque más allá de esos cuatro marginales que asesinaron a Daniel y que, espero, cumplan condena perpetua, hay demasiada culpa compartida. Hemos aguantado la homofobia, la xenofobia, el racismo y el clasismo como si fuera algo endémico, un daño colateral de nuestra idiosincrasia. Basta ya. Pero en serio.

Castiguemos con el voto y la funa civilizada a los políticos que votan contra la Ley Anti Discriminación. Dejemos de ir y denunciemos en voz alta a las iglesias, templos o casas de rezo donde se huele la homofobia. Retemos a nuestros hijos, y que sea un reto fuerte con castigo incluido, cuando los escuchemos tratar de fleto o maraca o judío de mierda o cara de nana o indio tal por cual a alguien. Pero partamos ahora.

Mordámonos la lengua cada vez que nos riamos con ese humor que se mofa del otro, ese humor tan típico de nuestro país que sólo sirve para avergonzarnos como nación. Opinemos en las comidas familiares, escribamos cartas al director, usemos Facebook, Twitter, la radio, la tele, todo lo que podamos, para apuntar con el dedo al que ofende, al que se mofa, al que no respeta. Es el momento de que la muerte de Daniel Zamudio tenga algún sentido. Es ahora. O nos fuimos al carajo.

 

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