El sueño de Latinoamérica unida no es nuevo. Viene desde los tiempos de las luchas de la independencia, dónde los líderes, caudillos, protagonistas de la vida política de estos países soñaron con un continente homogéneo que sirva como disparador para el desarrollo sustentable de la región.
¿Era un sueño colectivo ó simplemente un discurso feliz para monopolizar ideas y poder?
¿Qué implica la “unidad” latinoamericana para que no sea una ingenua canción de protesta setentista?
Para entender el concepto de unión será necesario comprender que para que exista deben ser convergentes tres pilares fundamentales: los valores culturales, la estrategia país y la organización política. De no existir compatibilidad en esos tres elementos esenciales, toda propuesta de unión cae en un relato demagógico y en posturas hipócritas.
Haciendo uso del título del legendario tema de Charly García, esa unión tan soñada y conversada se hace una utopía en un continente en el que algunos países se desarman…y hasta sangran.
Aquellos países que se creen disparadores de la unión, son casualmente los que plantean unirse en función de acordar la existencia de un enemigo común (El imperialismo, el neoliberalismo económico) que hay que derrotar para poder alcanzar el bienestar. Un pensamiento destructivo para poder construir, como el caso de Venezuela, Argentina, Ecuador, Cuba, Nicaragua…
Otros países (Chile, Brasil, Uruguay, Colombia, Perú) plantean una unión pero sostenida en la convivencia que permita a cada uno mantener individualidad y estilo propio en la búsqueda de la felicidad de su gente, haciendo eco a las palabras de José Mujica en las que “desarrollo” es sinónimo de “felicidad”. Pero estos países tienen algo en común que los diferencian de aquellos que se suponen “liberadores” y “revolucionarios”: El concepto de república.
La República implica orden político, institucional, respeto a las leyes, al disenso, al recambio y a una democracia intensamente participativa cuya diversidad pueda enriquecer el camino hacia el bienestar. La República se construye compartiendo valores, una misión común y un modo de hacer, en el que cada participante que accede al poder pueda agregar, sumar y no destruir.
En cambio, aquellos países “liberadores” que se suponen revolucionarios, caen inexorablemente en la trampa del conservadurismo extremo que termina en un fascismo disfrazado de falsa democracia. basado en la destrucción sistemática de la historia para crear nuevos relatos y nuevas historias que evangelicen a una sociedad adormecida.
Manejados por mitos en lugar de ideas, estos países no entienden que una revolución es una acción de cambio, que es un organismo vivo que se transforma y no que se instala indefinidamente hasta anquilosarse en el poder haciendo creer al “pueblo” que “esa” revolución es la única posible. Y todos sabemos que la revolución es tan variada como la innovación.
Estos países pseudo progresistas, no entienden que revolución es darse cuenta, es permitir la irreverencia con responsabilidad, la imaginación y la diversidad. Esa incapacidad de aceptar disensos y nuevas ideas encierra a estos falsos profetas en una burbuja, por eso monopolizan, nacionalizan, compran voluntades por monedas, se aíslan y hasta buscan alianzas con países cuyos modelos son dudosamente democráticos (Caso IRAN). De ahí que su discurso de libertad, de Derechos Humanos, sea sólo el disfraz de una escenografía montada para relatar en lugar de hacer. Presos de su inseguridad y de falta de ideas para una nueva revolución, se desarman…y hasta sangran.
En cambio, los países republicanos, a su tiempo, evolucionan y pueden resolver su futuro con equilibrio.
Por eso, políticamente hablando, Latinoamérica unida es una utopía. Porque para los respetuosos de la República, la unión serviría como despegue real para el bienestar de sus ciudadanos, en tanto que para los supuestos revolucionarios, sólo un discurso falso hacia su pueblo para acrecentar el mito de quienes se suponen héroes y no han librado una sola batalla…

