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El derecho a innovar

El derecho a innovar El derecho a innovar

El derecho a innovar será la piedra esencial para acabar con la hipocresía innovadora.

Innovación: ¿Una obligación? ¿Una exigencia? ¿Un derecho?

Sabemos que no se puede obligar a innovar, pero sí que es una capacidad exigible. Pero, ¿qué pasa con el derecho de quienes naturalmente son innovadores, que son los simples seres humanos en su rol de ciudadanos o como partícipes de la vida económica y social de un país?

Finalmente, la fiebre innovadora es parte del lenguaje cotidiano de políticos y empresarios que entienden a la innovación como exigencia para el desarrollo país, no sólo a nivel de las empresas, sino de las instituciones públicas, gubernamentales y en todos los ámbitos de la vida en sociedad.

Pero entender no significa darse cuenta que ese discurso debe encarnarse, esencialmente, en quienes tienen ganado un espacio de poder. Por eso aún,  ese discurso tiene un lado hipócrita.

Ya hablamos en otros artículos sobre la hipocresía innovadora, esa que surge cuando las palabras motivadoras deben transformarse en acción efectiva y es entonces cuando aparecen los fantasmas del riesgo, del miedo a perder recursos, posición, poder y todo aquello que se ha logrado justamente sin innovación. La rentabilidad y el crecimiento puede lograrse con gestión en un ambiente de baja competitividad y eso ha sido la constante entre quienes dirigen empresas de bajo perfil competitivo.

El discurso innovador propone novedad para un desarrollo sostenible. Y para que eso ocurra, la innovación debe ser considerada un derecho.

Un derecho de quienes tienen la capacidad de darse cuenta, de imaginar, de ser irreverentes frente a lo establecido. Así como se reclama igualdad, equidad, deberíamos reclamar e invocar por el derecho a innovar…pero, ¿a quién hacer ese reclamo?

Las empresas y las instituciones son gobernadas, en esta parte del mundo, por un status quo que rara vez promueve que algo cambie.  Eficiencia, sustentabilidad y estabilidad son los valores de quienes dirigen una sociedad administrada prolijamente que crece sin demasiadas competencias distintivas.

Hay que enfatizar en que ser competente no es ser un buen “administrador”. Tampoco es competente aquel que simplemente cumple procesos y mantiene el control en función de instrucciones.

Ser competente es darse el permiso de superación y eso no está en el control sino en la generación de nuevos espacios de oportunidad.

Las visiones cortoplacistas, los erróneos conceptos sobre poder y autoridad, el uso de la coacción, la confusión de eficiencia con austeridad extrema, son algunos de los motivos por los que la innovación ha dejado de ser un derecho para quienes tienen grados de libertad y quieren expresarse planteando cambios necesarios y posibles desde el espacio en que les toca vivir.

La falta de voluntad de cambio de quienes dirigen es el principal obstáculo al derecho a innovar, es entonces cuándo la maquinaria de procesos y controles hacen que los colaboradores en una organización se transforman en un rebaño obediente de un oscuro gerente.

Un gerente que en la mayoría de los casos es elegido por su capacidad de controlar y obedecer las veleidades del fundador de la empresa, que a pesar de exigir “imaginación” como parte de su demagogia, sólo valida las novedades impulsadas desde su reinado.

Entonces, la innovación no es innovación si no se lucha por el derecho a innovar.

Ese derecho implica ser aceptado por pensar diferente, por cuestionar, por promover la “revolución” que no es otra cosa que criticar y proponer un nuevo orden desde el lugar que le corresponda. El derecho a innovar es el derecho a aprender, y la política y la estrategia no son otra cosa que un proceso interminable de aprendizaje  para alcanzar un nuevo nivel en el juego del desarrollo país.

El derecho a aprender es permitir la prueba y el error como factor de evolución, pero ese derecho aún está cercenado si el miedo a perder de quien conduce se transmite a sus colaboradores en forma de terror al error y a quedarse fuera del “sistema”.

Steve Jobs siempre decía: “Contrato gente para que me diga lo que tengo que hacer, de lo contrario no la necesito…”

En esta sociedad de cartón pintado, de espejitos montados para escena, incorporamos gente para obedecer los procesos y los controles impuestos por quienes después reclaman ideas novedosas.

Inclusive, desde las aulas de antiguas escuelas de negocios, la formación está centrada en el control y la administración, y se intenta “enseñar” innovación como un proceso lineal y con pautas cerradas. Sabemos que sin ideas, nada es posible y para ello abandonar las estructuras. Es así, que en esa zona confortable de administración y control, miles de profesionales se transforman en carne picada…Antinatural en el ser humano que lucha por manifestar sus diferencias.

El desarrollo país exige el derecho a innovar, y la educación debe ser el espacio para impulsar a los inquietos y curiosos profesionales que quieran modificar viejas estructuras y se animen a más. Aunque cueste el error.

Será el empresario con atisbos de dictador, aquel que en épocas de vacas flacas sólo quiere ganar  lo mismo o un poco más que el año anterior sin animarse a perder, con la estructura de costos en la planilla de Excel que determina “la dotación optima” y usa el lápiz rojo para cortar costos y cabezas. Ah, después hace un curso sobre la felicidad organizacional…una farsa.

El potencial de crear riqueza está en el derecho a innovar que todos tenemos, como seres naturalmente innovadores. Y esa debe ser una lucha integral de quienes buscan igualdad de oportunidades para acceder a espacios de poder. Porque luchar por educación para todos es para que todos puedan cuestionar lo establecido y proponer novedades que serán determinantes para lograr riqueza genuina y sostenible.

El derecho a innovar será la piedra esencial para acabar con la hipocresía innovadora.

Será cuestión de derribar el muro y decirle a ese señor que atrasa los relojes, que no levante otro ladrillo en la pared.

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