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Opinión

El cuento de un pueblo que no cuenta: Érase una vez unas encuestas

El cuento de un pueblo que no cuenta: Érase una vez unas encuestas El cuento de un pueblo que no cuenta: Érase una vez unas encuestas

Que la Concertación y la Alianza sugieran la posibilidad de reemplazar a las elecciones primarias por sondeos de opinión o encuestas preelectorales para dirimir quién es el candidato más apto, significa dar la espalda a la ciudadanía haciendo propia la tesis que apunta a «gobernar sin el pueblo».

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Cristián Rustom es cientista político PUC y magíster (c) en Pensamiento Político Contemporáneo UDP; Antonio Mondaca es sociólogo UAH, máster en Metodologías de Investigación en Cs. Sociales, U. Complutense de Madrid. Ambos militantes de Revolución Democrática.

Dice el cuento popular que el espejo mágico aún sabiendo de la existencia de Blancanieves, continúa adulando a la reina diciendo «tú eres la más bella de todo el reino», porque teme desatar la ira de ésta. En Chile la élite política representada por los partidos de la Concertación y la Alianza tienen su propio espejo mágico, materializado en las encuestas políticas.

Diseñadas según los propios intereses de la élite, las encuestas preelectorales reflejan sólo la imagen que éstos desean proyectar de sí mismos al resto de la sociedad con la única finalidad de mantener sus privilegios. Así como el espejo de la reina niega que existan «bellezas alternativas», las encuestas de la élite niegan la posibilidad de una Blancanieves que encarne la regeneración política que ponga en entredicho su propia condición de poder.

Acostumbrada a interactuar desde y para sus egos, la élite política de la Transición desconfía de las opiniones que el pueblo le ofrece. Asumiendo las premisas liberales-tecnócratas que niegan el conflicto, apuestan por una «una democracia de los acuerdos», donde el juicio de la ciudadanía se encuentra mediado por instrumentos que sitúan a las posiciones discrepantes en los márgenes de una distribución estadística. En definitiva, las encuestas de la élite se alzan como un altavoz donde éstas pueden oír lo que les gusta oír.

Que la Concertación y la Alianza sugieran la posibilidad de reemplazar a las elecciones primarias por sondeos de opinión o encuestas preelectorales para dirimir quién es el candidato más apto, significa dar la espalda a la ciudadanía haciendo propia la tesis que apunta a «gobernar sin el pueblo».

Los sondeos de opinión que se erigen como «reflejos de la realidad», además de impedir la posibilidad de que aparezcan otras «Blancanieves» que superen la belleza de la reina, visten con ropajes de falsa objetividad a unos partidos que fortalecen sus posiciones dominantes.

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Cuando la máxima aspiración democrática de una élite pasa por escoger al mejor representante político a partir de la pregunta contenida en un cuestionario (por ejemplo: «si las elecciones fueran mañana ¿por qué candidato votaría en la próximas elecciones?»), estamos en problemas y deben saltar todas las alarmas para cuestionar los supuestos principios asépticos de las encuestas para escoger el candidato A, B o C. Pero además, es un llamado a reflexionar sobre las implicaciones políticas que este hecho tiene en nuestra democracia. Porque así como cuestionamos la osadía metodológica de quienes diseñan las encuestas y sus imprudentes conclusiones, también debemos denunciar la necedad e irresponsabilidad política de aquellos que promueven este mecanismo como fórmula para escoger al mejor candidato. En ambos casos, a nuestro juicio, el bien común está siendo desplazado por el interés de una minoría que desea perpetuar sus privilegios restringiendo e instrumentalizando la opinión ciudadana.

Los límites de esta columna nos impiden profundizar en las numerosas aberraciones metodológicas que incurren los sondeos de opinión promovidos por los partidos de la Transición. Como crítica técnica, haremos un rápido repaso sobre cinco errores asociados a estos sondeos, que nos advierte sobre el precario sustento metodológico. Primero, el error de cobertura: ¿se accede a todos los ciudadanos de una circunscripción electoral?, ¿son encuestas cara a cara, telefónicas o por Internet? Segundo, el error de no respuesta: ¿cómo se reemplaza a quienes rechazan participar o no contestan? Tercero, los errores de muestreo: ¿cuál es el tamaño de la muestra?, ¿cuál es el margen de error asociado?, ¿se trata de diseños probabilísticos o no probabilísticos?, ¿son muestras aleatorias simples, estratificadas o por conglomerados? Cuarto, el error de medición: ¿cómo se redactan las preguntas?, ¿son encuestadores profesionales, voluntarios o militantes del partido? Quinto, error de post-medición: ¿cómo se detectan inconsistencias en las respuestas?, ¿cómo se pondera la muestra obtenida?

En resumidas cuentas, nos encontramos con más dudas que certezas a la hora de aseguramos que estas encuestas midan los aspectos que dicen que van a medir y que en diferentes momentos, se obtengan resultados similares.

Ahora bien, en el ámbito político las críticas relativas al reemplazo de elecciones primarias por estudios demoscópicos, apuntan a los dirigentes de la Concertación y de la Alianza, quienes trasladan al resto de la sociedad sus viejas prácticas de validación electoral interna y luchas de facciones partidistas. Ambas cuestiones han terminado por desnaturalizar el quehacer de los partidos políticos tradicionales, aproximándolos a consultoras de estudios de mercado. Pareciera ser que la élite anhela ver reflejado en el «espejo de las encuestas» la imagen del «fin de la historia» anunciada por Fukuyama, donde la ciudadanía queda relegada al marco discursivo del «pensamiento único» esto es, impedida de siquiera pensar en modos de realizar transformaciones que mejoren sus condiciones de vida.

Es tiempo de alertar sobre el daño que estos partidos actualmente provocan a la democracia. En estos días, nuestra debilitada institucionalidad política no se encuentra amenazada por uniformes ni fusiles militares, sino por la conjunción de intereses de una élite política y de una élite empresarial, que la han secuestrado para sus propios beneficios.

El antídoto frente a las prácticas antidemocráticas reside en la acción política de la gente común y corriente. Sean personas que hayan vivido en dictadura o nacido en democracia, desean hablar de política. Se expresen en la calle o frente al televisor, desean hablar de política. Trabajen en una fábrica o desde la academia, desean hablar de política. En estos espacios las etiquetas políticas preestablecidas tienen fecha de caducidad puesto que una identidad política de mayoría ciudadana está en construcción.

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En este escenario, desde sectores conservadores (de derechas e izquierdas) suele irrumpir un discurso pesimista que condiciona y dificulta la politización ciudadana argumentando una falta de educación cívica. Desde esta tribuna decimos que la mejor escuela de formación política que nos protege de la sacralización de las encuestas, es el «aprender haciendo» de esta gran diversidad ciudadana. Esto significa prestar atención a la «pedagogía política» que opera colectivamente más allá de cálculos electorales. Situándose como una vía alternativa al marco discursivo que piensa la política exclusivamente en porcentajes y sondeos de opinión. En este sentido, las organizaciones constituidas en torno a este ideario no pueden sino reivindicar y mantener este espíritu creativo.

Es un deber para los nuevos partidos políticos sortear la trampa de la «encuestocracia», fomentando un camino político cuya premisa sea vincular los problemas colectivos a un relato en el cual una mayoría social se sienta identificada. Conseguir triunfos de candidaturas ciudadanas a las alcaldías o diputaciones dependerá tanto de la implicación cívica de un número creciente de personas como del rechazo concluyente a participar de procesos metodológicamente diseñados para que la reina se siga mirando al espejo y piense que aún es la más bella de todas.

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