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Opinión

El cerebro de Rafael Garay

El cerebro de Rafael Garay El cerebro de Rafael Garay
Óscar Marcelo Lazo

Por


Neurobiólogo y Doctor en Fisiología. Investigador en el UCL Institute of Neurology. @omlazo

Hoy casi nadie duda de que Rafael Garay mintió cuando dijo que padecía un tumor cerebral de la clasificación más agresiva. Si ya aparecía sospechoso que no presentara deterioro físico visible o que todas sus atenciones médicas hubieran sido realizadas fuera de Chile; con mayor razón adquieren importancia sus mentiras acreditadas: que era Doctorante de Economía en la Universitad de Lleida (dicha universidad no imparte un doctorado en Economía), que viajaba a realizarse quimioterapia al centro Gustave Roussy (el centro negó que Garay haya sido paciente).

Nuestro morbo ha promovido un desfile por los medios de comunicación de ex-amigos que plantean sus dudas y de no pocos médicos tratando de explicar por qué resulta inverosímil la historia.

No hace falta ni conocerlo de cerca ni tener formación clínica para atender a dos elementos de juicio, que espero sean suficientes para despejar este primer asunto. Primero, que la biopsia que se supone le practicaron en Japón para confirmar el diagnóstico de un glioblastoma no es así como llegar y, ya, ponte ahí que te vamos a abrir el cráneo y asomarnos a tu cerebro. Requiere exámenes previos, preparación y, lo más elocuente de todo: perforar el hueso dejando una inevitable cicatriz. La brillante calva de Garay hace imposible ocultar una craneotomía.

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Segundo, que afirmó estar bajo los efectos de morfina para controlar el dolor. Como la morfina es un fármaco de uso muy restringido, es absolutamente contra-intuitivo que hubiera podido obtenerlo sin una autorización médica local. Difícilmente hubiera podido ocultar sus efectos, sobre todo sumados a los dolores que justificarían su uso. Necesariamente alguien tendría que haberlo visto en cualquiera de los dos estados posibles: sufriendo dolores indecibles o en el sopor de la morfina. Y resulta que no.

Quizás se trata de un sesgo académico, pero no dejo de pensar que lo más interesante no son las imágenes de Rafael Garay haciendo un inteligente análisis económico y a renglón seguido relatando su lucha contra el cáncer, contando aventuras de cuando era un niño pobre en una casa enorme o de su riesgoso paso por la planta nuclear de Fukushima para rescatar a sus amigos atrapados en Sendai.

Lo más interesante está adentro de la cabeza de Rafael Garay: cómo tendría que haber sido el cerebro de alguien azotado por un glioblastoma que no mostraba deterioro, o cómo tendría que ser el cerebro de este mentiroso patológico capaz de inventarse una enfermedad letal. Un ejercicio de neurociencia-ficción francamente delicioso para los expertos y que acaso nos pueda dejar a todos un par de lecciones.

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¿Qué tal si fuera cierto? Si de verdad Rafael Garay Pita, de 40 años, hubiese tenido hace más de 2 años un astrocitoma grado IV cerca del cerebelo, seguramente en el tronco encefálico o el cerebro medio; de partida, estaríamos viendo un fenómeno extraordinariamente inusual, digno de estudiarse detalladamente. Primero, porque de estos tumores, ya infrecuentes, más del 80% se diagnostican en mayores de 50 años. También porque es raro que aparezcan el lugares distintos de la zona inmediatamente bajo la superficie cerebral.

Finalmente, porque la sobrevida media de los pacientes es de un poco más de 14 meses. Mucho antes de ese plazo, un tumor de estas características tiene efectos en las áreas cerebrales de su entorno inmediato: produce alteraciones mecánicas en la distribución del riego sanguíneo y la circulación del líquido cefalorraquídeo.

Dependiendo de cuál hubiera sido exactamente la zona de ubicación del tumor podría haber distorsionado la comunicación entre el cerebelo y el resto del encéfalo, produciendo dificultades en la coordinación motora, o podría haber afectado zonas del cerebro medio que podrían distorsionar sus ciclos de sueño-vigilia, sus apetitos y sus emociones. Pero además de los efectos locales, el rápido aumento de volumen de la masa tumoral habría tenido efectos sobre la presión global dentro del cráneo. Literalmente, hubiese desplazado el cerebro a su alrededor empujándolo contra el cráneo.

Por la ubicación del tumor, probablemente los efectos más elocuentes y graves hubiesen sido sobre el troncoencéfalo, alterando el control automático de la respiración y dejándolo rápidamente en un estado comatoso. La compresión del cerebelo hubiese dado síntomas motores y la de la zona más frontal lo hubiese mostrado impulsivo, confuso y con dificultades de expresión. Para que un panorama así no lo afectara hasta junio de este año, Garay habría tenido que tener un espacio entre el cerebro y el cráneo francamente enorme, capaz de amortiguar todo el incremento de volumen. Tendría que haber sido un cerebro muy pequeño o una cabeza descomunal. O tendría que haberse sometido a varias cirugías en secreto para drenar líquido cefalorraquídeo, para contrarrestar el aumento de presión.

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Ahora, lo más interesante aparece cuando uno admite la tesis de que Garay miente. ¿Qué puede llevar a un tipo a mentir a esta escala?, ¿qué tiene que pasar en el cerebro de alguien para que sea capaz de elaborar mentiras así de macabras, sin ningún tipo de misericordia por su familia o por su pareja embarazada?

Y ahí creo que lo más importante de comenzar diciendo es que todos mentimos, y cuando lo hacemos tenemos motivos, generalmente de índole afectiva: tenemos miedo, vergüenza, queremos protegernos nosotros o proteger a alguien. Nos mueven generalmente emociones negativas y, por eso mismo, el momento de mentir es tremendamente tenso. Mentir supone además inhibir toda la expresión que delate el pánico de ser descubiertos o el pudor que nos provoca oírnos señalando algo que sabemos no se ajusta a la verdad.

Las emociones que nos conducen a la mentira se suman al esfuerzo por resultar creíbles. Por eso, al menos en condiciones de laboratorio, se pueden usar la sudoración o la frecuencia respiratoria para predecir (con una fiabilidad de casi 80%) cuando un sujeto miente. También se observa un incremento en la actividad del lóbulo frontal del cerebro, sobre todo en áreas cuya función es el control consciente del tono emocional y la planificación.

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Resulta francamente asombroso que alguien pueda sentarse con toda calma en un estudio de televisión, durante largo rato, a formular mentiras de alto contenido emocional sin que se le mueva un músculo. Nuestras emociones son estados que comprometen a todo el cuerpo, cada emoción está acompañada de un estado fisiológico característico, una postura, una expresión facial, que emergen espontáneamente junto con la experiencia emocional. De hecho, la capacidad de reconocer una emoción es generalmente una consecuencia de cómo el cerebro monitorea nuestro cuerpo, detecta un patrón y descifra una emoción básica: pena, miedo, alegría, rabia, sorpresa, asco.

Una zona especial de nuestro cerebro, la corteza insular, es la especialista en el monitoreo del cuerpo y la integración de sus diversas variables (temperatura, frecuencia cardíaca, respiratoria, distensión gástrica, ¡hasta el pH de la sangre!). Junto a la amígdala, una zona funcionalmente relacionada a la memoria emotiva, generan un patrón de actividad que es interpretado por el lóbulo frontal del cerebro. A su vez, la zona más frontal del cerebro nos permite aprender a inhibir estas respuestas y regular el estado del cuerpo. Pero esto nos supone un esfuerzo singular, sobre todo si se trata de estados emocionales muy intensos.

Sabemos, sin embargo, que hay algunos sujetos en que, ya sea por lesiones en la corteza insular, en la amígdala o en otro núcleo del circuito conocido como sistema límbico, no integran adecuadamente la información de su cuerpo a la experiencia emocional. En ellos se observa una disociación afectiva, parecen insensibles y no empatizan espontáneamente con los estados emocionales de otros. Eso es lo que generalmente llamamos un psicópata.

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Un psicópata tiene notorias ventajas al momento de formular mentiras elaboradas y probablemente no encenderá nuestras alarmas intuitivas. Si lo conocemos hace tiempo y no tenemos buenas razones para dudar del contenido de sus historias, el psicópata pasará totalmente inadvertido. De hecho, lo más probable es que, sin saberlo, conozcamos entre uno y dos individuos con esta condición entre nuestro círculo social, y quizás un poco más de 10 si nos dedicamos a los negocios. Aquí las mentiras probablemente estén asociadas a la búsqueda de prestigio y poder, lo que a juicio de los psicólogos ocupa el lugar esquivo del deseo en estos sujetos en quienes las dimensiones emocional y física del placer están atenuadas.

Pero no solo los psicópatas mienten a este nivel. Según los estudios científicos, otros mentirosos patológicos muestran una alteración en la corteza prefrontal del cerebro que probablemente les permite tener una inhibición de sus emociones más eficiente que la mayoría de nosotros. En esos casos, sin embargo, uno de los mayores misterios es precisamente el que se da en el caso de Garay: las mentiras exceden absolutamente todo uso razonable y planificado, muchas de ellas son absurdas y fáciles de descubrir.

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¿Por qué un tipo informado como Garay se atribuye estudios de doctorado precisamente en una universidad que ni siquiera tiene un programa en Economía y que lo indica claramente en su web?; ¿Por qué se inventa la misma enfermedad de la que murió su maestro de artes marciales si necesariamente eso le parecerá a su círculo una extraña coincidencia?; ¿Y por qué se expone a dar entrevistas televisadas sobre su falsa enfermedad si eso multiplica miles de veces la probabilidad de ser descubierto?.

¿Por qué le decía a los familiares de su maestro que conocía excelentes médicos, cuyos contactos les entregaba y que después resultaba que no existían?; ¿Cómo se le ocurre decir en una entrevista televisada que se introdujo en la planta nuclear de Fukushima para lograr llegar a Sendai a rescatar a sus amigos japoneses después del terremoto?; ¿Creería que nadie iba a encontrarlo un exceso?; ¿Por qué usó la historia de Iván Nuñez y el equipo de Chilevisión, que efectivamente registraron los alrededores de Fukushima tras el terremoto, para construir la suya?; ¿Creería que Iván Nuñez nunca iba a ver la entrevista o no iba a aclarar que Garay no estaba en Japón?

Lo que esas mentiras burdas y excesivas muestran es el típico perfil de lo que llamamos pseudologia fantástica. Una entidad patológica controversial, pero que se ha vuelto crecientemente interesante de estudiar. Aunque el mentiroso patológico generalmente sabe que miente, a menudo las narrativas se vuelven tan sólidas que termina bastante convencido de que su relato es verdadero. Construye falsas memorias que le facilitan la mantención del engaño y probablemente eso explique parcialmente los hallazgos de una mayor conectividad funcional en la corteza prefrontal de los mentirosos patológicos.

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Al mismo tiempo, algunos estudios de neuroimagen han mostrado una cantidad significativamente menor de neuronas en la misma corteza, lo que podría indicar que algunos sujetos mientan porque no pueden controlar el impulso inventivo de sus circuitos meso-corticales. Esta es una hipótesis interesante, porque justamente la actividad de esos circuitos —fundamentalmente dopaminérgicos— es la que explica la enorme capacidad creativa y de abstracción que nos caracteriza como seres humanos. Sin embargo, fuera de control, esos circuitos causan psicosis y dificultad para distinguir la fantasía de la realidad.

Como sea, es probable que Garay no tenga control al momento de formular una mentira, y lo haga de forma compulsiva y crónica, incluso si con ello se expone a consecuencias graves. El grado de disociación emocional que muestra en sus entrevistas televisadas obliga a sospechar alguna forma de psicopatía, pero también es posible, como muestran algunos estudios recientes, que un mentiroso patológico pierda tanto conciencia de sus emociones como control sobre su compulsión a mentir, como consecuencia de una variante conductual de la demencia fronto-temporal. Una especie de copia poco estudiada de una enfermedad mental progresiva.

Para distinguir entre todas estas opciones habría que examinar en detalle el cerebro de Rafael Garay. Sin duda encontraremos algo en él: una lesión frontal, una anomalía estructural en el sistema límbico, quizás hasta un tumor. Ciertamente lo menos probable sea encontrar el glioblastoma que dijo padecer. Pero si hacemos un hallazgo interesante, eso podría salvarle el futuro, quizás la vida. Y si no, al menos dar un giro más a una narración que hace rato superó a muchos guiones cinematográficos.

Pero para eso, primero, hay que encontrarlo.

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