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Opinión

El Chile inexistente de Pablo Oporto y nuestros medios de comunicación

El Chile inexistente de Pablo Oporto y nuestros medios de comunicación El Chile inexistente de Pablo Oporto y nuestros medios de comunicación

Pablo Oporto era la persona que se necesitaba para poner sobre la mesa un problema que es más real en los noticiarios que en la vida diaria.

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Mientras Pablo Oporto interpelaba a Beatriz Sánchez en un programa de televisión, sus ojos parecían inundados por una sangre que daba a entender su supuesto sufrimiento. Él era la imagen viva de un relato que por años ha nutrido las líneas editoriales de ciertos noticiarios. Aquel que hace lo posible por crear sensaciones que no son tales, con tal de reafirmar que hay una sola solución a los problemas como la delincuencia.

Cuando hablaba, Oporto creía encarnar dos figuras épicas para los días que corren: la de la víctima y el justiciero. Por ello es que, cuando discutía con Sánchez, levantaba la voz como queriendo imponer esa supuesta verdad que fundamentaba su simulado rostro de preocupación y angustia. Pero él no estaba solo, ya que las inquisidoras preguntas casuísticas de la periodista Mónica Rincón, a la entonces precandidata del Frente Amplio, parecían asumir una defensa de aquel hombre que, con su caso personal, quería contarnos un Chile inexistente.

Pablo Oporto era la persona que se necesitaba para poner sobre la mesa un problema que es más real en los noticiarios que en la vida diaria. Era la figura perfecta para representar un miedo más imaginario que concreto, con tal de sostener una interpretación de nuestro país que sólo existe debido a los intereses políticos de los grandes medios. Por esto es que no valía la pena investigar si la información acerca de sus “proezas” era cierta o no. ¿Para qué hacerlo si el objetivo es hacer valer un punto a toda costa?

Porque seamos claros: acá no hay un problema de prolijidad periodística, sino una intención que va más allá de problemas de formas, debido a que el fondo era lo importante. Era crucial instalar una sensación antes que otra cosa. El miedo siempre ha sido un buen instrumento para que evitemos hacernos preguntas sobre bases reales y concretas. Ya que lo concreto muchas veces es invisibilizado por quienes encuentran que en la realidad hay pocas cosas para sacar provecho político e ideológico.

Por lo anterior es que cabe señalar que Oporto no es un loquito que engañó a un canal de televisión. Este comerciante, para ser más precisos, es el resultado de un discurso en el que se ha tratado de construir heroísmo donde hay salvajismo y desprecio por la vida humana con tal de defender fundos mentales más allá de las posesiones materiales. Porque, si bien este tipo inventó una historia que nos dejó a todos totalmente descolocados, lo cierto es que lo que no es producto de su imaginación es ese ambiente inseguro que transmiten los canales de televisión para hacerle creer al ciudadano medio que la institucionalidad democrática funciona o no dependiendo del signo político que tenga la administración que ocupa La Moneda.

Es por esto que hay que ser sumamente duros con lo que supimos debido a un reportaje en la revista “Sábado” de El Mercurio. Hay que estar atentos y entender que más que periodismo, lo que hacen ciertos medios-entre los que se encuentra también el que reveló esta información- es propaganda ideológica pura y dura con tal de sostener una manera de vernos y relacionarnos. Ya que obviar lo sucedido es negar que estos se sirven de cualquier cosa, incluso un mitómano, para insistir en decirnos que tienen la razón. O sino, no parece haber otra explicación para tratar de entender la razón por la que tuvimos que presenciar tal espectáculo.

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