Miércoles, 19 de junio de 2013

El Problema de la Desigualdad

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Nuestro modelo está haciendo agua porque presenciamos todos los días, en frente de nuestras narices, injusticias que no sabemos ni tenemos cómo denunciar. Algunos empresarios lamentablemente corren hoy sin frenos…

El sistema económico que nos legaron los Chicago Boys es, a todas luces, una de las claves del gran momento financiero por el que está pasando nuestro país. El Libre Mercado, que rige la mayor parte de las relaciones comerciales a nivel mundial, es empero criticado ampliamente por quienes estiman que el Estado, y no los particulares, debe controlar y dirigir los procesos económicos que confluyen al interior de un territorio. Los más fervientes opositores al sistema Neo Liberal proponen, incluso, una igualdad aritmética entre los ciudadanos, es decir, que cada uno, en la gran mayoría de las esferas de su vida, tenga exactamente lo mismo que el de al lado, pasando por alto cualquier tipo de circunstancia particular que permita efectuar discriminaciones. Como resulta evidente (no sólo en la teoría, sino que al observar la experiencia comparada), esta clase de planteamientos no tienen asidero práctico y todos quienes hoy propugnan, para Chile, hacer patria de los rojos estandartes que inspiraron la Revolución de Octubre de 1917, únicamente venden ilusiones vacías para un pueblo que añora soluciones concretas. Resulta de una candidez o una irresponsabilidad supina el predicar acerca de la abolición de nuestro sistema en medio de un planeta tan ampliamente globalizado y es un imperativo ético el arrancar tales especulaciones de raíz; lo cierto, es que cualquier otro sistema sería hoy inoperante. No obstante, una sola realidad es clara: Aún así, nuestro modelo está haciendo agua.

Está haciendo agua porque presenciamos todos los días, en frente de nuestras narices, injusticias que no sabemos ni tenemos cómo denunciar. Algunos empresarios lamentablemente corren hoy sin frenos y ello lo pueden atestiguar, entre otros, los miles de alumnos que invirtieron dinero y sueños en la fraudulenta Universidad del Mar. También podría salir a protestar la Señora Juanita, esmerada trabajadora del hogar, que a duras penas, a punta de muchas horas de esfuerzo, enormes distancias que la separan día a día de su familia y una gran cantidad de impuestos que reducen drásticamente sus ingresos, ve cómo su patrón pide factura en vez de boleta a la hora de alfombrar el dormitorio principal.

Ante este complejo escenario, hay muchos que señalan que la clave para dar solución al sistema radica en la regulación: Mejorar la normativa vigente para transparentar de mejor manera los negocios y poner límites razonables a la libre iniciativa individual; que por un lado no coarten el crecimiento pero, por otro, disminuyan sus efectos adversos. Y en parte están en lo cierto, no caben dudas de que hay que legislar mejor, pero hay algo que en su raciocinio no consideran: La abismante desigualdad de ingreso entre el que gana más y el que gana menos en nuestra población. “¡¿Pero eso qué importa?! Mientras los pobres ganen bien, los ricos que sigan negociando, mejor”, alegaría un capitalista convencido, más la realidad chilena ha demostrado que no es posible conseguir este ideal, que en Chile las cosas no son como en Suecia y que acá la pobreza sigue siendo radical. Y aún en una economía como la de Suecia, yo les pregunto: ¿Es justo, moralmente correcto, que una persona gane mil veces más que otra? ¿Qué la diferencia, objetivamente, del resto para merecer tanto más?

“Ha administrado bien su dinero, ha tomado buenas decisiones”, podrían argumentar, pero siendo todos seres humanos, ese argumento se pierde en el viento cuando vemos a niños correr desnudos, enfermos, indefensos y sucios a menos de 15 minutos de otros, que descansan tranquilos en el sector acomodado de nuestra capital. Si eso no nos hace ruido, preocupémonos, es el más claro indicador que estamos pésimo como sociedad.

La ineficaz “política del chorreo”, que se arguye como causa fundamental de las desigualdades que plantea el sistema Neo Liberal (la cual, básicamente, propone que frente a un mayor desarrollo empresarial, serán mayores los ingresos del país respectivo, los cuales serán posteriormente redistribuidos en los sectores de menores recursos de la población), tiene su talón de aquiles precisamente en su idea más propia: Se redistribuye lo que sobra, no lo que se gana. Un modelo económico que funcione en base a la caridad y no a la justicia es un modelo cojo, que dependerá de la voluble y muchas veces egoísta voluntad del empresario a la hora de “donar”. No, los pobres en Chile merecen mucho más.

Una economía centrada en la persona, evidentemente es aquella que transita por la reflexión de la mayor o menor justicia de ciertas situaciones, de la eficiencia de los mecanismos mediante los cuales hace llegar el dinero a las familias y, bajo este prisma, la economía de mercado des-regulada y la vista gorda al problema de la desigualdad trasunta en un modelo que pierde su humanidad.

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