Al leer el reportaje del 2 de febrero de este mismo medio, no puede dejar de llamar la atención las regularidades en los antecedentes curriculares de varias de las personas que acompañarán al nuevo ministro en su dirección de la cartera de educación.
En particular, son dos los rasgos que se repiten: perfiles más bien técnicos y, en los casos de que exista, experiencia política en la Pontificia Universidad Católica. Estos antecedentes son de especial interés porque tras ellos subyace toda una manera de ver la sociedad y de hacer política que ha caracterizado la derecha de nuestro país.
El primer aspecto, los perfiles técnicos, se condice con el menosprecio a la práctica de la política. Una aversión que probablemente tenga su origen en el maridaje de una concepción conservadora y una liberal. Por un lado, la conservadora para la cual toda producción ideológica que provenga de los proyectos colectivos contradice el derecho natural (y divino). Por otro lado, la liberal, para la que hacer política es el equivalente a cuestionar la omnipotente “mano invisible” del mercado y plantear que los ciudadanos somos algo más que consumidores y productores enajenados.
En resumidas cuentas, las dos almas de la derecha menosprecian la política como un mal que debe ser vigilado con atención para no romper con el statu quo. Esto explicaría las que históricamente han sido las mayores trincheras del pensamiento de derecha en nuestro país: los Think tanks y mi universidad, la PUC. Hasta los Think tanks más rigurosos técnicamente tienen en común que funcionan bajo el velo de la objetividad, como si fuera posible hablar del ser humano y su sociedad sin estar imbuido por la ideología.
El mero lugar de enunciación ya establece una serie de presupuestos marcados ideológicamente (“esto es un centro de estudios, no una ONG con agenda política”). Este tipo de instituciones es una gran herramienta de legitimación de las políticas públicas de derecha. Unido al apoyo que suelen tener por parte de los medios escritos, estas instituciones le permitieron a la Alianza poder disputar la hegemonía sobre la élite de nuestro país.
Sin embargo, al llegar la derecha al gobierno, ya no basta con eso: hay que empezar a hacer política. Ese ha sido el gran problema del gobierno actual. Durante 20 años en la oposición, formaron especialistas con doctorados por doquier, solo para descubrir que, en política, un título en el hemisferio norte no vale ni el papel del que está hecho si no se pueden sentar a conversar con un estudiante endeudado, un maestro subpagado o las millones de personas que el año pasado apoyaron las demandas del movimiento por la educación.
La derecha, en el fondo, nunca tuvo que convencer a nadie. El sistema se impuso en dictadura y se mantuvo gracias al sistema binominal y los quórum altísimos requeridos para realizar cambios. El único reducto en el que la derecha se ha atrevido a hacer política es en la PUC. Y aun así, el mayor exponente de esta derecha, el movimiento gremial, ha insistido en reclamar para sí la “autonomía de los cuerpos intermedios” y que ellos “no son de derecha ni de izquierda” y son un movimiento “estudiantil no político”.
Esto es política antipolítica, un llamado a menospreciar todo lo que se parezca a un discurso de sueños colectivos que vaya más allá del interés egoísta y corporativo, a que la universidad sea un lugar que, además de formar profesionales, forme ciudadanos. Por suerte, nuestra Universidad Católica ha podido alejarse de esta visión y el año pasado pudimos ver una UC volcándose, junto a la ciudadanía, a la calle y exigiendo una mejor educación.
La cuestión no es menor. Las universidades son, finalmente, el gran semillero del pensamiento político en Chile. No es casualidad que este gobierno haya terminado por recurrir a los poderes fácticos (empresarios) y a los poderes técnicos (think tanks) para llenar un gran número de sus posiciones. El problema es que esto ha traído una gran desconexión con los movimientos sociales.
Es el caso de un verdadero choque cultural. Son dos miradas de sociedad que se materializan en dos miradas de universidad. Por un lado, la sociedad alienada con sus universidades productoras de profesionales consumistas y, por el otro, la sociedad democrática con sus universidades forjadoras de ciudadanos.
La pregunta es si el nuevo ministro y sus subordinados podrán superar las barreras de su formación y, con la humildad que implica un verdadero encuentro con el otro, escuchar a los movimientos sociales. Vale decir, la pregunta es si un equipo en el que abundan ingenieros comerciales y escasean los pedagogos, podrá transformar su lenguaje de estadísticas en uno de derechos ciudadanos.

