Domingo, 20 de abril de 2014

El país de los huevones

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Es una nación donde existe un pequeño grupo de privilegiados que concentra el poder político y económico, y donde el resto de los habitantes está convencido que eso es natural, que el mundo funciona así, y que lo mejor para todos es mantener las cosas tal como están.

Para evitar ser públicamente torturado y lapidado, quiero señalar de manera tajante que en este artículo no me estoy refiriendo a un país específico. Si usted ―en la quietud de su alma o gracias al debate con sus cercanos― concluye que la descripción que expongo se asemeja a la realidad de alguno, le advierto ello es sólo producto de su retorcida mente, de su morbosa imaginación o de su distorsionada manera de mirar el mundo. En ningún caso de mi intencionalidad.

¿Le quedó claro? Qué bueno. Permítame entonces que le presente al país de los huevones.

Es una nación donde existe un pequeño grupo de privilegiados que concentra el poder político y económico, y donde el resto de los habitantes está convencido que eso es natural,  que el mundo funciona así, y que lo mejor para todos es mantener las cosas tal como están.

Los habitantes del país de los huevones (por desgracia, no recuerdo el gentilicio correspondiente) aceptan como dogma divino que su modelo de desarrollo es exitoso, pese a que ha tenido al país entre las 15 peores distribuciones del ingreso del mundo durante 40 años.

Aunque en todos los países desarrollados el Estado juega un rol preponderante, en el país de los huevones existe el total convencimiento de que el ideal sería que dicho organismo no existiese.

En el país de los huevones creen sinceramente que la única alternativa a su modelo de desarrollo neoliberal es la planificación centralizada de países como Corea del Norte o Cuba. Por eso, cuando alguien plantea críticas al primero, es inmediatamente tildado de comunista.

En el país de los huevones, la usura puede ser practicada legalmente. Allí una empresa de crédito prendario con respaldo de oro que cobra tasas del 10% mensual, es absolutamente legal (y muy próspera, hay que decirlo).

En el país de los huevones se puede, impunemente, enajenar a privados, a viles precios, las empresas y bienes estatales. A nadie le llamará la atención.

En el país de los huevones si las farmacias se colusionan, y si es que ello llega a comprobarse, la sanción es irrisoria. Si los laboratorios farmacéuticos entregan incentivos a los médicos para que receten sus propios medicamentos, no hay sanción.

En el país de los huevones se pueden colocar créditos por medio de organismos estatales a amigos y colaboradores del régimen imperante, aceptar que no se paguen y que no se ejecuten las garantías correspondientes, y tener la certeza de que nadie investigará y sancionará cuando ese régimen llegue a su término. Peor que eso, en dicho país muchos calificarán a ese régimen como ejemplo y responsable de una épica gestión modernizadora.

En el país de los huevones, si usted quiere liquidar la educación pública dividiéndola, y dejando los pedazos resultantes en manos de diferentes personas, con capacidades, recursos, intereses, respaldo, compromisos, conocimientos, vocaciones y afinidades disímiles, sin capacitación, con múltiples preocupaciones adicionales y muchas veces con mínimos presupuestos, lo puede hacer sin mayores inconvenientes. Nadie pataleará y el sistema, pese a su evidente deterioro, se mantendrá vigente por décadas sin modificación alguna. Peor que eso, los opositores de los responsables de semejante barbaridad, seguramente se dedicarán a profundizarla.

Tenga la plena seguridad que, a pesar de que la creciente violencia intrafamiliar y los cada vez más numerosos femicidios, en el país de los huevones se usará cualquier excusa para postergar indefinidamente la implementación de los brazaletes electrónicos como mecanismo de control.

En el país de los huevones, usted puede entregarle de manera gratuita por 20 años a sólo 7 familias la exclusividad de la explotación pesquera, y nadie le dirá nada. Puede tener la certeza además, que todos los parlamentarios, oficialistas y opositores, estarán de acuerdo con esa medida. Peor que eso, si llegara a filtrarse que algunos de ellos han recibido importantes pagos de parte de las empresas beneficiadas, no se iniciaría investigación alguna. Menos habría sanción. Todos lo aceptarían sin ninguna clase de cuestionamiento.

Según lo ya expuesto, ¿dudaría usted de mí si le asegurara que en el país de los huevones el lobby no está regulado y no se fiscaliza?

En el país de los huevones, los congresistas tienen carta blanca. Pueden cometer ilícitos (conducir a exceso de velocidad, intentar amedrentar a la policía, enviar cartas personales con recursos públicos, hacer mal uso de los recursos que se les entregan para fines específicos, contratar como asesores a familiares cercanos, intentar darle el carácter de laboral a accidentes que evidentemente no lo tienen, etc.) y no recibirán sanción. Pueden faltar a todas las sesiones de sus respectivas cámaras si quieren, y ni siquiera perderán la dieta. Pueden asignarse a sí mismos los reajustes que quieran sin control alguno. Pueden hacerse beneficiarios de condiciones previsionales infinitamente superiores a las del resto de sus conciudadanos (no me he podido acordar del gentilicio de éstos). Lo que quieran. Y nadie, pero nadie hará nada. Tenga la certeza que tales irregularidades no figurarán en las campañas políticas (por eso del techo de vidrio, imagino) y que sus autores serán, casi con seguridad, reelectos.

En el país de los huevones usted puede tener la certeza de que, pese a que toda la explotación minera está a no más de 200 kilómetros del océano, nadie, ni siquiera el Estado, está estudiando la generación mareomotriz como alternativa energética. Por el contrario, el proyecto más probable considera trasladar energía desde unos 3.600 kilómetros de distancia en promedio.

Aunque el país de los huevones cuenta con 1.600 kilómetros de costa frente al desierto, nadie, ni siquiera el Estado, está investigando el tema de la desalinización del agua.

En el país de los huevones, durante los últimos 40 años no se ha generado ningún, pero ningún, gran proyecto industrial que no sea extractivo. Eso, sin embargo, a nadie le llama la atención.

En el país de los huevones, las empresas (chicas, medianas y grandes) no le pagan ni un peso al Estado por los servicios que reciben de éste (iluminación, seguridad, urbanismo y vialidad públicas; una completa normativa civil, laboral, comercial y penal sin cuya existencia no podrían elaborar ni siquiera un contrato; un sistema judicial y una policía que les permite exigir el cumplimiento de los contratos; una sociedad en marcha que les permite operar, desarrollarse y crecer; etc.). Sin embargo, nadie dice nada. Todos lo consideran normal. Es más, muchos defienden a brazo partido tal beneficio.

Son muchas más las increíbles situaciones que se dan en ese hipotético país. Demasiadas como para reseñarlas en el menguado espacio de un artículo. No obstante, la muestra expuesta puede, debiera incluso, servir como ejemplo. No vaya a ser que en su país, estimado lector, se tomen decisiones o se cometan omisiones similares. Tengamos cuidado. Hay que hacer todo lo posible para evitar que se nos endilgue el gentilicio aquél que aún no sido capaz de traer de vuelta a mi memoria.

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