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Opinión

El desolador panorama de la ciencia en Chile: Todavía podemos enmendar el rumbo

El desolador panorama de la ciencia en Chile: Todavía podemos enmendar el rumbo El desolador panorama de la ciencia en Chile: Todavía podemos enmendar el rumbo

Cuando en 2007 se anunció un ambicioso plan para la formación en capital humano avanzado, para mejorar tanto la cantidad como la calidad de la ciencia en Chile, éste incluía el financiamiento de programas de magíster y doctorado en el país y en el extranjero. Además se dieron señales para esperar un aumento del financiamiento para los programas emblemáticos de Conicyt, con la creación de sus programas de postdoctorado y Concursos de Iniciación de Fondecyt, todos los cuales impulsaban decididamente la creación y consolidación de programas de doctorado en las diversas áreas del conocimiento.

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Profesor titular jefe Departamento de Patología PUC, Experto Avonni Salud. Patólogo molecular, realizó un fellowship en Biología Molecular en EE.UU

La comunidad científica en forma transversal vislumbró una esperanza, una luz al final del túnel de que las cosas podrían cambiar. Sin embargo, el tiempo pasó y aún cuando muchos preguntábamos cómo haría el sistema universitario y productivo para absorber la sobreoferta de profesionales altamente capacitados, muchos de ellos con sobresalientes desempeños en instituciones de primer nivel en el extranjero, la respuesta fue “lo tenemos considerado”.

Hoy la conclusión es una sola: no hubo una planificación adecuada, no se generaron los suficientes centros de excelencia, institutos, ni tampoco la incipiente industria privada fue capaz de recibir a ese grupo de científicos jóvenes deseosos de devolver a su país lo recibido en sus 4 a 6 años de formación. En este sentido, los programas de Conicyt de inserción a la academia y a la empresa son absolutamente insuficientes, lo mismo que las universidades, por un lado presionadas por la autogestión y porque el aporte fiscal indirecto (AFI) se diluye cuando la productividad se divide por la cantidad de doctores contratados en sus aulas. Además las empresas no han incorporado culturalmente aún la necesidad de generar conocimiento y transferirlo como nuevos productos a su mercado objetivo.

Las iniciativas que promueven la innovación no han sido suficientes y se observan sólo algunos ejemplos exitosos aislados, como es el caso del Premio Nacional de Innovación Avonni, que permite dar visibilidad a proyectos que de otra manera no verían la luz. Se requiere de mucho más, generando una cultura desde el estudiante de pregrado, hasta el apoyo económico fuerte y decidido que permita abordar un puente efectivo entre la investigación, la transferencia tecnológica y el emprendimiento.

El único mecanismo real de inserción en la academia de los investigadores va de la mano de su productividad científica y de su habilidad para obtener recursos frescos extra-institucionales mediante la adjudicación de proyectos de ciencia y tecnología. Dado el impulso que la formación de nuevos doctores recibió, lo concreto es que tenemos más personas concursando por una tajada de una torta que no ha aumentado proporcionalmente en relación con los invitados a la fiesta.

¿Cómo podemos mirar ahora a los ojos de nuestros estudiantes, quienes entusiasmados avizoraban una carrera exitosa de investigación, pero ahora chocan con la realidad de no contar con oportunidades reales de inserción? Lo cierto es que muchos de los jóvenes que formaron redes han vuelto al extranjero en busca oportunidades laborales, otros simplemente están tratando de dilatar su fecha de regreso. No obstante la situación más dramática será de los científicos formados en nuestros programas locales que, careciendo de redes externas, están inmersos en una sociedad sin oportunidades y terminarán adornando salas de clases de colegios e institutos como profesores altamente ilustrados pero sin la posibilidad de desarrollar la actividad que los llevó en un inicio a elegir la generación de conocimiento como forma de vida.

El panorama es desolador, todas las señales que llegan desde la institucionalidad hacen pensar que la opinión de la comunidad científica carece de valor. Las conclusiones de la comisión convocada por la Presidencia para estudiar el futuro de la investigación e innovación en Chile fueron ignoradas, la propuesta de la creación de un Ministerio en Ciencia y Tecnología, que podría haber articulado de mejor manera estas iniciativas, ha quedado en suspenso, la iniciativa Milenio fue traspasada a Conicyt, la cual disminuyó su presupuesto para el próximo año a un 0,34% del PIB, menor que el año anterior y uno de los mas bajos del OCDE.

La restitución del consejo de Conicyt parecía una buena señal, pero defectos administrativos le impiden ser efectivo y gestionar aumentos presupuestarios. Tanto así es que el presidente de Conicyt, Francisco Brieva, renunció hace unas semanas. La dependencia de Conicyt del Ministerio de Educación, que tiene centrada toda su atención en un programa de gratuidad para la educación superior que transita entre la indefinición y la incertidumbre, no ayudan en nada a trazar el destino de nuestra ciencia.

Pareciese que estamos a las puertas de una tormenta perfecta. Cuando todo el mundo se dirige hacia una sociedad basada en el conocimiento que genera riqueza a través de la innovación, parece que (la carta de la comunidad científica lo grafica con claridad) nuestros gobiernos han elegido el camino de la ignorancia.

¿Cómo podremos hacer entender a nuestras autoridades que es la ciencia y tecnología la que nos hacen ser una sociedad más rica, que nos convierten en más que productores de “commodities”? Sectores productivos como la minería, pesca, salmonicultura, agricultura y el turismo, pilares actuales de la economía chilena, se verán duramente dañados por la falta de investigación y transferencia tecnológica enfocada a nuestras particulares necesidades.

La ciencia chilena ha venido demostrando en los últimos años de lo que es capaz. La producción científica chilena es mayor en calidad y cantidad que la de nuestros vecinos regionales, aún con una menor cantidad de científicos a tiempo completo y una menor inversión respecto del PIB, no obstante mucho menor que la del primer mundo. ¿Qué necesitamos para entender que el camino es otro? La multitudinaria manifestación de científicos hace unos días da a entender que la única opción de obtener recursos y respuestas es salir a la calle a pedirlos. Sinceramente no creo que esto debiese ser necesario.

Parece lógico que sigamos las directrices del informe emanado por la Comisión Presidencial Ciencia para el Desarrollo de Chile creando un Ministerio de Ciencia y Tecnología que le permita tomar decisiones ágiles y efectivas, que discuta los intereses propios de la comunidad que hace Investigación, Desarrollo e innovación (I+D+i) con el objetivo claro de aumentar el presupuesto para preparar la infraestructura académica y empresarial para recibir el capital humano avanzado en el cual hemos invertido en la última década y financiar los fondos concursables para satisfacer los incontables proyectos de investigación y transferencia tecnológica bien evaluados que quedan sin recursos cada año. Todavía podemos enmendar el rumbo, pero debemos entender que las decisiones que definirán nuestro futuro se toman ahora.

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