Corrían los años 90 y el mundo sudaba desesperación y descontento, hechos que llevaron a que un ruido subterráneo, como lo fue el grunge, tomara forma en un polémico Kurt Cobain que no dudaba en lucir un hermoso (?) vestido para la portada de una revista o reutilizar artículos militares para lucir el desgarro que el mundo le producía.
Similar cosa hicieron los punk, similares también fueron sus contextos (aunque aun más duros los de estos últimos) pero ambos casos coinciden en 2 puntos: su propuesta estética difería de la belleza establecida y en ambos casos la moda no demoró en verlos a ellos, los desterrados del paraíso social, como íconos de innovación de estilo vistiendo prontamente las vitrinas con un estilo punk, con un estilo grunge pero carente de la filosofía que los sostenía como grupo social, como subcultura, o al menos del cuestionamiento que sus ropas tendrían.
Los hippies fueron un caso aparte, ellos en vez de ir a la guerra no sólo hacían el amor sino que desnudaban sus cuerpos en medio de música que apelaba a la libertad de expresión, de conciencia y la libertad sexual que la llegada de las pastillas anticonceptivas permitían al reducir la posibilidad de embarazo. Salió la ropa pero llegó la moda y tomó las flores y los pantalones de elefantes, las rayas y los colores, la mini y el estilo arriesgado de provocación pero nunca llegaron con ellos, al menos no en forma masiva, el cuestionamiento que esa ropa producía a la sociedad.
La moda se ha encargado de reducir las filosofías y los cuestionamientos que proponen estos sectores sociales, a meras atribuciones estéticas que parecen rupturistas solo en la forma, nunca en el fondo. Al igual que otros sistemas e instituciones, el mundo de la moda es un mundo politizado pero, contrariamente al carácter de política que solemos tener, la moda es una maquinaria de des-politización de los movimientos sociales que permite su integración a sistemas nuevos y normativos: Cuando todo el mundo es negro y gris el distinto vestirá de rojo, pero cuando todo el mundo vista de rojo, el cuestionamiento se detendrá, se hará moda y con ello, se despolitizará.
No cuesta mucho tiempo seguir encontrando ejemplos de espacios de despolitización de la moda en torno a los movimientos sociales, pero hay un punto relevante que parece digno de análisis. Benetton se llevó como espacio de estilo chileno al denominado flaite, el cual reprodujo en una foto. La serie de comentarios que se pueden leer bajo aquella fotografía publicada en su revista es simplemente sorprendente, cuyos comentarios van desde aquellos que piden la inclusión del flaite como componente estético hasta el rechazo y el llamado a su asesinato.
El flaite, ese personaje chileno, se presenta entonces como nuestro objeto estético cuestionador, pero muchos temen aceptarlo. El flaite, cuestiona desde su estética la visión clásica de la idea de formar o aspirar a ser clase media, el flaite en su estética, al igual que los punk y el grunge, desecha la belleza occidental clásica como algo relevante y como modelo a seguir, creando nuevos patrones que no solo cuestionan lo económico, sino también las propias ideas de género concebidas en nuestras chilenas mentes: la depilación, el uso de color rosado por parte de los hombres, la inclusión de la tintura en sus cabelleras y el exceso como forma de producción de moda.
Las calles se ven plagadas de sus estilos, el retail les produce ropa porque buscan su consumo, un consumo desmedido en torno a sus recursos, buscando en la marca gigante y a veces incluso de lujo, la identidad y pertenencia, 2 elementos que en un país clasista como el nuestro tanta falta hacen.
El flaite, en su decisión de escapar del modelo normativo de moda y belleza, también crea y construye un modelo nuevo de tendencia que, por alguna extraña razón cercana a la miopía social o el miedo a la asociación con este personaje, el mundo de la moda aún no descubre, no estiliza, ni tampoco ha tratado de alejar del cuestionamiento social por medio de la integración de su estética.
¿Será que el flaite chileno es demasiado cuestionador para incluirlo en nuestra propia estética adaptándolo a nuestras propias necesidades? Habrá que preguntárselo la próxima vez que elija como inspiración el punk, esa subcultura británica que una vez su sociedad odió y rechazó, en vez de nuestro flaite chileno quien hoy aplica como el chivo expiatorio estético del cuestionamiento a todo un sistema.
