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Opinión

El autoritario que llevamos dentro

El autoritario que llevamos dentro El autoritario que llevamos dentro

¿Quién puede justificar el comportamiento sostenido y sistemático cuando Fuerzas Especiales se abalanza contra estudiantes a rostro descubierto en una marcha? ¿Quién puede justificar el uso de fuerza -y desmedida más encima- sobre estudiantes en una marcha? ¿Se puede solventar que en la actuación de Fuerzas Especiales contra un estudiante como Rodrigo Avilés, habría algún tipo de "buen proceder"? Lo ideal sería decir que nadie puede avalar tales actuaciones. Lo ideal sería decir que el ciudadano de a pie, al menos, empatiza con el dolor ajeno, que entiende que los desmanes y saqueos no son lo mismo que las correctas, profundas y valederas pretensiones de los estudiantes. Pero nada de eso ocurre.

Claudio Salinas

Por


Académico, Instituto de la Comunicación e Imagen ICEI. Universidad de Chile

Más bien lo que oímos en la conversación cotidiana o en las discusiones en el almacén de la esquina es un reproche indolente a la víctima de la violencia policial. Como si fuese el portador de una especie de cáncer que debe ser extirpado de la trama social, pues impide el consumo y nos saca del flujo irrefrenable de este presente perpetuo, con expectativas inmediatas -todas económicas, por cierta, travestida de historicidad. Si antes había que operarse del “cáncer marxista”, ahora hay que promover el orden funcional de una sociedad que ha sido programada para no pensar e inoculada con la peor de sus plagas: el despliegue de un individualismo indolente, recluido en el discurso donde el discurso sobre la familia es el reducto o el circuito cerrado que nos impide el contacto con lo público, con la calle, y con la socialización.

No deja de sorprender que el discurso del orden y la penalización de la libertad de protestar sea transversal en nuestra sociedad, de los estratos más altos a los más bajos. El fenómeno es interesante, contextualmente hablando, pero también trágico para la democracia pactada por los políticos e intelectuales de la Concertación desde fines de la dictadura Militar. Como si pocas cosas en este aspecto hubiesen cambiado en estos últimos treinta años. Como si un profundo sentido autoritario se hubiese enquistado en lo más profundo de nuestro tejido social. Como si un sentido antidemocrático, fascista diría el filósofo alemán Theodor Adorno (a mediados del siglo XX), se exudase por los poros de todas las capas sociales (afortunadamente no de toda la población, nos consolamos), negándose a remitir.

Todavía se puede escuchar por ahí la frase: “En tiempos de mi general (Pinochet) eso no hubiese ocurrido”, “tendría a raya a todos esos delincuentes que amenazan la paz y el orden social” (el mismo discurso desplegado cuando se habla de los Detenidos Desaparecidos). Pero a costa de qué, preguntamos. A costa de tener la bayoneta en la cabeza, a riesgo de vender el alma al diablo, a riesgo de dejar de pensar por sí mismo. Total si tenemos que colocar en la balanza el orden y la libertad, debemos escoger el primero. Imagínense si aspiráramos a la fraternidad que la Revolución Francesa instaló como otro de sus pilares, pero que rápidamente pasó a mejor vida.

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Preferimos hacernos los sordos y los ciegos frente a la corrupción estructural del sistema político, pero alzamos la voz y cacareamos cuando “nos amenazan” las marchas, los paros, las huelgas o cualquier reivindicación legítima de algunos sectores de la sociedad (cuyas expectativas, paradójicamente, son positivas para el grueso de la población). Vociferamos nuestra triste indignación cuando aquellas legítimas reivindicaciones nos afectan la marcha de nuestro pequeño y mezquino afán individual. Y ese es el problema: en los últimos treinta años los gobiernos de la Concertación no han podido -o no han querido- destruir el centro de las relaciones sociales instaladas por el neoliberalismo (más que un sistema económico implica un conjunto de relaciones sociales), más bien se han dedicado a administrar y a beneficiarse del sistema, enriqueciéndose ilegítimamente y perpetuándose en el poder que pocas muestras de honestidad exige.

Cuando el promedio del “homo chilensis” reacciona de modo iracundo al momento de tocarles el “orden” que no es otra cosa que un tenso, pero cómodo statu quo, poco y nada se puede esperar que las cosas cambien para mejor. Si no se produce una reconexión del tejido social, no hay mucho que hacer, y casi nada se puede proyectar más allá de un corto y asfixiante presente. Probablemente, hay que insistir por vincular nuestras relaciones sociales, seguir manifestando el descuerdo en público, antes que refunfuñando y acumulando rabia en nuestra vida cotidiana limitada por una restrictiva vida familiar enfatizada hasta el hartazgo (como si no existieran los otros, solo los mismos).

La personalidad autoritaria (que es la señal de una sociedad completamente dividida) campea y goza de buena salud en buena parte de nuestra sociedad todavía no “despinochetizada”. La personalidad autoritaria necesita pocos alicientes para condenar a la movilización social. Requiere casi nada para condenar a los Rodrigos Avilés que aparecen en cada marcha o en cada manifestación pública contra la injusticia social.

Pese a esto, aboguemos diariamente por recomponer nuestra asociatividad, pensando que las cosas pueden ser de otro modo y ejerciendo nuestro juicio crítico de manera permanente, teniendo claro que los cambios no se producen en el tiempo corto, sino que más bien son fruto de la insistencia de una sociedad que se niega, finalmente, a claudicar.

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