Hace un par de días me cambié a un nuevo barrio. No teníamos muchos muebles que mover, sólo algunas maletas. El departamento al que llegamos estaba amoblado. Sólo necesitábamos comprar algunas cosas para la cocina. Partimos con mi mujer, como cabros chicos, a comprar las primeras cosas para nuestro nuevo departamento. Apenas entré a la tienda, que era nueva para mi, me llamó la atención que habían muy pocas cosas en sus estantes. Y en vez de vendedores había varios mesones con sus respectivos computadores encendidos. La miré esperando que ella tuviera mi misma expresión de extrañeza o descontento por el lugar al que habíamos llegado, considerando además la larga distancia que habíamos caminado. Mi sorpresa fue mayor al ver la naturalidad con la que ella se movía. Estábamos en una tienda de venta por catálogo.
Traté de ponerle las peores caras de mi repertorio y de elaborar las más rebuscadas teorías sobre lo inútil y arriesgado que podía ser comprar algo por catálogo, con la sola intención de que abandonáramos rápidamente ese frívolo espacio. Al pasar los minutos, y luego de ver cómo mis advertencias no provocaban efecto alguno, comencé a subir el tono de mis reclamos. Traté una y otra vez de volver sobre el punto de la desconfianza que me generaba comprar algo que no pudieses tocar ni mirar en vivo y en directo pero fue inútil. Ella estaba decidida y cada argumento que yo le daba parecía confirmarle que el mejor invento del último tiempo estaba frente a nuestros ojos.
Después de la rabia, me taimé un par de minutos, pero tampoco funcionó. Más tarde, recurrí al lado emocional, recordándole cuando armamos nuestro primer departamento, pero ella siguió como si nada.
Sin argumentos a los cuáles echar mano, me rendí. Me mantuve mirándola desde la distancia para ver qué es lo que ella hacía. Al parecer, no era tan complicado. De a poco, comencé a sentirme menos enojado. Mi tensión había comenzado a bajar y sin quererlo, de un momento a otro me encontré ojeando uno de los cientos de catálogos que había en la tienda. Comencé a buscar algunas de las cosas que necesitábamos y a comparar precios con una tienda común y corriente. Efectivamente eran mejores que los que siempre había visto.
Nos tomó cerca de media hora comprar todo lo que necesitábamos. Media hora en la que viví la reticencia inicial a lo desconocido. El enojo y la incomodidad que nos genera abrirnos a lo que nos saca de nuestro espacio de confort y seguridad. La parálisis que puede llegar a generarnos la excesiva tensión de un cambio, y la posterior tranquilidad que llega al avanzar hacia un nuevo equilibrio. Algunos lo llaman aprender.
¿Hace cuánto tiempo que no sientes esa incomodidad? Si han pasado muchos días puede que esté funcionando tu piloto automático y te estés quedando atrás. Yo por lo menos, hoy sé comprar por catálogo y hace unos días no…
