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Opinión

Libertad de Prensa: ¿Y si la libertad no fuera lo único que debemos proteger?

Libertad de Prensa: ¿Y si la libertad no fuera lo único que debemos proteger? Libertad de Prensa: ¿Y si la libertad no fuera lo único que debemos proteger?

Cuando los medios de prensa llenan nuestra cotidianeidad con el juego fútil de lo polémico, no sólo están destinando recursos humanos y materiales a la explotación comercial de la curiosidad y la emotividad primaria, sino que, por sobre todo, están negociando con los significados y sentidos que los sujetos damos a la experiencia.

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Doctor (c) en Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidad Autónoma de Barcelona. Magíster en Literatura, Universidad de Chile y académico de Pedagogía en Lengua Catellana y Comunicación de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

En 1993, el 3 de mayo fue proclamado como el Día Mundial de la Libertad de Prensa por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Dicha recomendación reconocía que una prensa libre, pluralista e independiente era un componente esencial de toda sociedad democrática.

En el actual escenario global, existen importantes desafíos para la confirmación y vigencia de dichas premisas. La integración de las economías locales a los mercados globales, el desarrollo explosivo de la tecnología, la declinación del rol de los estados nacionales, la modificación de los modos de vida bajo la consigna del consumo y la revitalización de conflictos étnicos, religiosos y migratorios que se creían superados, problematizan a diario la libertad de expresión y de prensa, en un contexto global de innumerables intereses, que determinan la legitimidad de los hechos sociales.

Entre los innumerables desafíos de este escenario, es posible sin embargo señalar al menos dos grandes tendencias, que caracterizan los retos de la actividad informativa.

La primera de estas tendencias puede ser representada con el ícono clásico de una boca amordazada. Su principal modo de expresión es la antigua demanda ciudadana por unos medios sin restricciones, que logren sobrepasar las barreras de la censura estatal y la violencia de las mafias y/o grupos armados, que limitan el derecho a la libre circulación de las ideas. En dicha tendencia, la censura representa el gran fantasma que acosa a los medios, ocasionando incluso que profesionales de la prensa sacrifiquen sus vidas para llevar la información a las personas y defender el derecho a la libertad de expresión.

La segunda tendencia que desafía la construcción del ideal de la libertad de prensa es, paradójicamente, la desaparición progresiva de la responsabilidad social de los medios. Esto incluye una acción informativa que, aparentemente, se ejerce sin restricciones, simulando una actividad periodística que no conoce de límites ni censuras. En este caso, el ícono de la mordaza bien puede ser sustituido por el de unos rostros televisivos que hablan sin parar, o el de unas manos que editan de modo incesante, llenando páginas, espacios radiales y horas de televisión con la discursividad insustancial de lo polémico.

En la historia reciente de nuestro país, los desafíos de la actividad informativa parecen haber transitado por ambas tendencias. Mientras el contexto de la dictadura supuso el desafío de la censura y la acción represiva de los aparatos del Estado contra la libre circulación de las ideas, en la actualidad resulta más o menos evidente que la prensa no lucha tanto contra la censura estatal, como contra su propio devenir profesional, encauzado a la defensa de intereses de los grupos económicos y políticos, que han logrado acomodar la actividad periodística y el uso del espacio informativo a sus propósitos y necesidades.

Esta instrumentalización de los medios y de la actividad periodística, que se expresa no solo en los contenidos y hechos de la agenda noticiosa, sino especialmente en la forma de abordar la realidad social, ha sido particularmente funcional a los propósitos de la ideología neoliberal, invisibilizando los esfuerzos ciudadanos de recuperación del proyecto social y reemplazando la preservación de la memoria histórica con el sensacionalismo de lo efímero, banal y provisorio. En este sentido, es posible afirmar que la discursividad mediática es un proyecto político-económico. Y los responsables de su diseño, producción y difusión deben ser considerados actores políticos (y económicos) tan relevantes como los tradicionales protagonistas del debate político-partidista.

En estas décadas, en que los noticieros de televisión se han pasado diciendo “y ahora ponga mucha atención…” a televidentes cada vez menos capaces para ello, resulta claro que los medios periodísticos de nuestro país han relativizado su responsabilidad social y renunciado a su función formadora, negando – o al menos no privilegiando – uno de nuestros derechos humanos fundamentales: la posibilidad de poner nuestras vidas en perspectiva, en un sistema de relaciones humanas que posibilite el libre intercambio de las ideas y que aporte al enriquecimiento de nuestra experiencia de la cotidianeidad.

Poner nuestras vidas en perspectiva exige la condición mínima de entenderlas en relación a los demás. Y ello requiere de relatos colectivos de identidad más sustanciales y duraderos que celebrar juntos un resultado futbolístico o lamentar en Twitter “la partida de un grande”. Cuando los medios de prensa llenan nuestra cotidianeidad con el juego fútil de lo polémico, no sólo están destinando recursos humanos y materiales a la explotación comercial de la curiosidad y la emotividad primaria, sino que, por sobre todo, están negociando con los significados y sentidos que los sujetos damos a la experiencia. El lenguaje, el pensamiento y los valores se enriquecen y transforman en los espacios de la discursividad y la cultura.

Mario Vargas Llosa escribió hace un tiempo que “el periodismo escandaloso es un hijastro perverso de la cultura de la libertad. No se lo puede suprimir sin infligir a la libertad de expresión una herida mortal”. Esto parece ser cierto. Pero no debiese hacernos renunciar al desafío mayor, de construir un proyecto social basado en el debate crítico y la responsabilidad informativa. Y aunque el problema de la desrregulación y la falta de compromiso social de los medios no es un problema sencillo de resolver, ya que la propia ausencia de un ideario político y cultural nacional, así como la escasa definición de un proyecto educador, dificultan establecer los límites y responsabilidades de la prensa y los medios, al menos podemos comenzar a trabajar desde un diagnóstico claro. En la labor informativa, la libertad no puede seguir siendo el único derecho a resguardar.

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